Teatro y Cinematógrafo. Se dice que el cinematógrafo está matando al teatro. Se dice que en Turín, las empresas teatrales han mantenido cerrados sus locales en el período estival, porque el público deserta del teatro para llenar los cinematógrafos. En Turín surgió y se afirmó la nueva industria de los films, en Turín se han abierto cinematógrafos lujosos como no hay muchos en Europa y todas las funciones del género están siempre concurridísimas.

Pareciera, por lo tanto, que hubiera un fondo de verdad en la dolorosa constatación de que el gusto del público ha degenerado y que para el teatro se avecinan malos días.

Estamos por el contrario persuadidos que estas lamentaciones se fundan en un esteticismo apolillado y que se puede fácilmente demostrar que dependen de un falso concepto. La razón del éxito del cinematógrafo y de la absorción que hace del público que antes frecuentaba los teatros, es puramente económica. El cinematógrafo ofrece las mismas, las mismísimas sensaciones que el teatro vulgar, en mejores condiciones, sin aparatos coreográficos de falsa intelectualidad, sin prometer demasiado, manteniendo poco. Los espectáculos teatrales habituales no son sino cinematografía; las producciones más comúnmente dadas solo son tejido de hechos externos, vacíos de contenido humano, en los cuales marionetas parlantes se agitan diversamente sin alcanzar jamás una verdad psicológica, sin lograr jamás imponer a la fantasía recreadora del oyente un carácter, pasiones verdaderamente sentidas y expresadas adecuadamente. La insinceridad psicológica, la falsa expresión artística, han reducido el teatro al mismo nivel de la pantomima. Se busca, y nada más, crear en el público la ilusión de una vida sólo exteriormente distinta de la común a todos, en la cual cambia únicamente el horizonte geográfico, el ambiente social de los personajes, todo aquello quo, en la vida es argumento de cartulina ilustrada, de curiosidad visual, no de curiosidad artística, fantástica.

Y nadie puede negar que el film tenga por este lado, una superioridad aplastante sobre el escenario. Es más completo, más variado, es mudo, es decir, reduce el papel de los artistas a simple movimiento, a simple máquina sin alma; a aquello que en realidad son también en el teatro.

Tomársela con el cinematógrafo es simplemente ridículo. Hablar de vulgaridad, de banalidad, etc., es retórica falsa. Los que creen verdaderamente en una función artística del teatro deberían en cambio estar contentos con esta competencia. Porque sirve para precipitar las cosas para reconducir el teatro a su verdadero carácter. No hay duda que gran parte del público necesita divertirse (es decir, reposar cambiando el objeto de la propia atención) con una pura y simple distracción visual; el teatro industrializándose ha buscado estos últimos tiempos satisfacer sólo esta necesidad. Se ha convertido nada más que en una negocio, en un almacén de pacotilla barata. Sólo por excepción se dan ya producciones que tengan un valor eterno, universal. El cinematógrafo que puede llenar este cometido con más comodidad y a menor precio lo supera en el éxito y tiende a sustituirlo. Las empresas y las compañías terminarán por persuadirse que es necesario cambiar de ruta si quieren seguir existiendo. No es cierto que el público deserte del teatro; hemos visto teatros vacíos durante una larga serie de funciones, llenarse de improviso para una velada extraordinaria en la que se exhumaba una obra maestra, o aún más modestamente, una obra típica de una moda pasada pero que tuviese un particular "cachet". Es preciso que lo que ahora da el teatro como extraordinario se vuelva habitual. Shakespeare, Goldoni, Beaumarchais, si exigen esfuerzo y actividad para ser dignamente representados están también fuera de toda banal competencia. D 'Annunzio, Bernstein, Bataille, tendrán siempre mayor éxito en el cinematógrafo. La afectación, la contorsión física, encuentran en el film materia más adaptable a su expresión. Y los inútiles, aburridos e insinceros recursos retóricos volverán a ser literatura, nada más que literatura, muerta y sepultada en los libros y en las bibliotecas.

(26 de agosto de 1916)

www.gramsci.org.ar