CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 4-IV-1932; L.C. 601-602.]

Carissima Tania,

recibí ayer tu carta del 31 de marzo; creí que esta semana no recibiría escritos tuyos, y suponía que no te encontrabas muy bien. He recibido los medicamentos que me has mandado y que, tengo que decírtelo, no me serán de mucha utilidad. Tú has cazado al vuelo una alusión que había en una carta mía y has decidido enseguida mandarme esos seis o siete paquetes de copos de avena, pastas al gluten, etc. ¿Cómo quieres que las use? ¿Y en esa cantidad? Me bastarán, por lo menos, para seis o siete años, o sea, tendrán tiempo sobrado de estropearse, porque, en realidad, podré mandar hacer un poquito cada quince o veinte días. Tampoco tomaré por ahora el "Somatose", porque no lo necesito; pero es posible que me sea útil cuando empiece el calor y tenga menos apetito todavía. En cambio, sí que me será útil aquel extracto con peptona preparado por la sociedad lombarda de la leche condensada: he hecho la prueba de poner en la pasta una punta de cuchara y la ha mejorado mucho. No deseo tabaco, ni macedonia ni de otra clase. Como ya te he escrito, he conseguido disminuir notablemente el consumo de tabaco; he llegado a un paquete de tabaco tipo macedonia cada cinco días, pero, una vez consolidada esta conquista, intentaré seguir disminuyendo progresivamente. Tampoco me sirve para nada el café sin cafeína: no puedo utilizarlo. A veces se consigue agua caliente, pero sólo adecuada para lavarse los pies; no es potable, porque ha servido antes para calentar grandes calderas al baño-maría, y no, desde luego, en ebullición, sino sólo a 60-70 grados. Como te he dicho otras veces, tú te lanzas a fantasear con mucha facilidad. Siento con mucho dolor la muerte de Giacomo [121]; nuestra amistad era mucho mayor y más intensa de lo que tú has tenido ocasión de comprobar, porque Giacomo era exteriormente poco expansivo y de pocas palabras. Era, de verdad, un hombre de los que hay pocos, aunque en los últimos tiempos hubiera cambiado mucho y se encontrara increíblemente desgastado. Cuando le conocí, en la posguerra, era de una fuerza hercúlea (había sido sargento de artillería de montaña y era capaz de acarrear a hombros piezas de cañón de gran peso). Y, sin embargo, era de una increíble sensibilidad sentimental, que llegaba a tener puntas melodramáticas, pero sinceras, sin pose. Se sabía de memoria una gran cantidad de versos, pero todos de esa literatura romántica inferior que tanto gusta al pueblo (del tipo de los libretos de ópera, escritos por regla general en un estilo barroco curiosísimo, con dulzonerías patéticas repulsivas, pero que gustan sorprendentemente) y le gustaba recitarlos, aunque se ponía encarnado como un niño sorprendido en alguna pillería cada vez que yo me deslizaba entre el público para escucharle. Este recuerdo es el rasgo más vivo de su carácter que siempre me viene, insistentemente, a la memoria: aquel hombre gigantesco recitando con sincera pasión versos de mal gusto, pero que expresan pasiones elementales robustas e impetuosas, y que se interrumpe y se pone colorado cuando le oye un "intelectual", aunque sea amigo suyo.

Te abrazo,

Antonio.

121 El obrero de Turin Giacomo Bernolfo, que en la época de L.O.N. se encargaba de la protección física de Gramsci.

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