CARTA A JULIA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 5-IX-1932; L.C. 670-671]

Carissima Iulca,

vuelvo a tomar hoy tu carta del 14 de agosto. Lo que dices de Leonardo da Vinci no me parece justo ni exacto; probablemente no habrás tenido ocasión de ver mucho del Leonardo artista, y aún menos del Leonardo escritor y científico. Pero sin duda es inexacto el juicio que me atribuyes, según el cual "tener amor a un escritor u otro artista no es lo mismo que sentir estimación por él". No he podido escribir nunca semejante... trivialidad; me habría alejado de ello, si no otra cosa, el recuerdo de ciertos trabajos teatrales inspirados por el filisteísmo universal y en los cuales estos temas de la "estimación sin amor" y del "amor sin estimación" han encontrado una serie de aplicaciones a la vida conyugal. Tal vez yo haya distinguido entre el goce estético y el juicio positivo de belleza artística, por un lado, o sea, el estado de ánimo de entusiasmo por la obra de arte como tal, y, por otro, el entusiasmo moral, o sea, la participación en el mundo ideológico del artista, distinción que me parece críticamente justa y necesaria. Puedo admirar estéticamente La guerra y la paz, de Tolstoi, sin compartir la sustancia ideológica del libro; si los dos hechos coincidieran, Tolstoi sería mi vademécum; mi livre de chevet. Lo mismo puede decirse de Shakespeare, Goethe y hasta Dante. No sería exacto decir lo mismo respecto de Leopardi, a pesar de su pesimismo. En Leopardi se encuentra, en efecto, de un modo sumamente dramático, la crisis de transición hacia el hombre moderno; el abandono crítico de las viejas concepciones trascendentales sin que se haya encontrado aún un ubi consistam moral e intelectual nuevo, que dé la misma certeza que lo que se ha abandonado. Por lo que hace a la próxima reanudación de tu actividad, los consejos que puedo darte son muy escasos y genéricos. Pero me parece que pueden ser de cierta utilidad si te decides a seguirlos. Me parece que no se trata de leer tal o cual libro, sino más bien de tener una orientación y proponerse, por tanto, fines determinados. Los fines que tú podrías y deberías proponerte para utilizar una parte nada despreciable de tu anterior actividad serían, en mi opinión, éstos: convertirte en una traductora de italiano cada vez más calificada. Y he aquí qué entiendo por traductora calificada: no sólo la capacidad elemental y primitiva de traducir la prosa de la correspondencia comercial o de otras manifestaciones literarias que puedan resumirse en el tipo de la prosa periodística, sino la capacidad de traducir a cualquier autor, sea literato, político, historiador o filósofo, desde los orígenes de la lengua hasta hoy, y, por tanto, el aprendizaje de los lenguajes especializados y científicos y de las significaciones de los términos técnicos en las diversas épocas. Pero eso no basta: un traductor calificado tendría que ser capaz no sólo de traducir literalmente, sino también de traducir los términos conceptuales de una determinada cultura nacional a los términos de otra cultura nacional; o sea: un traductor así tendría que conocer críticamente dos civilizaciones y ser capaz de dar a conocer la una a la otra utilizando el lenguaje históricamente determinado de la civilización a la que suministra el material informativo. No sé si me he explicado con claridad suficiente. Pero creo que ese trabajo merece el intento, y hasta la dedicación de todas las fuerzas. Añado que me alegraría mucho que te dedicaras a él de un modo sistemático y continuo, para conseguir la calificación máxima, una verdadera especialización. Carissima Iulca, te abrazo tiernamente,

Antonio.

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