CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 4-XI-1932; L.C. 699-701.]

Carissima Tania,

esta misma mañana he recibido tu giro del 11, y te lo agradezco de todo corazón. Estaba preocupado porque tu última tarjeta era del 2; además, en la carta anterior escribías que me ibas a mandar una fotografía, la cual no ha llegado. Otra cosa: durante todos esos días no he recibido correo de nadie. Tampoco he vuelto a recibir las revistas de la librería (tal vez Carlo, con sus tonterías, haya dicho que no me las manden más, creyéndome ya en libertad) [123]. Estaba, pues, muy preocupado, y eso ha robustecido en mí cierto giro de pensamiento y me ha decidido a escribirte sobre ello. No tienes que dejarte desorientar por la apariencia extravagante de lo que voy a escribirte, ni tienes que creerme loco, ligero ni irresponsable. Intentaré justificar mi punto de vista en cuanto me sea posible, pero has de tener en cuenta que dispongo de más argumentos aparte de los que te expondré, aunque, por razones de varia naturaleza, no puedo escribirte en una carta, ni acaso te los dijera de viva voz. Es difícil empezar, pero voy a intentarlo. He aquí: He sabido hace algún tiempo que bastantes mujeres de hombres encarcelados y condenados a penas de mucha duración se han considerado libres de toda vínculo moral y han intentado hacerse una vida nueva. El hecho ha ocurrido (por lo que dicen) por iniciativa individual. Puede juzgarse de modos varios, desde varios puntos de vista. Puede ser condenado, explicado y hasta justificado. Personalmente, y tras haber pensado en ello, yo he terminado por explicarlo y hasta justificarlo. Pero, ¿no estaría aún más justificado si ocurriera por acuerdo bilateral? No quiero decir con eso, naturalmente, que se trate de una cosa fácil, que pueda hacerse sin dolores y sin choques profundamente desgarradores. Pero puede hacerse, incluso en esas condiciones, si uno se convence de que tiene que hacerlo. En el fondo, también se le pone a uno carne de gallina al pensar que en la India las mujeres tenían que morir cuando moría el marido, y no se cae en que ese hecho, aunque en formas de menor violencia inmediata, ocurre también en nuestra civilización. ¿Por qué tiene que quedar siempre ligada una persona a un muerto o casi muerto? Me parece que la gente de la generación madurada moralmente antes de la guerra piensan en estos asuntos con una mentalidad vieja, y que la generación joven, más rápida en sus decisiones y menos gravada por determinados sentimientos, tiene razón. Como digo, la cosa no es sencilla, hace falta un tirón violento, un desgarramiento doloroso, y hay que prever, tras la decisión, un cierto período de remordimientos, arrepentimientos, una oscilación; pero, en el fondo, es posible prever que eso es superable y que se puede construir una vida nueva. Créeme que te expongo el asunto con mucho convencimiento, para que se lo comuniques a Giulia o me aconsejes que se lo comunique yo personalmente. Es una cosa muy seria: he pensado en ella mucho tiempo, tal vez desde el primer día de mi detención, y de maneras distintas: primero en broma, y luego con mayor seriedad y profundidad. También he pensado en que podía parecer un simple gesto, muy romántico. Y que podía parecer una astucia, una especie de coacción sentimental (más o menos: te hago esta oferta para que te sientas aplastada por mi magnanimidad y te veas obligada a rechazarla); he pensado incluso que el procedimiento mejor debe de consistir en poner el proyecto en obra unilateralmente, rompiendo toda relación, creando unilateralmente el hecho consumado. Este último caso me ha atormentado mucho, pero no he sido ni seré nunca capaz de enfrentarme con él. Esta rotura de la relación significaría para Giulia un peso doble, porque perdería toda estimación por mí (lo cual no podría dejar de tener consecuencias para la estimación de sí misma), sin evitar sin más el dolor. El dolor no puede evitarse, pero es posible circunscribirlo, y también se pueden limitar otras consecuencias de carácter moral e intelectual. Es necesario que la iniciativa parta de mí, eso es seguro, y que no nos escondamos las consecuencias necesarias, para hacerle frente con todas las fuerzas de cada uno. Yo creo que Giulia, aunque ya no es ninguna jovencita, puede todavía crearse libremente una fase nueva de la vida. En cualquier caso, y aunque sea violentamente, puede dar una orientación nueva a su existencia. Y así se resolvería toda una serie de cuestiones enlazadas con ésa. Yo volvería a meterme en mi cáscara "sarda". No pretendo decir que no sufriría. Pero cada día que pasa me hace más insensible y más adaptable. Lo podría soportar. Me acostumbraría. Ya he contraído en gran parte la "carcelitis", y estos últimos días me he dado cuenta de que, desde este punto de vista, estoy más maduro de lo que creía. Por otra parte, todavía no he perdido en medida suficiente la sensibilidad como para no poder comprender ciertas cosas. Tal vez dentro de un año haya cambiado completamente y ni tenga ya siquiera la capacidad de sentir lo que hoy siento todavía, sino que habré caído en el egoísmo más grosero y animal. En este problema tú tienes que preceder con una gran fuerza de ánimo, y tienes que ser completamente imparcial. Piensa muy fríamente en lo que te acabo de escribir, sin perder de vista el futuro de Giulia y su vida. No sé qué decidirás. Te advierto que no escribiré a Giulia antes de recibir respuesta tuya. Sé que te cargo una grave responsabilidad, pero estoy seguro de que la puedes soportar. Puedes escribir a Giulia directamente o transmitirle esta carta, íntegramente o en parte,

Antonio.

123 Carlo Gramsci interpretó erróneamente el indulto del "decennale" (décimo aniversario) del fascismo. Gramsci no quedaba indultado sino parcialmente: su pena se reducía a doce años y cuatro meses. El incidente, que agitó a Gramsci, dificultó más las relaciones con su hermano.

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