El arte educador. «El arte es educador en cuanto es arte, pero no en cuanto ‘arte educador’, porque en este caso no es nada, y la nada no puede educar. Sin duda parece que todos estemos de acuerdo en desear un arte que se parezca al del Risorgimento y no, por ejemplo, al del período dannunziano; pero en verdad, si bien se considera, ese deseo no contiene el de un arte en vez de otro, sino el de una realidad moral en vez de otra. Del mismo modo, el que desea que un espejo refleje una persona hermosa y no una fea, no desea un espejo distinto del que tiene delante, sino una persona distinta» *.

* Croce, Cultura e vita morale, págs. 169-170, cap. «Fede e programmi», de 1911.

«Cuando se ha formado una obra de poesía o un ciclo de obras poéticas, es imposible continuar ese ciclo mediante el esfuerzo y la imitación y mediante la variación de esas obras: por esa vía no se obtiene más que lo que suele llamarse escuela poética, el servum pecus de los epígonos. La poesía no engendra poesía; no se produce la partenogénesis; hace falta que intervenga el elemento masculino, lo que es real, pasional, práctico, moral. Los más altos críticos literarios advierten en este caso que no hay que recurrir a recetas literarias, sino, como ellos dicen, ‘volver a hacer el hombre’. Vuelto a hacer el hombre, refrescado el espíritu, surgida una vida nueva de afectos, de ella nacerá, sí nace, una poesía nueva» *.

* Croce, Op. cit., págs. 241-242, cap. «Troppa filosofia», de 1922.

Esa observación puede ser asimilada por el materialismo histórico. La literatura no engendra literatura, etc., o sea, las ideologías no crean ideologías, las superestructuras no engendran superestructuras sino como herencia de inercia y pasividad: nacen no por «partenogénesis», sino por la intervención del elemento «masculino», la historia, la actividad revolucionaría que crea el «hombre nuevo», es decir, crea nuevas relaciones sociales.

De eso se deduce también lo que sigue: que el «hombre» viejo, por ese cambio, se convierte él también en «nuevo», puesto que entra en nuevas relaciones una vez invertidas las anteriores. A lo cual se debe el que, antes de que el «hombre nuevo» producido positivamente haya dado poesía, se puede asistir al «canto del cisne» del hombre viejo renovado negativamente, y a menudo este canto del cisne es de esplendor admirable; lo nuevo se une en él a lo viejo, las pasiones se encienden de un modo incomparable, etc. (¿No es acaso la Divina Commedia algo así como el canto de cisne medieval, que anticipa al mismo tiempo los tiempos nuevos y la nueva historia?) (C. VIII; L.V.N. 10-11.)

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