CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 24-VII-1933; L.C. 804-806]

Carissima Tania,

he recibido tu carta del 20 del corriente con la carta de Giulia. Todavía no me siento capaz de escribir a Giulia: no sé por dónde empezar ni qué decirle. Por su carta parece que esté informada de mi enfermedad. ¿Le has escrito tú? ¿Y cómo? Creo que, a pesar de haber visto lo precarias que son estas observaciones, puedo decirte que estoy algo mejor. El cambio de celda y, por tanto, de algunas, de las condiciones externas de mi existencia, me ha beneficiado en el sentido de que ahora, por lo menos, puedo dormir, o, por lo menos, no se dan las condiciones que me impedían el sueño incluso cuando lo tenía, y me despertaban bruscamente agitándome hasta el frenesí. Todavía no duermo regularmente, pero podría dormir: en cualquier caso, tampoco estoy muy agitado cuando no duermo. Creo que hay que contentarse; dado que el organismo desquiciado no puede, sin duda, volver a acostumbrarse a la normalidad enseguida y, además, la presión arterial que se ha presentado debe de producir ella misma cierto insomnio. Para dormir un poco tengo que tomar calmantes, naturalmente, y así he vuelto a tomar los que tenía antes de marzo, incluso el Quadro Nox, al que tú dabas tanta importancia y que ahora me es útil de verdad. He aquí, pues, que la opinión del profesor Fumarola no era una nebulosa sin fundamento, y que también tu conciencia científica puede tranquilizarse. Dentro de unos días empezaré un tratamiento reconstituyente de inyecciones a base de estricnina y fósforo. El nuevo médico que me ha visitado me asegura que me beneficiará mucho. Me ha dicho que en la base de mi malestar se encuentra un agotamiento nervioso, y que las demás manifestaciones son de carácter funcional y no orgánico. Por lo que parece, hay que tratarse también la psique. Todo eso es verosímil, por lo que se me alcanza. No sé si la arteriosclerosis puede considerarse manifestación funcional y no orgánica; en cualquier caso, ya sea por efecto de la Elastina, ya por el hecho de que durante cuatro o cinco noches he dormido un poco, me parece que siento menos presión, y ciertamente han disminuido (se han atenuado) las palpitaciones y el dolor en el corazón; sólo las manos me duelen constantemente, y no puedo sostener ningún peso ni apretar nada con un poco de energía. Por lo que hace a mi psique, no puede decirse nada preciso; es verdad que durante muchos meses he vivido sin ninguna perspectiva, dado que no se me trataba y que no veía salida alguna del desgaste físico que me consumía. No puedo decir que haya terminado ese estado de ánimo, o sea, que me haya convencido de no estar ya en condiciones de precariedad extremada, pero creo que puedo decir que este estado de ánimo no es obsesionante como en el pasado. Por lo demás, no se puede terminar con él por un esfuerzo de la voluntad; tendría que estar en condiciones de hacerlo, o de esforzarme por esforzarme, o de esforzarme por esforzarme por esforzarme, etc. Es fácil de decir, pero, en la práctica, todo esfuerzo consecuente se convierte enseguida en una obsesión frenética. Ahora que estoy mejor, los que se encontraban conmigo cuando tuve el punto crítico de la enfermedad me han dicho que en los momentos de alucinación mis palabras tenían cierta lucidez (aunque estaban, además, mezcladas con largas tiradas en dialecto sardo). La lucidez consistía en esto: que yo estaba convencido de que me moría, e intentaba demostrar la inutilidad de la religión y su inanidad, y estaba preocupado temiendo que, aprovechándose de mi debilidad, el cura me obligara a hacer o me hiciera ceremonias que me repugnan y de las que no sabía cómo defenderme. Parece que durante una noche entera he hablado de la inmortalidad del alma en un sentido realista e historicista, o sea, como supervivencia necesaria de nuestros actos útiles y necesarios, y como incorporación de esos actos, por encima de nuestra voluntad, al proceso histórico universal, etc. Estaba escuchándome un obrero de Grosseto, que se caía de sueño y que me parece que creyó que yo me volvía loco, lo cual era también la opinión del centinela de servicio. Pero el obrero recordaba a pesar de todo los puntos principales de mi discurso, porque yo los repetía continuamente. Carissima, como ves, el hecho mismo de que te cuente estas cosas prueba que me encuentro algo mejor. Tal vez no te molestará mandarme un poco de Quadro Nox, que aquí no se encuentra. Te abrazo tiernamente,

Antonio.

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