CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 6-III-1933; L.C. 757-760]

Carissima Tania,

recuerdo aún vivamente (cosa que no siempre me ocurre estos últimos tiempos) una comparación que te hice en la visita del domingo para explicarte lo que está ocurriendo en mí. Voy a repetirla para obtener de ella algunas conclusiones prácticas que me interesan. Te dije más o menos así: imagina un naufragio, y que unas cuantas personas se refugian en una lancha para salvarse, sin saber dónde, cuándo y tras qué peripecias se salvarán efectivamente. Antes del naufragio, como es natural, ninguno de los futuros náufragos pensaba que se convertiría en un... náufrago, y aún menos pensaba, por tanto, en verse obligado a cometer los actos que pueden cometer unos náufragos en ciertas condiciones, por ejemplo, el acto de convertirse en... antropófagos. Cada uno de ellos, si le hubieran preguntado en frío acerca de qué habría hecho, puesto ante la alternativa de morirse de hambre o convertirse en caníbal, habría contestado con la mayor buena fe que, dada la alternativa, preferiría sin duda morir. Ocurre luego el naufragio, el refugiarse en la lancha, etc. Al cabo de algunos días no quedan víveres, y la idea del canibalismo se presenta con otra iluminación, hasta que, llegado cierto momento, algunas de aquellas personas se convierten efectivamente en caníbales. Pero ¿son en realidad las mismas personas? Entre los dos momentos, aquel en el cual la alternativa se presentaba como una pura hipótesis teórica y aquel en el cual la alternativa se presenta con toda la fuerza de la necesidad inmediata, ha ocurrido un proceso de transformación "molecular", aunque rápido, por el cual las personas de antes no son ya las personas de después, ni se puede decir que se trate de las mismas personas, salvo desde el punto de vista del registro civil y de la ley (que son, por otra parte, puntos de vista respetables, con su importancia). Pues bien, como ya te he dicho, a mí me está ocurriendo una transformación así (aparte del canibalismo). Lo más grave es que en estos casos la personalidad se escinde: una parte observa el proceso, y la otra lo sufre, pero la parte observadora (mientras existe la cual existen un autocontrol y la posibilidad de recuperarse) siente la precariedad de su posición, o sea, prevé que llegará un momento en el cual su función se acabará, ya no habrá autocontrol sino que la persona entera quedará tragada por un nuevo "individuo" con impulsos, iniciativas y modos de pensar distintos de los anteriores. Pues bien, yo me encuentro en esta situación. No sé qué quedará de mí una vez terminado el proceso de mutación que siento en desarrollo. La conclusión práctica es ésta: es necesario que durante un tiempo no escriba a nadie, ni siquiera a ti, más que las crudas y desnudas noticias de los hechos de la existencia. La duración de este período puede determinarse a grandes líneas por el tiempo necesario para que se realice la gestión del abogado de la que tanto hemos hablado [124]. Si la gestión termina favorablemente, tanto mejor; habrá, dentro de ciertos límites, un pasado que olvidar (suponiendo que algunas cosas puedan olvidarse, esto es, que no dejen huellas permanentes). Y si termina desfavorablemente, ya se verá lo que hay que hacer. Mientras tanto, ni una palabra que pueda turbar o complicar de algún modo la difícil sucesión de las horas. He recibido una carta de Grazzieta; no tengo ganas de contestarle. Hazme el favor de escribirle tú, contándole como te parezca tu viaje a Turi. También quiero decirte algo a propósito de ciertas indicaciones tuyas en la visita del domingo a propósito de mi carta anterior. No tienes que creer de ninguna manera que yo haya pensado (aunque fuera erróneamente) en reprochar nada a Iulca. En mi actitud respecto de IuIca no hay más que ternura, la cual tal vez haya ido aumentando estos últimos tiempos, y, desde luego, no disminuyendo (digo tal vez sólo porque no sé si podía aumentar). Me disgusta incluso que pueda plantearse y discutirse esa cuestión. También has sido injusta al interpretar mal una alusión de una carta mía (creo que de la carta que han devuelto de Roma a Turi): no he pensado nunca que quisieras engañarme, y en realidad usé la palabra "empacho", que no sólo no tiene relación con la mentira, sino ni siquiera con la reticencia. En realidad yo había pensado que tú, tras anunciarme una carta de Iulca, habías intentado que se me olvidara el anuncio porque en la carta había noticias que podían disgustarme profundamente en aquel momento. Nada más. También por esta razón prefiero no escribir durante algún tiempo más que las noticias desnudas, sin comentarios, juicios, etc. Luego veremos. Quizá es bueno que te diga lo que he pensado: si el abogado, cuando tú le hayas hablado, considera oportuno que me visite el médico, según el permiso obtenido del Ministerio, doy mi consentimiento anticipado; o sea, dejo que el abogado resuelva la cuestión según el criterio de mayor utilidad que le parezca bueno aplicar. Carissima, te abrazo tiernamente,

Antonio.

P. S. --Me dijiste en la visita del domingo que hasta estos últimos días no te han comunicado oficialmente a tu dirección que el Ministerio ha concedido la visita de un médico de confianza. Por si el abogado lo considera útil y se decide la visita, permíteme que te dé algunos consejos: 1) Traer el permiso escrito para el médico, de modo que no surjan dificultades burocráticas en el último momento; 2) Si es cosa acostumbrada, hacer que en ese permiso se precise que el médico puede interrogarme y que yo puedo contestarle (y hablarle) de todas las cuestiones que consideremos necesarias y oportunas. O sea, el médico no debe venir sólo para una consulta personal, para indicarme un método de tratamiento personal, sino que ha de poder informar luego oficialmente a las autoridades superiores acerca de la situación general, en cuanto influye o puede influir en las condiciones de salud de los presos. Este punto me parece fundamental. Comprenderás que tomarse una medicina y someterse a un tratamiento cuando siguen subsistiendo las condiciones que determinan la enfermedad es una burla, y quiere decir gastar inútilmente el dinero. Mi malestar depende precisamente de eso, y a eso se debe la ineficacia de los medicamentos. Tal vez sea "formalmente" demasiado tarde para cambiar las cosas o para obtener que el cambio de las cosas determine un cambio en las condiciones de salud. Pero, de todos modos, sólo eso hace que la visita de un médico resulte comprensible y razonable. Por ello, decidiéndome por una iniciativa, no pueda tampoco separar la decisión de la condición que da racionalidad y utilidad a la iniciativa. Afectuosamente,

Antonio.

124 La reducción de condena ponía jurídicamente a Gramsci en condiciones de reclamar la libertad provisional. El régimen se la negó --y aun empeoró su situación en la cárcel con una temporal incomunicación absoluta--para forzar la petición de gracia, que le interesaba por motivos políticos. Gramsci no presentó petición de gracia, y así se abrió un breve período de forcejeo jurídico, al que alude este paso.

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