Cuestiones de método. Si se quiere estudiar el nacimiento de una concepción del mundo nunca expuesta sistemáticamente por su fundador (y cuya coherencia esencial tiene que buscarse no en cada escrito ni en cada serie de escritos, sino en el desarrollo entero del variado trabajo intelectual que contiene implícitos los elementos de la concepción) hay que realizar previamente un trabajo filológico minucioso, con el máximo escrúpulo de exactitud, de honradez científica, de lealtad intelectual, de eliminación de todo concepto previo, apriorismo o partidismo. Hay que reconstruir, antes que nada, el proceso de desarrollo intelectual del pensador considerado, para identificar los elementos que han llegado a ser estables y "permanentes", o sea, que han sido tomados como pensamiento propio, distinto de y superior al "material" anteriormente estudiado y que ha servido de estímulo; sólo estos elementos son momentos esenciales del proceso de desarrollo. Esta selección puede hacerse para períodos más o menos largos, apreciados desde dentro, y no por noticias externas (aunque también éstas pueden utilizarse), y motiva una serie de "residuos", de doctrinas y teorías parciales por las cuales el pensador puede haber tenido en algunos momentos cierta simpatía, hasta el punto de aceptarlas provisionalmente y utilizarlas para su trabajo crítico o de creación histórica y científica.

Es común observación de todo estudioso, a título de experiencia personal, que toda nueva teoría estudiada con "heroico furor" (o sea, cuando no se estudia por mera curiosidad exterior, sino por un interés profundo) y durante cierto tiempo, especialmente cuando se es joven, atrae por sí misma, se adueña de toda la personalidad, y luego queda limitada por la teoría posteriormente estudiada, hasta que se impone un equilibrio crítico y se estudia con profundidad, sin rendirse enseguida al atractivo del sistema o del autor estudiados. Esta serie de observaciones se imponen aún más cuando el pensador estudiado es más bien impulsivo, de carácter polémico, y carece de espíritu de sistema: cuando se trata de una personalidad en la cual la actividad teórica y la práctica están indisolublemente entrelazadas, cuando se trata de una inteligencia en creación continua y en movimiento perpetuo que siente vigorosamente la autocrítica del modo más despiadado y consecuente.

Dadas esas premisas, el trabajo tiene que proceder según estas líneas: 1) la reconstrucción de la biografía, no sólo por lo que hace a la actividad práctica, sino también y especialmente en lo que respecta a la actividad intelectual; 2) el registro de todas las obras, incluso las más despreciables, en un orden cronológico, con una división según los motivos intrínsecos: obras de la formación intelectual, de la madurez, de la época de posesión y aplicación del nuevo modo de pensar y de concebir la vida y el mundo. La búsqueda del leit-motiv, del ritmo del pensamiento en desarrollo, tiene que ser más importante que las afirmaciones casuales y los aforismos sueltos.

Ese trabajo preliminar posibilita toda investigación ulterior. Entre las obras del pensador estudiado hay que distinguir, además, las que él mismo ha terminado y publicado de las que ha dejado inéditas, por no estar consumadas, y luego han sido publicadas por algún amigo o discípulo, no sin revisiones, reconstrucciones, cortes, etc., o sea, no sin una intervención activa del editor. Es evidente que el contenido de estas obras póstumas tiene que tomarse con mucha discreción y cautela, porque no se puede considerar definitivo, sino sólo como material todavía en elaboración, todavía provisional; no se puede excluir que esas obras, especialmente si han pasado mucho tiempo en período de elaboración sin que el autor se decidiera nunca a terminarlas, habrían sido parcial o totalmente repudiadas por el autor mismo, y consideradas no-satisfactorias.

En el particular caso del fundador de la filosofía de la práctica, la obra literaria puede dividirse en estas secciones: 1) trabajos publicados bajo la responsabilidad directa del autor: entre ellos hay que considerar, de modo general, no sólo los materialmente entregados a la imprenta, sino también los "publicados" o puestos en circulación de cualquier forma por el autor mismo, como las cartas, las circulares, etc. (un ejemplo típico es la Crítica al programa de Gotha, y otro la correspondencia); 2) las obras no impresas bajo la responsabilidad directa del autor, sino por otros, póstumamente; para empezar, sería bueno disponer del texto diplomático de éstas, cosa que se está haciendo, o, por lo menos, una descripción minuciosa del texto original, hecha con criterios científicos.

Ambas secciones deberían reconstruirse por periodos cronológico-críticos, de modo que se puedan enunciar comparaciones válidas, y no puramente mecánicas y arbitrarias.

Habría que estudiar y analizar cuidadosamente el trabajo de elaboración realizado por el autor sobre el material de las obras que él mismo ha publicado luego: este estudio daría por lo menos indicios y criterios para estimar críticamente la viabilidad de las redacciones realizadas por otros en las obras póstumas. Cuanto más se aleje del texto definitivo de un autor el material preparatorio de las obras que él mismo ha publicado, tanto menos fiable será la redacción, por otro escritor, de un material del mismo tipo. Una obra no puede identificarse nunca con el material en bruto recogido para su redacción: la selección definitiva, la disposición de los elementos componentes, el peso mayor o menor dado, a tal o cual de los elementos recogidos en el período preparatorio, son precisamente lo que constituye la obra definitiva.

También el estudio de la correspondencia tiene que hacerse con ciertas cautelas: una afirmación tajante hecha en una carta no se repetiría acaso en un libro. La vivacidad estilística de las cartas, aunque a menudo es artísticamente más eficaz que el estilo más comedido y ponderado de un libro, conduce otras veces a deficiencias de la argumentación; en las cartas, igual que en los discursos y en la conversación, se producen más a menudo errores lógicos; la mayor rapidez del pensamiento va a menudo en perjuicio de su solidez.

Sólo en segundo término aparece la aportación de otras personas, que pueden dar elementos documentales, en el estudio de un pensamiento original e innovador. Así es, al menos, en principio, como método, como debe plantearse la cuestión de las relaciones de homogeneidad entre los dos fundadores de la filosofía de la práctica. La afirmación de uno y otro respecto de su recíproco acuerdo no vale más que para el tema dado en cada caso. Ni siquiera el hecho de que el uno haya escrito algún capítulo para un libro escrito por el otro es una razón perentoria para considerar todo el libro como resultado de un acuerdo perfecto. No hay que subestimar la aportación del segundo [142], pero tampoco hay que identificar al segundo con el primero, ni hay que pensar que todo lo que el segundo ha atribuido al primero sea absolutamente auténtico y sin infiltraciones. Es verdad que el segundo ha dado prueba de un desinterés y de una falta de vanidad personal únicos en la historia de la literatura; pero no se trata de eso, ni de poner en duda la absoluta honradez científica del segundo. Se trata de que el segundo no es el primero, y que para conocer al primero hay que buscarlo precisamente en sus obras auténticas, publicadas bajo su responsabilidad directa. De estas observaciones se siguen bastantes advertencias de método y algunas indicaciones para investigaciones laterales. Por ejemplo, ¿qué valor tiene el libro de Rodolfo Mondolfo sobre el Materialismo storico di F. E. [143 Friedrich Engels], editado por Formiggini en 1912? Sorel (en una carta a Croce) pone en duda que se pueda estudiar un tema así, dada la escasa capacidad de pensamiento original de Engels, y repite a menudo que no hay que confundir a los dos fundadores de la filosofía de la práctica. Aparte de la cuestión planteada por Sorel, parece que el hecho mismo de que (se suponga) se afirme una escasa capacidad teorética del segundo de los dos amigos (por lo menos, una posición subalterna respecto del primero) impone averiguar a quién corresponde el pensamiento original, etcétera. En realidad nunca se ha hecho (aparte el libro de Mondolfo) una investigación sistemática de este tipo en el mundo de la cultura, o aun más: las exposiciones del segundo, algunas relativamente sistemáticas, están ya en primer plano, como fuente auténtica y hasta única fuente auténtica. Por eso parece muy útil el volumen de Mondolfo, al menos por la orientación que señala. (C. XXII; I.M.S. 76-79.)

142 "El primero" es Marx; "el segundo" es Engels. Probablemente está Gramsci pensando en el Anti-Dühring, de Engels, uno de cuyos capítulos es de Marx y en cuyo prólogo Engels declara que leyó a Marx todo el manuscrito.

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