CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 2-VII-1933; L.C. 794-795]

Carissima Tania,

recibo en este momento tu tarjeta de ayer. He recibido también las 200 liras y los dos tubitos de "Elastina". A propósito de tu tarjeta, he de decirte que no quiero seguir siendo un conejillo de Indias para experimentar nuevos preparados. No sé si eso te divierte; pero yo he llegado al extremo límite de la paciencia. No sé si te has dado cuenta de que muchas cosas han cambiado en mí radicalmente, pero no me lo parece. He de confesar mi equivocación al dejar que las cosas se arrastraran así durante tanto tiempo. Espero que dentro de poco habré madurado lo suficiente para terminar con todas estas letanías incoherentes y sin sentido común. Te ruego que recuerdes lo que te dije en enero, cuando viniste a visitarme, y que releas, si aún las tienes a mano, las cartas que te escribí inmediatamente después. Así te convencerás de que no se trata de que me haya liado caprichosamente la manta a la cabeza, sino de la fase final de un largo proceso, fase necesaria y que sólo una ceguera increíble te ha impedido ver y apreciar convenientemente. Estoy cansado inmensamente. Me siento separado de todo y de todos. Ayer, durante la visita, tuve nueva prueba de ello. He de decirte que la visita me pesó como un suplicio, y que estaba deseando que terminara. Quiero decirte la verdad con toda franqueza y brutalidad, si la palabra es más adecuada. No tengo nada que decirte, ni nada que decir a nadie. Estoy vacío. En enero hice el último intento de vivir, tuve el último brote de vida. No lo entendiste. No me di a entender, en las condiciones en que tenía que moverme y hablar. Ahora ya no se puede hacer nada. Créeme, por si alguna otra vez te ocurre en la vida el tener experiencias como la que has hecho conmigo, que el tiempo es la cosa más importante: es un simple seudónimo de la vida misma.

Te abrazo,

Antonio.

Tal vez te convenga releer mi carta de septiembre de 1932 [126], porque este período empezó entonces. Podrás convencerte de que yo hice todo lo posible por darte una idea exacta de mis condiciones físicas y psíquicas. Si creíste que era literatura, te equivocaste. Por lo demás, siempre he estado acostumbrado a pagar con mi persona, incluso cuando, por ineptitud mía, no he conseguido que me entendieran o que me tomaran lo suficientemente en serio para que se observaran mis indicaciones. Precisamente por eso estoy en la cárcel desde hace siete años y he sacrificado mi existencia.

126 Probablemente la carta de 16 de noviembre de 1932, en la que Gramsci exige que no se dé ningún paso que le afecte sin explícita autorización suya, y concluye: "Todavía no se te ha metido en la cabeza que yo soy como un balón de fútbol que pies anónimos pueden mandar de un lado a otro de Italia, como ha ocurrido en el pasado, ni que desde hace cuatro años y cuatro meses soy el número 7.047, que no puede tener voluntad propia ni gozar de los derechos del ciudadano (por pocos que éstos sean), y por eso no te molesta dar, llegado el caso, tu patada al balón, recordándome que también para ti soy un número" (L.C. 678).

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