Ruggero Ruggeri en "Macbeth", de Shakespeare, en el Carignano. En un ensayo muy reciente sobre Shakespeare, Romain Rolland ha expresado incidentalmente un juicio que es el mejor reconocimiento crítico de lo trágico del autor inglés: "Shakespeare al crear sus personajes procede sin esfuerzo; se hunde en el corazón de cada uno y con él reviste su pensamiento, su forma, su pequeño universo; él nunca muere por Fuera." Caen así todas las interpretaciones que de Macbeth la crítica periodística ha fraguado recientemente para el gran público. No tragedia del horror ni del miedo, ni de la ambición como ha sido repetidamente llamada; tragedia de Macbeth tan sólo, de un hombre, de un carácter, bien definido en el espacio y en el tiempo. Él sólo llena todo el drama y es un héroe. Es una voluntad, así, sin nada más; voluntad que recibe del mundo exterior, estímulos para la acción, pero que funde éstos en su personalidad y los hace propios, sin perder un átomo de la libertad espiritual que es característica de todos los hombres y sin la cual no puede haber tragedia. Shakespeare lo ha situado en un ambiente histórico, en un tiempo y en un lugar en los cuales lo sobrenatural era también elemento de la realidad, era parte viva de las conciencias y justamente por ello, este sobrenatural no es mecánico, no es abstracción fría, no es recurso cómodo para extraer de los hechos elementos de éxito; es por cierto existencia, integración necesaria del drama.

Vemos desenvolverse éste drama con una lógica interior inflexible. La predicción de las brujas en el primer acto es su iniciación. Macbeth está vacilante al principio, titubeante; la grandeza del destino que lo espera lo sacude hasta lo íntimo de su humanidad, le hace tambalear pero no destruye de un golpe en su conciencia las leyes morales que son sus bases graníticas.

"Si los hados quieren hacerme rey,

lo harán sin que yo busque la corona."

Mas la realidad lo atenaza; su mujer es el acicate de su voluntad incierta y vacilante. Lady Macbeth, criatura menos compleja, más elemental, que justamente por ello el destino troncha así, simplemente, sin encontrar resistencia, es de aquéllas que entre el pensamiento y la acción no ponen intermedios. Tan sólo en el cuarto acto, después que la causa desencadenada por él en el mundo ha producido efectos que no podría prever, Macbeth también se reduce a esta simplicidad de concepción

"De ahora en adelante, los primeros impulsos

de mi corazón serán los impulsos de mi mano".

Macbeth, en este punto, se ha reencontrado a sí mismo: pero a través de cuantas sangrientas experiencias! El asesinato del rey y de sus custodios ha hecho caer la primera envoltura de su humanidad. El abismo ha llamado al abismo, según su trágica necesidad. La locura parece aferrarlo por un instante con el tormento de la sombra de Banco. Pero él, con su fuerte voluntad vence estos reclamos morbosos de la conciencia. La mujer es ya una sombra, presa de alucinaciones sangrientas; el guerrero escocés no intenta más, no vacila más. Todo se le vuelve adverso pero él está seguro de su fortuna.

La segunda predicción de las brujas ha producido en él esta seguridad: Ninguna sanción terrena podrá castigar sus delitos. Y Macbeth corta todos los hilos que ligan la vida de cada hombre a la de sus semejantes. Nada lo hace estremecer. La muerte de Lady Macbeth, por él tan amada, no arranca un lamento a sus labios; su corazón se ha vuelto piedra; sólo vive la voluntad atroz.

Lady Macbeth sucumbe a la visión de los fantasmas que ella misma ha suscitado. En el fondo, una débil que solo la exasperación convierte en furia perversa. Como en su novela grotesca, Chamisso personifica en la sombra que ha huido, la conciencia de Pietro Schlemil, Shakespeare representa plásticamente en la muerte del sueño el remordimiento de la mujer. Y el sueño mata a aquel ya vibrante haz de nervios, en el cual la lámpara de la vida solo da algunos inciertos resplandores.

La sangre corre a raudales en esta tragedia. Se tiene la pesadilla del rojo al revivirla íntegramente. El rey Duncan, sus dos guardias de corps, Banco, Lady Macduff, y toda su familia mueren y todas estas muertes son necesarias a la acción, fatales, dadas las premisas. Un horrible torbellino ha ofuscado a Macbeth; Banco lo había comprendido enseguida, desde la primera predicción de las brujas:

"Pero mira que a veces el demonio

nos engaña con la verdad, y nos trae

la perdición envuelta en dones

que parecen inocentes."

Pero es necesario que Macbeth vea todo el abismo en el cual se ha precipitado para persuadirse de ello. Necesita ver moverse la selva y que un hombre nacido por los fierros del cirujano, lo turbe demostrándole que era vana su seguridad. Sólo entonces el titán del mal, siente que todo se ha derrumbado en torno suyo y se vuelve de nuevo débil, temeroso, hombre en suma. Y la justicia lo alcanza.

Ruggeri dará esta noche la obra gigantesca de Shakespeare. Es un acontecimiento artístico ante el cual no pueden permanecer extraños nuestros lectores, quienes por el contrario, por estar menos intelectualmente corrompidos, son los más dignos de aproximarse y de sentir los estremecimientos de pasión del trágico inglés. ¿Podrán Ruggeri y sus colaboradores expresar íntegramente estos estremecimientos, esta vida intensa que anhela la destrucción, la matanza infecunda? Veremos.

(Mayo 23 de 1916)

Ver proyectada en la escena, encarnada en personas que actúan y que hablan, confinada en un determinado horizonte, una obra que para nosotros vive sólo en la vida de las palabras, de las imágenes que la fantasía recrea, de los signos materiales del papel impreso, produce siempre un choque que no se alcanza enseguida a superar. Algo se interpone entre vosotros y la obra, una personalidad extraña que se vuelve invasora, fastidiosa a veces, y a quien es necesario habituarse. Como todas las obras de poesía, la tragedia de Shakespeare vive autónoma en el ámbito de las palabras. La sugestión de vida no precisa la concretización escénica para atraernos a su cerco fatal. Al contrario. Todo choque brutal con cuanto es convención, medio, constricción violenta, adaptación a las exigencias de la hora y a las posibilidades interpretativas, produce desgarramientos dolorosos, mortificaciones humillantes. El arbitrio de dirección que arranca y reduce, no puede dejar de ser sacrílego. La obra debe permanecer tal cual se derrama, de la fantasía del autor, vibrante y palpitante de vida. Cada palabra tiene una razón, cada postura física y espiritual, deriva necesariamente de una personalidad que ha sido concebida de aquel modo dado y de ningún otro.

Todo el cuerpo deviene lengua que expresa un mundo interior bien definido y tallado entre las infinitas posibilidades que la libertad crea. Es preciso habituarse a pensar en el Macbeth de Ruggeri y olvidar un tanto el de Shakespeare. Y el uno es infinitamente inferior al otro y la adaptación no puede realizarse con facilidad, sin mortificaciones.

Ruggeri ha buscado, en cuanto le ha sido posible, reducir la tragedia a su persona. La ha modernizado, en cierto sentido, porque las obras que acostumbra a dar con más éxito se circunscriben a un solo héroe que como el tenor de los melodramas se convierte en centro del universo. Y en cambio Shakespeare es polífono: las acciones del héroe encuentran resonancias en cada ambiente donde actúa, no permanecen como afirmaciones de hechos sino se vuelven actos, plásticamente representados. La fragmentación de muchos detalles perjudica así enormemente a la representación del héroe mismo, lo vuelve menos vivo. Ver ante nosotros la prueba de voluntad del rey Duncan, vale más que sentirla recordar por el asesino. Ver como Banco es arteramente degollado, acrecienta el horror de la re-evocación del espectro. Ver como estaban vivos Lady Macduff y sus hijuelos, y como los sicarios tronchan en su garganta la palabra ingenua, la reprensión femenil, es necesario para el efecto de conjunto sinfónico de este surco fantasmagórico de sangre y de horror. El tirano lo es por los abusos inhumanos que realiza, no por las palabras que salen de sus labios. La obra así amputada se convierte en un muñón, grotesco quizás. La expresión de Macduff que compara a la mujer y a los hijos con una clueca arrebatada junto con sus polluelos por un buitre, no habría hecho reír a la platea si ésta hubiese tenido ante sus ojos el cuadro de la matanza cumplida fríamente por la voluntad del rey.

Pequeñas observaciones que se podrían multiplicar si ello no fuese inútil y si no sintiéramos hacia Ruggeri una gran gratitud aún por lo poco que nos ha dado y que sirve de estímulo para acercarse con más amor a la obra. Como no servirá para nada observar que Ruggeri está tan inficionado por la lepra danunzianna vacua y declamatoria, que demasiado a menudo su reflexión crítica es sobrepasada y ahogada en una sentimentalidad melodramática que desentona terriblemente con la creación de Shakespeare, ni decadente ni enferma de modernidad florida y liberty.

Y el público, también él compenetrado del esfuerzo que Ruggeri, la Vergani y los otros han hecho, ha aplaudido y tal vez con verdadera convicción.

(Mayo 25 de 1916)

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