La primera comunión. Una de las medidas más importantes arbitradas por la Iglesia para reforzar su formación en los tiempos modernos es la obligación impuesta a las familias de que los niños hagan la primera comunión a los siete años. Se comprende el efecto síquico que ha de tener en un niño de siete años el aparato ceremonial de la primera comunión, tanto como acontecimiento familiar individual cuanto como acontecimiento colectivo, y se comprende también qué fuente de terror puede dar de sí y, por tanto, de vinculación a la Iglesia. Se trata de "comprometer" el espíritu infantil en cuanto que empieza a reflexionar. Por eso se entiende la resistencia que la medida ha encontrado en las familias, preocupadas por los deletéreos efectos que puede tener en el espíritu infantil ese misticismo precoz; también se comprende la lucha de la Iglesia por vencer esa resistencia. (Recordar, del Piccolo mondo antico, de Fogazzaro, la lucha entre Franco Maironi y su mujer cuando se trata de llevar a la niña en barca, en una noche de tormenta, a la misa del gallo: Franco Maironi quiere crear en la niña "recuerdos" imborrables, "impresiones" decisivas; su mujer no quiere turbar el desarrollo normal del espíritu de su hija, etc.).

La medida fue decretada por Pío X en 1910. En 1928 el editor Pustet, de Roma, ha vuelto a publicar el decreto con un prólogo del cardenal Gasparri y un comentario de monseñor Jorio, dando pie a una nueva campaña de prensa. (C. IX, M. 241-242.)

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