CARTA A DELIO GRAMSCI

[Cárcel de Turi, 10-X-1932; L.C. 685-686]

Carissimo Delio,

he sabido que has estado en el mar y que has visto cosas hermosísimas. Querría que me escribieras una carta describiéndome esas hermosuras. ¿Has conocido algún ser vivo nuevo para ti? Junto al mar hormiguean muchísimos seres: cangrejillos, medusas, estrellas de mar, etc. Hace mucho tiempo te prometí que te escribiría algunas historias de los animales que conocí de niño, pero luego no he podido. Ahora intentaré contarte alguna: l) Por ejemplo, la historia de la zorra y el potrillo. Parece que la zorra sabe cuándo tiene que nacer un potrillo, y se pone al acecho. Y la yegua sabe que la zorra está al acecho. Por eso, en cuanto nace el potrillo, la madre se pone a galopar alrededor suyo, porque el potro no podría moverse y escaparse si lo asaltara algún animal salvaje. Y, sin embargo, a veces se ven por los caminos de Cerdeña caballos sin cola ni orejas. ¿Por qué? Porque, en cuanto nacen, la zorra consigue de un modo u otro acercarse y comerles la cola y las orejas cuando todavía están muy tiernas. Cuando yo era niño, uno de estos caballos servía a un viejo vendedor de aceite, velas y petróleo, que iba de pueblo en pueblo vendiendo su mercancía (porque en aquellos tiempos no había cooperativas ni otras maneras de distribuir la mercancía), pero los domingos, para que los golfillos no se burlaran de él, el vendedor le ponía al caballo cola y orejas postizas. 2) Ahora te contaré cómo vi a la zorra por vez primera. Fui un día con mis hermanos a un campo de una tía nuestra, en el que había dos encinas grandísimas y algunos árboles frutales; teníamos que recoger las bellotas para dárselas de comer a un cerdito. El campo no estaba lejos del pueblo, pero, de todos modos, estaba desierto y había que bajar hasta el fondo de un valle. Apenas entrados en el campo, mira que bajo un árbol estaba tranquilamente sentada una gran zorra, con su hermosa cola levantada como una bandera. No se asustó nada; nos enseñó los dientes, pero parecía reir, no amenazar. Nosotros estábamos rabiosos porque la zorra no nos tenía miedo; ni pizca. Le tiramos piedras, pero ella se apartaba un poco y luego volvía a mirarnos burlona y cazurra. Nos echamos unos palos a la cara y gritamos todos juntos: ¡pam!, como si fuera un disparo, pero la zorra seguía enseñándonos los dientes sin molestarse gran cosa. De repente se oyó un tiro de verdad, disparado por alguien en los alrededores. Entonces la zorra dio un gran salto y desapareció rápidamente. Todavía me parece verla, enteramente amarilla, corriendo como el rayo por encima de una tapia baja, con la cola levantada, hasta desaparecer en una gran mata. Carissimo Delio, ahora cuéntame tú de tus viajes y de las novedades que hayas visto. Te beso junto con Giuliano y mamá Julca,

Antonio.

http://www.gramsci.org.ar