CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 3-X-1932; L.C. 681-683]

Cara Tatiana,

he recibido tu tarjeta del 29 de septiembre. No me ha satisfecho nada. Hasta hace algún tiempo, esperar cartas y correspondencia era mi mayor alegría. Durante todos estos años tú has sido mi corresponsal más asidua y diligente: siempre estaba seguro de que cada semana al menos habría tenido una postal tuya. Pero ahora casi me da miedo recibir tu correspondencia. Hace algunos meses, y precisamente durante la primera mitad de julio, te escribí una serie de cartas muy breves pidiéndote que no trataras en las tuyas más que de cosas familiares.

Está claro que no has pensado en ello ni has sido capaz de deducir ninguna consecuencia respecto de tu conducta. Pensando estos días en las cosas pasadas, he llegado a la convicción de que cuando Giulia me escribía dos o tres cartas al año, siempre iguales, estereotipadas, y en las que se notaba empacho y esfuerzo, eso no se debía a su enfermedad, sino parcialmente; se debía, sin duda, a una propuesta que tú le habías hecho sobre mí, la cual me deshonraba, pero que ella tenía por fuerza que creer cosa mía. ¿Cómo explicarme de otro modo ciertas sibilinas y recientes expresiones de Giulia, cuando escribe que reconoce haber sido injusta en sus opiniones a mi respecto? Cara Tatiana, yo te quiero mucho y sé que en estos años me has ayudado como nadie a superar las crisis periódicas que la cárcel, agravando mi neurastenia habitual, me ha obligado a atravesar. Pero he de decirte que tu actitud respecto de la vida de estos años, áspera y dura, es la actitud que puede obtenerse de la lectura de la biblioteca rosa de madame de Ségur; eres de un optimismo asombroso, tus hipótesis son siempre lo que te gustaría que ocurriera, has conservado una ingenuidad y una frescura de sentimientos que son admirables y enternecen; también me han enternecido a mí en los años en que tan a menudo charlamos y discutimos juntos, pese a haber creído yo siempre, por las experiencias hechas desde niño, que era inmune a esas "debilidades". Pero a pesar de todo eso, a pesar de que mi ternura por ti no ha cambiado, tengo que pedirte que modifiques completamente nuestras relaciones si es que quieres continuarlas en estas condiciones. No tienes que interesarte ni poco ni mucho a partir de ahora por mi vida en la cárcel, y, por tanto, tienes que modificar tu correspondencia en este sentido, si no quieres interrumpirla del todo. Te ruego que no discutas este deseo mío, porque me vería obligado a rechazar tus cartas y postales. También te ruego que no te enfades por lo que te digo. Si un día pudiéramos volver a vernos en condiciones de igualdad, o sea, estando yo en libertad, creo que te haría llorar; pero no me parece que la hipótesis sea muy probable. Yo sé ya lo que podrías objetarme, y es completamente inútil que me hagas el catálogo de tus buenas intenciones; como dice el refrán, "el camino del infierno está empedrado con buenas intenciones". Por lo demás, no has de creer que yo tenga la intención de suicidarme o de abandonarme como perro muerto al hilo de la corriente. Me dirijo yo mismo desde hace mucho tiempo, ya desde que era niño. He empezado a trabajar cuando tenía once años, ganando mis buenas nueve liras al mes (lo cual significaba un kilo de pan diario) por diez horas de trabajo al día, incluida la mañana del domingo, y pasaba esas horas moviendo libros del registro que pesaban más que yo, y muchas noches lloraba a escondidas porque me dolía todo el cuerpo. Casi nunca he conocido más que el aspecto más brutal de la vida, y he salido siempre adelante, bien o mal. Tampoco mi madre conoce toda mi vida, ni las durezas que he soportado; a ella le recuerdo algunas veces la reducida parte que, con perspectiva, parece ahora llena de alegría y despreocupación. Esos recuerdos le suavizan ahora la vejez porque le permiten olvidar las tragedias mucho más graves y las amarguras mucho más profundas que ella tuvo al mismo tiempo. Si supiera que yo conozco todo lo que conozco y que aquellos hechos me han dejado cicatrices, le envenenaría estos años de su vida, en los que es bueno que olvide y que, viendo la alegre vida de los nietos que la rodean, confunda las perspectivas y crea realmente que las dos épocas de su vida son una y la misma. Cara Tatiana, te abrazo afectuosamente,

Antonio.

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