Racionalización de la producción y del trabajo. La tendencia de Leone Davidovi [164 Trotski] estaba íntimamente relacionada con esta serie de problemas, y me parece que esa relación no se ha puesto suficientemente de manifiesto. El contenido esencial de su tendencia consistía, desde este punto de vista, en una voluntad "demasiado" resuelta (y, por tanto, no racionalizada) de conceder la supremacía en la vida nacional a la industria y a los métodos industriales, acelerar con medios coactivos externos la disciplina y el orden de la producción, adecuar las costumbres a las necesidades del trabajo. Dado el planteamiento general de todos los problemas relacionados con su tendencia, ésta tenía que desembocar necesariamente en una forma de bonapartismo: de aquí la necesidad inexorable de aplastar su tendencia. Sus preocupaciones eran justas, pero sus soluciones prácticas eran profundamente equivocadas; en este desequilibrio entre su teoría y su práctica arraigaba el peligro, peligro, por lo demás, manifiesto ya antes, en 1921. El principio de la coacción directa e indirecta en la ordenación de la producción y del trabajo es justo, pero la forma que tomó era equivocada; el modelo militar se había convertido en él en un prejuicio funesto, y los ejércitos del trabajo fueron un fracaso. Interés de Leone Davidovi por el norteamericanismo; sus artículos, sus encuestas acerca del byt y de la literatura; estas actividades eran menos inconexas entre sí de lo que podía parecer, porque los nuevos métodos de trabajo son inseparables de un determinado modo de vivir, de pensar y de sentir la vida; no es posible obtener éxitos en un campo sin conseguir resultados tangibles en el otro. En América la racionalización del trabajo y el prohibicionismo son cosas indudablemente relacionadas: las encuestas de los industriales sobre la vida íntima de los obreros, los servicios de inspección creados por algunas empresas para controlar la "moralidad" de los obreros, son necesidades del nuevo método de trabajo. El que se burle de esas iniciativas (incluso de las fracasadas) y no vean en ellas más que una hipócrita manifestación de "puritanismo", se niega toda posibilidad de comprender la importancia, la significación y el alcance objetivo del fenómeno norteamericano, que es, entre otras cosas, el mayor esfuerzo colectivo realizado hasta ahora por crear, con rapidez inaudita y con una conciencia de los fines jamás vista en la historia, un nuevo tipo de trabajador y de hombre. La expresión "conciencia de los fines" puede parecer por lo menos irónica al que recuerde la frase de Taylor acerca del "gorila amaestrado". Efectivamente, Taylor expresa con cinismo brutal la finalidad de la sociedad norteamericana: desarrollar en el trabajador, en un grado máximo, las actitudes maquinales y automáticas, destruir el viejo nexo sicofísico del trabajo profesional calificado que exigía una cierta participación activa de la inteligencia, de la fantasía, de la iniciativa del trabajador, y reducir las operaciones productivas al mero aspecto físico, maquinal. Pero, en realidad, no se trata de novedades originales, sino sólo de la fase más reciente de un largo proceso que ha empezado con el nacimiento del industrialismo mismo, fase que es, simplemente, más intensa que las anteriores, y que se manifiesta con formas más brutales, pero que será superada ella misma con la creación de un nuevo nexo sicofísico de tipo diferente del de los anteriores y, sin duda, superior a ellos. Ocurrirá inevitablemente una selección forzada: una parte de la vieja clase trabajadora será despiadadamente eliminada del mundo del trabajo, y tal vez incluso del mundo tout court.

Desde este punto de vista hay que estudiar las iniciativas "puritanas" de los industriales norteamericanos tipo Ford. Es verdad que no se preocupan por la "humanidad" y la "espiritualidad" del trabajador, cosas que ellos aplastan sin más. Esa "humanidad y espiritualidad" no puede realizarse más que en el mundo de la producción y del trabajo, en la "creación" productiva; era máxima en la artesanía, en el "demiurgo", cuando la personalidad del trabajador se reflejaba entera en el objetivo creado, cuando todavía era muy sólido el vínculo entre el arte y el trabajo. Pero el nuevo industrialismo lucha precisamente contra ese "humanismo". Las iniciativas "puritanas" no tienen más finalidad que la de conservar, fuera del trabajo, cierto equilibrio sicofísico que impida el colapso fisiológico del trabajador, exprimido por el nuevo método de producción. Ese equilibrio no puede ser sino meramente externo y mecánico, pero podrá hacerse interior el día que sea propuesto por el trabajador mismo, no impuesto al trabajador desde fuera, sino por una nueva forma de sociedad, con medios adecuados y originales. El industrial norteamericano se preocupa por mantener la continuidad de la eficacia física del trabajador, de su eficacia muscular y nerviosa: es interés suyo el contar con un personal estable, homogeneizado permanentemente, porque también el complejo humano (el trabajador colectivo) de una empresa es una máquina que no debe desmontarse demasiado a menudo y que no puede renovarse en sus piezas singulares sin ingentes pérdidas.

El llamado salario alto es un elemento dimanante de esa necesidad: es el instrumento adecuado para seleccionar un personal coherente con el sistema de producción y de trabajo, y para mantenerlo de modo estable. Pero el salario alto tiene dos filos: hace falta que el trabajador gaste "racionalmente" los dineros más abundantes, para mantener, renovar y, si es posible, aumentar su eficacia muscular y nerviosa, no para destruirla o lesionarla. Y entonces aparece la lucha contra el alcohol, que es el agente de destrucción más peligroso de las fuerzas de trabajo; esa lucha se hace entonces función estatal. Es posible que también otras luchas "puritanas" lleguen a ser función del Estado, si la iniciativa privada de los industriales resulta insuficiente o si se desencadena una crisis de moralidad demasiado profunda y amplia en las masas trabajadoras, lo cual podría ocurrir como consecuencia de una crisis larga y amplia de paro.

Relacionada con la del alcohol está la cuestión sexual: el abuso y la irregularidad de las funciones sexuales es, después del alcoholismo, el enemigo más peligroso de las energías nerviosas, y es observación común que el trabajo "obsesivo" provoca la depravación alcohólica y la sexual. Los intentos de Ford de intervenir, con un cuerpo de inspectores, en la vida privada de sus empleados, y de controlar cómo gastaban el salario y cómo vivían, es un indicio de estas tendencias todavía "privadas" o latentes, pero que pueden convertirse, llegado el momento, en ideología estatal, insertándose en el puritanismo tradicional, o sea, presentándose como un renacimiento de la moral de los pioneros, del "verdadero" norteamericanismo, etc. El hecho más notable del fenómeno norteamericano respecto de estas manifestaciones es la separación, que ya se ha formado, y que irá acentuándose, entre la moralidad-costumbre de los trabajadores y la de los demás estratos de la población.

El prohibicionismo ha dado ya un ejemplo de esa separación. ¿Quién consumía el alcohol introducido de contrabando en los Estados Unidos? El alcohol se había convertido en una mercancía de gran lujo, de modo que ni los salarios más altos podían permitir su consumo a las amplias capas de las masas trabajadoras: el que trabaja asalariado, con un horario fijo, no tiene tiempo para dedicarse a buscar alcohol, ni para dedicarlo al deporte, ni para dedicarlo a eludir las leyes. La misma observación se puede hacer a propósito de la sexualidad. La "caza de la mujer" exige demasiados loisirs; en el obrero de tipo nuevo se va a repetir lo que de otra forma ocurre en los pueblos campesinos. La relativa fijeza de las uniones matrimoniales está íntimamente relacionada con el sistema de trabajo en los campos. El campesino que vuelve a casa por la noche después de una larga jornada de fatiga quiere la Venerem facilem parabilemque de Horacio: no está capacitado para hacer la corte a mujeres de fortuna; quiere a su mujer, segura, indefectible, que no tendrá caprichos y no pretenderá que él interprete la comedia de la seducción y el estupro para ser poseída. Así la función sexual parece mecanizarse, pero en realidad no se trata de eso, sino del nacimiento de una nueva forma de unión sexual sin los colores "cegadores" de los oropeles románticos, característicos del pequeño burgués y del bohémien parásito. Resulta claro que el nuevo industrialismo exige la monogamia, quiere que el hombre-trabajador no despilfarre la energía nerviosa en la búsqueda desordenada y excitante de la satisfacción sexual ocasional: el obrero que se presenta al trabajo después de una noche de "lío" no es un buen trabajador; la exaltación pasional no puede armonizarse con los movimientos cronometrados de los gestos productivos requeridos por los automatismos más perfectos. Este complejo de compresiones y coerciones directas e indirectas ejercitadas sobre la masa tendrá, sin duda, resultados, y así surgirá una nueva forma de unión sexual en la cual la monogamia y la estabilidad relativa serán probablemente los rasgos característicos y fundamentales.

Sería interesante conocer los resultados estadísticos de los fenómenos de desviación de las costumbres sexuales oficialmente publicadas en los Estados Unidos y analizados por grupos sociales: en general se comprobará que los divorcios son especialmente numerosos en las clases superiores. Esta separación entre la moralidad de las masas trabajadoras y la de elementos cada vez más numerosos de las clases dirigentes de los Estados Unidos parece ser uno de los fenómenos más interesantes y más cargados de consecuencias. Hasta hace poco tiempo el pueblo norteamericano era un pueblo de trabajadores: la "vocación laboriosa" no era un rasgo inherente sólo a las clases obreras, sino una cualidad específica también de las clases dirigentes. El hecho de que un millonario siguiera prácticamente activo hasta que la enfermedad o la vejez le obligaban al reposo, y el hecho de que su actividad ocupara un número de horas muy notable de su jornada, era uno de los fenómenos típicamente norteamericanos, la norteamericanada más extravagante para el europeo medio. Se ha observado ya que esta diferencia entre norteamericanos y europeos se debe a la falta de "tradición" de los Estados Unidos en cuanto tradición significa también residuo pasivo de todas las formas sociales rebasadas en la historia. En los Estados Unidos es todavía reciente la "tradición" de los pioneros, o sea, de enérgicas individualidades en las cuales la "vocación laboriosa" había alcanzado la mayor intensidad y el mayor vigor, hombres que directamente, y no a través de un ejército de esclavos y de siervos, entraban en contacto intenso con las fuerzas naturales para dominarlas y explotarlas victoriosamente. Los residuos pasivos son los que en Europa se resisten al norteamericanismo (representan la "cualidad", etc.), porque sienten instintivamente que las nuevas formas de producción y de trabajo los barrerían implacablemente. Pero si es cierto que de ese modo se destruiría definitivamente en Europa el anacronismo todavía no enterrado, ¿qué está empezando a ocurrir en la misma Norteamérica? La separación de moralidad antes aludida muestra que se están creando márgenes de pasividad social cada vez más anchos. Parece que las mujeres tienen una función de primer orden en ese fenómeno. El hombre-industrial sigue trabajando aunque ya sea millonario, pero su mujer y sus hijas van convirtiéndose cada vez más en "mamíferos de lujo". Los concursos de belleza, los concursos para contratar personal cinematográfico (recordar las 30.000 muchachas italianas que en 1926 enviaron sus fotografías en traje de baño a la casa Fox), el teatro, etc., al seleccionar la belleza femenina mundial y ponerla a subasta, suscitan una mentalidad de prostitución, y la "trata de blancas" se convierte en una operación legal para las clases altas. Las mujeres, ociosas, viajan, atraviesan constantemente el océano para venir a Europa, huyen del prohibicionismo del país y contraen "matrimonios" estacionales (hay que recordar que se retiró a los capitanes marítimos de los Estados Unidos la facultad de sancionar matrimonios a bordo, porque muchas parejas se casaban al salir de Europa y se divorciaban antes de desembarcar en América): una real prostitución lo invade todo, sin disimularse más que con frágiles formalidades jurídicas.

Estos fenómenos propios de las clases altas harán más difíciles la coerción sobre las masas trabajadoras para adecuarlas a las necesidades de la nueva industria: en cualquier caso, determinan una fractura sicológica y aceleran la cristalización y la saturación de los grupos sociales, evidenciando su transformación en castas, como había ocurrido en Europa. (C.V.; M. 329-334.)

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