Melancolía... Un preconcepto aún sólidamente arraigado hace creer a muchísimos que el teatro es uno de los lugares de diversión, más o menos honestos, según el caso, cuya carencia no debe significar un perjuicio, antes bien, para muchos, los clericales, por ejemplo, debe conceptuarse como una suerte. De allí que nadie haya señalado ni lamentado que en Turín, desde hace más de un mes y medio no se haya abierto ningún teatro digno de tal nombre ni se haya preguntado cuál pueda ser la causa de este extraño acontecimiento.

Porque no es ciertamente la guerra, con sus contragolpes, lo que ha determinado la clausura. Al contrario, la falta de un centro de reunión no banal, ha dado oportunidad a un pulular malsano de variedades y de "cancionetisterías" en los que, por desesperación, van a terminar no tan sólo todos los aburridos, sino también, todos aquellos que después de una jornada de labor febril y pesada, sienten la necesidad de una velada de distracción, precisan una ocupación cerebral que complete la vida, que no reduzca la existencia a un puro ejercicio de fuerza muscular. Porque ésta es una de las razones que da un valor social al teatro. Junto con la actividad económica práctica y la actividad cognoscente, que nos hace curiosos de lo ajeno, del mundo circundante, el espíritu necesita ejercitar su actividad artística. Trabar ésta es limitar arbitrariamente nuestra personalidad, y ésta se venga a expensas nuestras. La abstinencia artificial lleva al vicio solitario, la ausencia de buenas posibilidades para el recreo intelectual, hace pulular lugares de reunión más o menos obscenos, donde se deteriora una parte considerable de nosotros mismos y se pervierte el gusto.

Una completa carencia de espectáculos teatrales no se había visto nunca en Turín. La comuna misma, cuando era dirigida por hombres menos canallas intelectualmente, se preocupaba del hombre y con razón. Cuando el Carignano era todavía dirigido por el Municipio se hacía con las mejores compañías, contratos especiales, que permitían a los turineses saber donde poder dirigirse para gastar útilmente sus centavos. El municipio se interesaba en regular el balance de todas las actividades urbanas; hacía lo que debiera hacer todo ente comunal que se respete, que prevé y provee en la medida de lo posible a las necesidades de los administrados.

Después, Turín se ha desanimado, ha perdido completamente toda fisonomía intelectual. Se ha convertido ya, en cuanto se relaciona con el teatro, en una sección del gran feudo del trust que hace y deshace, ordena y descompone, según sus intereses inmediatos y como casi siempre ocurre, aun contra sus intereses, por incapacidad industrial y estrecha visión de las cosas. Y así, mientras ciudades no tan solo como Milán y Roma, sino también como Bologna, Génova y Florencia, tienen su vida ciudadana, completa, nosotros tenemos que contentarnos con las menguadas producciones vernáculas del parque Michelotti o las funciones del circo ecuestre del Vittorio Emmanuele. Naturalmente después los bienpensantes terminarán por pedir que un decreto del lugarteniente limite y tal vez expulse al ejército de canzonetistas que ha invadido todos los locales disponibles de la ciudad. Porque entre nosotros se pega en los dedos de los chicos que se emberrinchan, y se hace la casuística del permiso y de la prohibición pero no se procura nunca ofrecer posibilidades, de modo que las necesidades que encuentran en el berrinche o en la perversión su único desahogo, puedan, de otra forma, encauzarse en sus rectos y naturales hechos.

(21 de agosto de 1916)

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