Algunos aspectos teóricos y prácticos del "economicismo". Economicismo --movimiento teórico por el librecambio--, sindicalismo teórico. Hay que estudiar en qué medida el sindicalismo teórico se ha originado en la filosofía de la práctica y en qué medida se deriva en realidad de las doctrinas económicas del librecambio, o sea, del liberalismo en último análisis. Por eso hay que estudiar si el economicismo, en su forma más consumada, no es de filiación liberal directa y no ha tenido ya, en sus orígenes mismos, sino muy pocas relaciones con la filosofía de la práctica, relaciones, en cualquier caso, sólo extrínsecas y puramente verbales.

Desde este punto de vista hay que considerar la polémica Einaudi-Croce, determinada por el nuevo prólogo (de 1917) al volumen sobre el Materialismo storico: la exigencia suscitada por Einaudi de tener en cuenta la literatura histórico-económica suscitada por la economía clásica inglesa puede satisfacerse en este sentido: que esa literatura, por una contaminación superficial de filosofía de la práctica, ha originado el economicismo, por eso cuando Einaudi critica (de un modo, a decir verdad, impreciso) algunas degeneraciones economicistas está arrojando guijarros a su propio tejado. El nexo entre la ideología librecambista y el sindicalismo teórico es sobre todo evidente en Italia, donde es manifiesta la admiración de sindicalistas como Lanzillo y Cía. por Pareto. La significación de esas dos tendencias es, empero, muy distinta: la primera es característica de un grupo social dominante y dirigente; la segunda, de un grupo todavía subalterno que no ha conquistado aún conciencia de su fuerza y de sus posibilidades y modos de desarrollo, razón por la cual no sabe todavía salir de su fase de primitivismo.

El planteamiento del movimiento librecambista se basa en un error teórico cuyo origen práctico no es difícil de identificar: en la distinción entre sociedad política y sociedad civil, la cual deja de ser una distinción de método y se convierte en y se presenta como una distinción orgánica. Así se afirma que la actividad económica es propia de la sociedad civil, y que el Estado no tiene que intervenir en su regulación. Pero como en la realidad de hecho la sociedad civil y el Estado se identifican, hay que concluir que el mismo librecambismo es una "reglamentación" de carácter estatal, introducida y mantenida por vía legislativa y coactiva: es un hecho de voluntad consciente de sus propios fines, y no expresión espontánea automática del hecho económico. Por tanto, el liberalismo económico es un programa político destinado a cambiar, en la medida en que triunfa, el personal dirigente de un Estado y el programa económico del Estado mismo, o sea, a cambiar la distribución de la renta nacional.

Distinto es el caso del sindicalismo teórico en la medida en que se refiere a un grupo subalterno, al cual se impide con esta teoría que llegue a ser jamás dominante, que se desarrolle más allá de la fase económico-corporativa para alzarse a la fase de hegemonía ético-política en la sociedad civil y de dominio en el Estado. Por lo que hace al librecambismo, se tiene el caso de una fracción del grupo dirigente que quiere reformar la legislación comercial y sólo indirectamente la industrial (puesto que es innegable que el proteccionismo, especialmente en los países de mercado pobre y reducido, limita la libertad de iniciativa industrial y favorece morbosamente el nacimiento de los monopolios): se trata de una rotación de los partidos dirigentes en el gobierno, no de la fundación y organización de una nueva sociedad política, y aún menos de un nuevo tipo de sociedad civil. En el movimiento del sindicalismo teórico la cuestión se presenta con más complejidad; es innegable que en él la independencia y la autonomía del grupo subalterno, que se pretende expresar, se sacrifican, en cambio, a la hegemonía intelectual del grupo dominante, porque precisamente el sindicalismo teórico no es sino un aspecto del liberalismo económico, justificado con algunas afirmaciones mutiladas y, por tanto, trivializadas, de la filosofía de la práctica. ¿Por qué y cómo se produce ese sacrificio? Se excluye la transformación del grupo subordinado en grupo dominante ya porque el problema no se plantea siquiera (fabianismo, De Man, una parte considerable del laborismo), ya porque se presenta en formas incongruentes e ineficaces (tendencias socialdemócratas en general), ya porque se afirma el salto inmediato desde el régimen de los grupos hasta el de la perfecta igualdad y de la economía sindical.

Es por lo menos sorprendente la actitud del economicismo ante las expresiones de voluntad, acción e iniciativa política e intelectual, como si esas expresiones no fueran también una emanación orgánica de necesidades económicas, y hasta la única expresión eficaz de la economía; así también es incongruente que el planteamiento concreto de la cuestión hegemónica se interprete como un hecho que subordina al grupo hegemónico. El hecho de la hegemonía presupone, sin duda, que se tengan en cuenta los intereses y las tendencias de los grupos sobre los cuales se ejercerá la hegemonía, que se constituya un cierto equilibrio de compromiso, o sea, que el grupo dirigente haga sacrificios de orden económico-corporativo, pero también es indudable que tales sacrificios y el mencionado compromiso no pueden referirse a lo esencial, porque si la hegemonía es ético-política no puede no ser también económica, no puede no tener su fundamento en la función decisiva que ejerce el grupo dirigente en el núcleo decisivo de la actividad económica.

El economicismo se presenta bajo muchas otras formas, además del librecambismo y del sindicalismo teórico. Le pertenecen todas las formas del abstencionismo electoral (ejemplo típico: el abstencionismo de los clericales italianos después de 1870, que se fue atenuando progresivamente a partir de 1900, hasta llegar a 1919 y a la formación del Partito Popolare: la distinción orgánica que hacían los clericales entre la Italia real y la Italia legal era una reproducción de la distinción entre mundo económico y mundo político-legal), las cuales son muchas, en el sentido de que puede haber semiabstencionismo, un cuarto de abstencionismo, etc. Se relaciona con el abstencionismo la fórmula "cuanto peor, tanto mejor", y la fórmula de la llamada "intransigencia" parlamentaria de algunas fracciones de diputados. No siempre es el economicismo contrario a la acción política y al partido político, aunque éste se considera mero organismo educativo de tipo sindical. Un punto de referencia para el estudio del economicismo y para comprender las relaciones entre la estructura y las superestructuras es aquel paso de la Miseria de la filosofía en el que se dice que una fase importante del desarrollo de un grupo social es aquella en la cual los componentes de un sindicato no luchan ya sólo por sus intereses económicos, sino por la defensa y el desarrollo de la organización misma *. Hay que recordar, junto con eso, la afirmación de Engels de que la economía no es el motor de la historia sino "en último análisis" (en las dos cartas sobre la filosofía de la práctica publicadas también en italiano), lo cual tiene que relacionarse directamente con el paso del prólogo a la Crítica de la economía política, en el que se dice que los hombres toman conciencia de los conflictos que se realizan en el mundo económico en el terreno de las ideologías.

En varias ocasiones se afirma en estos apuntes que la filosofía de la práctica está mucho más difundida de lo que se admite. La afirmación es exacta si se entiende que lo difundido es el economicismo histórico, como llama ahora el profesor Loria a sus concepciones más o menos desmadejadas, y que, por tanto, el ambiente cultural ha cambiado completamente desde los tiempos en que la filosofía de la práctica empezó sus luchas; podría decirse, con terminología crociana, que la más grande herejía nacida en el seno de la "religión de la libertad" ha sufrido también ella, como la religión ortodoxa, una degeneración, se ha difundido como "superstición", o sea: ha entrado en combinación con el liberalismo económico y ha producido el economicismo. Hay que examinar, sin embargo, si, mientras la religión ortodoxa se ha enquistado ya definitivamente, la superstición herética no conserva siempre un fermento que le permitirá renacer como religión superior, o sea, si no son fácilmente liquidables las escorias de superstición.

* Ver la afirmación exacta; la Miseria de la filosofía es un momento esencial de la formación de la filosofía de la práctica; puede considerarse como el desarrollo de las Tesis sobre Feuerbach, mientras que La Sagrada Familia es una fase intermedia e indistinta, de carácter ocasional, como se desprende de los párrafos dedicados a Proudhon y especialmente al materialismo francés. El párrafo sobre el materialismo francés es, más que otra cosa, un capítulo de historia de la cultura, y no un párrafo teórico, como se interpreta a menudo, y como historia de la cultura es admirable. Recordar la observación de que la critica contenida en la Miseria de la filosofía contra Proudhon y su interpretación de la dialéctica hegeliana puede aplicarse a Gioberti y al hegelianismo de los liberales moderados italianos en general. El paralelo Proudhon-Gioberti, a pesar de que representen fases histórico-políticas no homogéneas, o hasta por eso mismo, puede ser interesante y fecundo.

Algunos puntos característicos del economicismo histórico: 1) en la investigación de los nexos históricos no se distingue entre lo que es "relativamente permanente" y lo que es fluctuación ocasional, y así se entiende por hecho económico el interés personal o de un grupo pequeño, en sentido inmediato y "sórdidamente judaico". O sea: no se tienen en cuenta las formaciones de la clase económica, con todas las relaciones inherentes, sino que se toma el interés bruto y usurario, especialmente cuando coincide con formas delictivas contempladas por los códigos penales; 2) la doctrina por la cual el desarrollo económico se reduce a la sucesión de los cambios técnicos ocurridos en el instrumento de trabajo. El profesor Loria ha hecho una exposición brillantísima de esta doctrina, aplicada en su artículo a la influencia social del avión; el artículo se publicó en la Rassegna contemporanea de 1912 [146]; 3) la doctrina por la cual el desarrollo económico e histórico se pone en dependencia directa de los cambios de algún elemento importante de la producción, como el descubrimiento de una nueva materia prima, de un nuevo combustible, etc., el cual acarrea la aplicación de nuevos métodos en la construcción y la manipulación de las máquinas. En estos últimos tiempos se ha producido toda una literatura sobre el petróleo: puede verse como típico un artículo de Antonino Laviosa en la Nuova Antologia, del 16 de mayo de 1929. El descubrimiento de nuevos combustibles y de nuevas energías motoras, corno el de nuevas materias primas para transformar, tiene, sin duda, gran importancia, porque puede alterar las posiciones de los diversos Estados; pero no determina el movimiento histórico, etc.

146 La tesis de Loria acerca de la función social del avión se basaba en la posibilidad de resolver el problema del hambre con grandes cacerías de aves mediante redes.

A menudo se combate el economicismo histórico creyendo que se está combatiendo contra el materialismo histórico. Este es el caso, por ejemplo, de un artículo del Avenir, de París, del 10 de octubre de 1930, recogido en la Rassegna Settimanale della Stampa Estera, del 21 de octubre de 1930, págs. 2303-2304, y que se cita aquí por típico: "Hace mucho tiempo, y sobre todo después de la guerra, se nos dice que las cuestiones de interés dominan a los pueblos y llevan el mundo adelante. Son los marxistas los que han inventado esta tesis, bajo el nombre, un poco doctrinario, de "materialismo histórico". En el marxismo puro los hombres, tomados en masa, no obedecen a las pasiones, sino a las necesidades económicas. La política es una pasión. La patria es una pasión. Estas dos exigentes ideas no tienen en la historia más que una función aparente, porque en realidad la. vida de los pueblos, en el curso de los siglos, se explica por un juego cambiante y siempre renovado de causas de orden material. La economía lo es todo. Muchos filósofos y economistas "burgueses" han recogido esa copla. Nos explican orgullosamente con los precios del trigo, del petróleo o del caucho la gran política internacional. Se las ingenian para demostrarnos que toda la diplomacia está dominada por cuestiones de tarifas aduaneras y precios de coste. Estas explicaciones están en auge. Tienen una pequeña apariencia científica y proceden de una especie de escepticismo superior que quiere dárselas de elegancia suprema. ¿La pasión en política internacional? ¿El sentimiento en asuntos nacionales? ¡Vamos hombre! Eso es pasto para la gente común. Los grandes espíritus, los iniciados, saben que todo está dominado por el dar y el tener. Ahora bien, ésa es una seudoverdad absoluta. Es completamente falso que los pueblos no se dejen guiar más que por consideraciones de interés, y es completamente verdad que obedecen sobre todo a consideraciones dictadas por un deseo y una fe ardiente de prestigio. El que no entienda eso no entiende nada." La continuación del artículo (titulado "La manía del prestigio") ejemplifica con la política alemana y la italiana la tesis, pues esas políticas serían de "prestigio", no dictadas por intereses materiales. El artículo contiene en poco espacio una gran parte de los motivos más vulgares de polémica contra la filosofía de la práctica, pero en realidad la polémica no afecta más que al economicismo tonto del tipo del de Loria. Por otra parte, el escritor no anda muy sólido en su tema ni siquiera desde otros puntos de vista: no comprende que las "pasiones" pueden ser simples sinónimos de los intereses económicos, ni que es difícil sostener que la actividad política sea un estado permanente de exasperación pasional y de espasmo; precisamente la política francesa se presenta como una "racionalidad" sistemática y coherente, o sea, depurada de todo elemento pasional, etc.

En la forma de la superstición economicista, que es la más difundida, la filosofía de la práctica pierde una gran parte de su expansividad cultural en la esfera superior del grupo intelectual, aunque la consiga en las masas populares y entre los intelectuales de perra gorda, los cuales no deciden nunca cansar el cerebro, pero gustan de parecer listísimos, etc. Como escribió Engels, es muy cómodo para muchos creer en la posibilidad de conseguir a bajo precio y sin ningún esfuerzo, al por mayor, toda la historia y toda la sabiduría política y filosófica concentrada en alguna fórmula. Una vez olvidado que la tesis según la cual los hombres consiguen en el terreno de las ideologías conciencia de los conflictos fundamentales no es una tesis de carácter sicológico o moralista, sino de carácter gnoseológico orgánico, se produce la forma mentis que considera la política, y por tanto la historia, como un continuo marché de dupes, un juego de ilusionismos y de prestidigitaciones. La actividad "crítica" se reduce así al desenmascaramiento de trucos, a suscitar escándalos, a presentar las cuentas a los hombres representativos.

Así se olvida que siendo o queriendo ser el "economicismo" también un canon objetivo de interpretación (objetivo-científico), la investigación en el sentido de los intereses inmediatos tendría que ser válida para todos los aspectos de la historia, para los hombres que representan la "tesis" igual que para los que representan la "antítesis". Se ha olvidado, además, otra proposición de la filosofía de la práctica: la que dice que las "creencias populares" o las creencias del tipo de las creencias populares tienen la validez de las fuerzas materiales. Los errores de interpretación en el sentido de la búsqueda de intereses "sórdidamente judaicos" han sido a veces groseros y cómicos y han reaccionado así negativamente sobre el prestigio de la doctrina originaria. Por eso hay que combatir el economicismo no sólo en la teoría de la historiografía, sino también, y especialmente, en la teoría y la práctica de la política. En este campo la lucha puede y debe conducirse desarrollando el concepto de hegemonía, tal como se ha dirigido prácticamente en el desarrollo de la teoría del partido político y en el desarrollo práctico de la vida de determinados partidos políticos (la lucha contra la teoría de la llamada revolución permanente, a la que se contraponía el concepto de dictadura democrático-revolucionaria, la importancia del apoyo dado a las ideologías tipo constituyente, etc.). Podría hacerse un estudio de los juicios emitidos a medida que se desarrollaban algunos movimientos políticos, tomando como tipo el movimiento boulangerista (de 1886 a 1890, aproximadamente) o el proceso Dreyfus, o incluso el golpe de Estado del 2 de diciembre (un análisis del libro clásico sobre el 2 de diciembre [147], para estudiar la importancia relativa que se da en él al hecho económico inmediato, y qué lugar ocupa, en cambio, el estudio concreto de las "ideologías"). Frente a esos acontecimientos, el economicismo se plantea la pregunta: ¿A quién beneficia inmediatamente la iniciativa en cuestión? Y contesta con un razonamiento tan simplista cuanto paradójico. Beneficia inmediatamente a una determinada fracción del grupo dominante, y para no equivocarse en esa elección señala a la fracción que manifiestamente tiene una función progresiva y de control sobre el conjunto de las fuerzas económicas. Así se puede estar seguro de evitar el error, porque necesariamente, si el movimiento examinado llega al poder, la fracción progresiva del grupo dominante acabará por controlar, a la corta o a la larga, el nuevo gobierno, y por hacer de él un instrumento para utilizar en beneficio propio el aparato estatal.

147 El 18 Brumario de Luis Napoleón, de Karl Marx.

Se trata, pues, de una infalibilidad muy barata y que no sólo carece de significación teórica, sino que tiene, además, muy poco alcance político y escasísima eficacia práctica: en general, no produce más que sermones moralistas y cuestiones personales interminables. Cuando se produce un movimiento de tipo boulangerista el análisis tiene que verificarse de un modo realista, según las líneas siguientes: 1) contenido social de la masa que se adhiere al movimiento; 2) ¿qué función tenía esa masa en el equilibrio de fuerzas que va transformándose, como muestra por su mismo nacer el nuevo movimiento?; 2) ¿qué significación tienen, política y socialmente, las reivindicaciones que presentan los dirigentes y que consiguen consentimiento?; 4) examen de la conformidad entre los medios y la finalidad propuesta; 5) sólo en último análisis, y presentada en forma política y no moralista, se formula entonces la hipótesis de que ese movimiento se desnaturalizará necesariamente y servirá a fines muy distintos de los que esperan las muchedumbres que lo siguen. El vicio consiste en afirmar previamente esta hipótesis, cuando aún no se tiene ningún elemento concreto (o sea, que parezca como tal con la evidencia del sentido común y no mediante un análisis "científico" esotérico) para fundarla, de tal modo que la hipótesis parece no ser más que una acusación moralista de doblez y mala fe o de poca inteligencia, de estupidez (para los que siguen el movimiento). La lucha política se convierte así en una serie de hechos personales entre los que ya se las saben todas, porque tienen el duendecillo bien guardado en la lámpara, y el burlado por los propios dirigentes y que no quiere convencerse de su incurable estulticia. Por otra parte, mientras esos movimientos no lleguen al poder, siempre puede pensarse que fracasarán, y algunos han fracasado efectivamente (el mismo boulangerismo, que fracasó como tal y luego ha quedado definitivamente aplastado por el movimiento Dreyfus; o el movimiento de Georges Valois; o el del general Gaida); la investigación debe, por tanto, buscar la identificación de los elementos de fuerza, pero también la de los elementos de debilidad que contienen en su interior; la hipótesis "economicista" afirma un elemento inmediato de fuerza, a saber: la disponibilidad de cierta aportación financiera directa o indirecta (un gran periódico que apoye el movimiento es también una aportación financiera indirecta, y no pasa de ahí). Es demasiado poco. También en este caso el análisis de los diversos grados de correlación de fuerzas tiene que culminar en la esfera de la hegemonía y de las relaciones ético-políticas.

[...] Un elemento que hay que añadir como ejemplificación de las teorías llamadas de la intransigencia es el de la rígida aversión de principio a los llamados compromisos, la cual tiene como manifestación secundaria lo que podría llamarse el "miedo a los peligros". Está claro que la aversión de principio a los compromisos está unida con el economicismo, porque la concepción en la que esa aversión se funda tiene que ser la convicción férrea de que existen para el desarrollo histórico leyes objetivas del mismo carácter de las leyes naturales, y, además, la persuasión de un finalismo teleológico análogo al religioso: como las condiciones favorables tendrán que producirse fatalmente y como ellas determinarán, de un modo más bien misterioso, acontecimientos palingenéticos, es no sólo inútil, sino incluso perjudicial, toda la iniciativa voluntaria que tienda a predisponer dichas situaciones según un plan. Junto a esas convicciones fatalistas los intransigentes tienen, por otra parte, la tendencia a confiar "luego", ciegamente y sin criterios, en la virtud reguladora de las armas, lo cual no carece de cierta lógica y coherencia, porque están pensando que la intervención de la voluntad es útil para la destrucción, no para la reconstrucción (la cual, en realidad, está ya en acto en el momento mismo de la destrucción). La destrucción se concibe así mecánicamente, no como destrucción-reconstrucción. Esos modos de pensar no tienen en cuenta el factor "tiempo", y no tienen en cuenta, en último análisis, ni la misma "economía", en el sentido de que no comprenden cómo los hechos ideológicos de masa van siempre retrasados respecto de los fenómenos económicos de masa, y cómo, por tanto, en ciertos momentos el empuje automático debido al factor económico se frena, se detiene o hasta queda momentáneamente destruido por elementos ideológicos tradicionales; por eso tiene que haber una lucha consciente y preparada para hacer "comprender" las exigencias de la posición económica de masa que pueden contradecirse con las directivas de los jefes tradicionales. Una iniciativa política adecuada es siempre necesaria para liberar el empuje económico de los obstáculos de la política tradicional, para cambiar, esto es, la dirección política de ciertas fuerzas que es necesario absorber para realizar un bloque histórico económico-político nuevo, sin contradicciones internas, y como dos fuerzas "semejantes" no pueden fundirse en un organismo nuevo sino a través de una serie de compromisos o por la fuerza de las armas, poniéndolas en un plano de alianza o subordinando la una a la otra mediante la coerción, la cuestión consiste en saber si se tiene esa fuerza coactiva y si es "productivo" emplearla. Si la unión de dos fuerzas es necesaria para vencer a una tercera, el recurso a las armas (si es que de verdad se tiene esa posibilidad) es pura hipótesis metódica, y la única posibilidad concreta es el compromiso, porque la fuerza se puede utilizar contra los enemigos, pero no contra una parte de sí mismos que se quiere asimilar rápidamente y de la que se necesita "buena voluntad" y entusiasmo. (C. XXX; M. 29-37; son dos apuntes.)

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