CARTA A JULIA SCHUCHT

[Roma, 24-XI-1936; L.C. 868-869]

Carissima Iulca,

para darte risa querría escribir una carta completamente profesoral, llena de pedanterías de arriba a abajo, pero no sé si voy a conseguirlo. La mayor parte de las veces soy pedante sin querer: me he hecho un estilo de circunstancias, bajo la presión de los acontecimientos, en estos diez años de censuras múltiples. Quiero contarte un "pequeño" episodio que te hará gracia y te permitirá comprender mi estado de ánimo. Una vez, cuando Delio era pequeño, me escribiste una carta muy graciosa en la que querías mostrarme que el niño se iniciaba en... la geografía y la orientación: me lo describías echado en la cama, de norte a sur, diciendo que en la dirección de su cabeza vivían pueblos que usaban perros para arrastrar los carros, a la izquierda la China, a la derecha Austria, en la dirección de las piernas Crimea, etc. Para conseguir esta carta tuya tuve que discutir con el director de la cárcel más de una hora, porque sospechaba misteriosos mensajes convencionales. Tuve que discutir sin haberla leído, como es obvio, intentando adivinar por las preguntas que me dirigía lo que tú habías escrito y lo que querías decir. "¿Qué es ese Catay y qué tiene que ver con esto Austria?" "¿Quiénes son esos hombres que usan perros para tirar de los carros?" Necesité un gran esfuerzo para darle una explicación plausible (puesto que no había leído la carta), y no sé si habría conseguido ganar la partida si no hubiera sido porque en cierto momento se me ocurrió preguntarle: "Pero, ¿usted está casado? ¿Y no tiene idea de cómo pudo escribir una madre que quiere contar cosas de un hijo al padre ausente?" El hecho es que me entregó enseguida la carta, estaba casado, pero no tenía hijos. Es una tontería, pero tiene su significación: yo "sabía" que el director leería mis cartas con la misma agria y desconfiada pedantería, y eso me "obligaba" a utilizar un modo de escribir "carcelario", del que no sé si llegaré a liberarme nunca, después de tantos años de "compresión". Podría contarte otros episodios y otras cosas, pero no quiero que, pretendiendo divertirte, acabe por entristecerte con el río de las miserias del pasado. Tu carta me ha alegrado: me parece que hace mucho tiempo que no escribías con esa ligereza y con esa... completa ausencia de faltas. Cara, dale trabajo al cerebro, y escríbeme más largamente acerca de los Malyshi [169], sin objetividad. A propósito, me parece que tu aforismo "Hacer un informe (¡?) sobre la vida de los chicos es deshacer su vida" es un grandioso despropósito, y de los graves. Más grande que el Himalaya. Nada de informes (yo no soy un sargento), sino sólo tus impresiones "subjetivas". Cara, estoy tan aislado que tus cartas son como pan para el hambriento (¿quién habló de pedantería?): ¿por que me escatimas de este modo las raciones? Y además, a decir verdad, creo que la pedantería y la miseria profesoral están todas de tu parte, sólo que tú no te das cuenta de ello porque son cómodas. Un pobre desgraciado como yo te pide: escríbeme de ti, de los hijos, por lo largo, etc., y tú, desde la trinchera, contestas: "¡Vaya! Para mí el escribir sobre la vida de los chicos sería como deshacérsela". Eso sí que es pedantería, de la peor y de la peor especie. Tú "trabaja de cerebro", y luego me darás la razón. Cara Iulca, te abrazo tiernamente,

Antonio.

169 Malyshi, niños (en caracteres cirílicos en el original).

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