"Il titano" [El titán] de Niccodemi en el Carignano. La guerra ha impuesto, evidentemente, también una moratoria al arte. La acción que se desenvuelve en el frente, dirige todas las energías de los hombres de buena voluntad a la práctica, a la especulación de la exaltación pasajera, que oportunamente estimulada da un buen producto de aplauso y de caja. Santa retórica se dice de las manifestaciones semejantes del pasado, del Risorgimento; porque ni Berchet, ni Silvio Pellico, ni Giusti, ni Dall'Ongaro, ni Poerio, ponían un fin económico al arte patriótico. Vulgar especulación debe simplemente juzgarse la de Niccodemi que ha hilvanado alegremente con aquella habilidad que ha conquistado en su aprendizaje de autor hecho a todas las pequeñas astucias de la escena, una comedia de palpitante actualidad.

Los personajes son cuatro convencionalismos: el bien absoluto (Marco Asciani), el mal absoluto (Gilberto Guidi) su cuñado, la inocencia ajada (hermana de Marco), la inocencia ingenua y elemental (una niñita). Marco ha participado en la guerra con sus dos hijos; éstos han dejado en ella la vida, él ha escapado de milagro y su mujer ha muerto de tristeza. Saliendo del hospital, renovado de cuerpo y de alma, mientras se dispone a convertirse en el apóstol de una vida nueva, de una nueva moral, es envuelto en un escándalo de fraude en aprovisionamientos militares. Es Gilberto, el hombre de la prehistoria, el bruto lleno de vicios, quien habiendo sido puesto por él al frente de su propia banca, ha especulado con la vida, con la integridad de los soldados para enriquecerse, para alimentar su baja codicia de gozador. Marco pierde en la crisis todo el patrimonio y mientras antes era llamado titán por la férrea voluntad que demostraba en los negocios, ahora se llama a sí mismo titán porque descubre que para ser modesto empleado es necesario una fuerza moral muy superior a la exigida para ser capitalista. Gilberto desaparece silenciosamente en la sonriente marina de Anzio porque la conciencia se ha convertido en su carcelera implacable, y decide no regresar nunca a la prisión a fin de que la nueva Italia no vea más la fisonomía del estafador militar. Esta es la trama desnuda, engrosada por los más diversos rellenos del repertorio: una puerta volteada, un marido que está por estrangular a su mujer para hacerse consignar sus valores, un hermano que cree por un momento a la hermana adúltera con... el marido, una requisitoria formidable contra los proveedores militares, que recuerda la filípica contra los curas de la Morte Civile de Giacometti, una pequeña Scampolo que, como un pequeño papagayo amaestrado recita graciosamente las ingenuidades más artificiales de este mundo y así de seguido.

El golpe era seguro. La perorata contra los proveedores, elocuente como una bruñida oración de procurador fiscal, suscitó los frenéticos aplausos de la platea (ingreso) y de la galería: las butacas y los palcos prudentemente se abstuvieron. Los actores solo eran fonógrafos y no pudieron, por carencia de materia prima, crear ningún carácter. Ruggeri es tan artista que se mantiene alto aún en semejantes fruslerías teatrales y Niccodemi, como el Gilberto de su comedia encontrará en su conciencia la carcelera que lo castigará por haber especulado con el drama nacional para alcanzar en poco tiempo sólo aquello que un honesto y largo esfuerzo le habría dado de igual modo.

(Mayo 18 de 1916)

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