"La malquerida" de Benavente en el Carignano. La malquerida de Benavente ha hecho recordar a alguno las producciones del teatro clásico. Naturalmente, cualquier observación es posible: un ánfora de Samos se asemeja más a un jarro de Montelupo que al lupomannaro * y así la trama de La malquerida puede hacer recordar a Esquilo y a Shakespeare. En ella también, en realidad, una pasión perversa atenaza a dos criaturas humanas y es instintiva, elemental, debida al hado, pero la tragedia se exterioriza en forma grandguinolesca ** y por ello sin profundidad de vida interior, sin tormentos y arranques líricos, reduciéndose a gestos brutales. La jovencita Rosario no ha sabido nunca ni podido amar como padre al nuevo marido que ha tomado su madre; y por otra parte este odio injustificado hace que Renzo no pueda ver en ella una hija: y una pasión morbosa se adueña de él. Para no dejarla ir de la casa hace matar al novio, monta una trama infernal para arruinar a un inocente, un pobre Cristo enamorado de Rosario, pero no logra impedir que la verdad sea conocida por su esposa, quien, para salvar el honor de la familia y porque comprende que en la pasión del hombre existe un elemento imponderable de fatalidad, está dispuesta a perdonar, más cuando un beso que debería ser de reconciliación, de olvido, revela a Rosario que ella ama a su padrastro y los dos se estrechan desesperadamente comprendiéndose al fin, la madre ruge su venganza, su cólera y cae asesinada por Renzo. En el drama no hay nada más que la trama hábilmente conducida de modo que la intriga vaya creando malentendidos, enredos psicológicos que determinan un crescendo y preparan los ánimos para el golpe final. Pero la habilidad más o menos grande de los constructores de ficelle no puede sustituir lo que solamente puede volver humanas y lógicas aún las más bestiales vibraciones de los sentidos. Particularmente eficaz fue la interpretación de la Starace-Sainati.

* hombre lobo

** Grand Guinol, teatro parisino

(Abril 30 de 1916)

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