CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 29-V-1933; L. C. 784-787.]

Carissima Tania,

he recibido hasta ahora tres tarjetas tuyas; creo que habrá alguna otra más en las oficinas y que quizá me la den hoy. Tenía muchas ganas de verte y de hablar contigo, de modo que puedes imaginar lo que he sentido al saber que estabas mala. He pensado que tal vez yo haya contribuido a tu malestar, dándote disgustos, y a determinar una menor resistencia de tu organismo. Tengo que explicarte cuál es mi actual estado de ánimo y cómo se forman mis actitudes inmediatas. Es verdad que el curso de mis pensamientos no fluye ya normalmente bajo el freno de puntos de referencia críticos; se forma, por el contrario, a golpe de atascos emocionales que me tienen durante días y días en un estado como de obsesión psíquica de la cual no consigo liberarme de ninguna manera; aún más, los intentos en este sentido (pues parece que no he perdido aún completamente el equilibrio) aumentan la obsesión hasta el frenesí. Ocurre como si una mano inexperta intentara cortar una hemorragia; con sus actos descompuestos e inseguros aumenta la hemorragia misma. Esto me desanima cada vez más. Pues quiere decir que he perdido toda reactividad racional y que me acerco a una fase en la cual el contenido de mis actos será pura y simplemente majadero (y, a decir verdad, no estoy convencido de que esa fase no haya empezado todavía). En la carta de Giulia me ha descompuesto esa sensación de optimismo que circula por toda ella y que termina en la conclusión. Ya antes me era muy difícil escribir a Giulia; hoy se me ha convertido casi en un imposible. Me repugna hacer teatro con ella y fingir que tengo convicciones con las cuales no cuento ni poco ni mucho. Por eso te pedí tan explícitamente y con toda sinceridad que no mezclaras a Giulia en los intentos que había que hacer para mejorar mi situación, y que no se los comunicaras siquiera. Tú no entendiste que esa conducta era una manera de defender a Giulia, de preservarla, en sus condiciones de salud, de toda excitación y tal vez de toda decepción. Era muy importante también para mí, porque así no se habría dificultado mi correspondencia con ella, mientras que hoy se ha hecho casi imposible. La conducta que consiste en preocuparse sólo del momento inmediato y no del futuro, en suscitar sentimientos de optimismo pasajero y efímero sin pensar que tendrán que o podrán (con la mayor probabilidad) ser destruidos por la férrea realidad, me parece repugnante y sumamente peligrosa. No ya sólo eso, sino que me parece que esa conducta corresponde en quien la sigue a una tal facilonería que ya por sí misma es síntoma de voluntad desordenada y caótica, por la cual, sin prever las dificultades reales de una alternativa, no se las tiene en cuenta ni se hace nada para evitarlas, y, por tanto, se manda todo al fracaso. La bondad desarmada, incauta, inexperta y sin sensatez no es ni siquiera bondad: es ingenuidad estúpida y sólo provoca desastres. Hasta hace algún tiempo yo era, por así decirlo, pesimista con la inteligencia y optimista con la voluntad. O sea, aunque veía lúcidamente todas las condiciones desfavorables y gravemente desfavorables, para cualquier mejoría de mi situación (tanto la general, por lo que hace a mi posición jurídica, cuanto la particular, por lo que hace a mi salud física inmediata), pensaba, de todos modos, que con un esfuerzo racionalmente orientado, realizado con paciencia y con prudencia, sin descuidar nada en la organización de los pocos elementos favorables y en el intento de neutralizar los muchísimos elementos desfavorables, habría sido posible conseguir algún resultado apreciable, por lo menos el de poder vivir físicamente, detener el terrible consumo de energías vitales que progresivamente me está postrando. Hoy ya no pienso así. Eso no quiere decir que haya decidido rendirme. Por así decirlo. Pero significa que no veo ya ninguna salida concreta y que no puedo contar ya con ninguna reserva más de fuerza que poner en obra. El esquema que se me ofrece a la vista es así: Imagínate que he salido de una posición 100, con 100 de fuerza y 100 de peso que soportar. Ocurre una primera crisis: de la posición 100 se cae a la posición 70, con 70 de fuerza y los mismos 100 de peso. Luego viene una reacción: se consigue volver a subir, pero ya no hasta los 100, sino hasta los 90, sólo con 90 de fuerza. Así se sigue de crisis en crisis, con reacciones que cada vez son más difíciles, porque aumenta el peso que hay que soportar, aumenta en sentido absoluto y en sentido relativo, y las fuerzas destruidas no se reconstituyen. Hoy creo que, con gran fatiga, he vuelto a subir hasta una posición 60 (después del 7 de marzo), y quizá soy demasiado optimista, pero estoy convencido de que la próxima vez --y no creo que esté muy lejos (porque el verano me ha debilitado siempre, aunque no hubiera otras condiciones desfavorables)-- el hundimiento será tal que ya no conseguiré evitar una situación de invalidez permanente (por lo demás, ya de esta vez pasada no he recuperado completamente el uso fácil de las manos). Créeme que todas las frases generales del mundo son impotentes para alterar las condiciones de hecho o mi convicción; esas frases generales ya me las sé decir yo mismo, y durante dos años las he pensado y me las he dicho. Ya no sé si por detrás de las frases generales hay una posibilidad de hechos concretos. No veo que haya mucho que hacer ahora ya. Lo que se podía hacer, se ha hecho, pero no se ha hecho bien, ni con la cautela y la precisión que eran necesarias. Esa es mi convicción. ¿Cómo escribir a Giulia? ¿Qué puedo decirle? Créeme que he pensado mucho en ello y no he conseguido descubrir ningún camino. Esto es lo que más me disgusta, que se haya creado esta situación en la cual la correspondencia se hace tan difícil y absurda, mientras que era una de las pocas cosas que aún me tenían en contacto con la vida. He recibido la memoria y la he leído con mucho interés, aunque no tengo gran predisposición para captar los razonamientos de los juristas. No puedo dar ninguna indicación, ni de carácter jurídico ni de otro carácter. Lo único que recuerdo es que en el discurso al Senado sobre la Ley del Tribunal Especial el ministro Rocco negó taxativamente toda eficacia retroactiva de la ley, y por eso me parece rara la objeción del fiscal general. Me parece incluso recordar que Rocco, en el discurso sobre el código o en el informe al rey, sostuvo él mismo que una de las excelencias de la nueva recopilación consistía en el hecho de introducir, con el artículo 305, una figura de delito que no existía en el código de 1889 (fue sin duda en el informe general), dando así una nueva arma de defensa de la personalidad

del Estado (el párrafo correspondiente se encuentra tal vez en la página 98 de la edición del Código por Libreria dello Stato). He recibido el texto del billete de Delio y el dibujo, que no me parece muestra de grandes aptitudes. Te abrazo tiernamente,

Antonio.

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