Política y diplomacia. Cavour, anécdota referida por Ferdinando Martini, Confessioni e ricordi, 1859-1892 (ed. Treves, 1928), págs. 150-151. Para Crispi [114], Cavour no tenía que ser considerado como un elemento de primera línea en la historia del Risorgimiento: sólo había que considerar tales a Vittorio Emanuele, Garibaldi y Mazzini. "¿Cavour? ¿Qué hizo Cavour? Nada, sino diplomatizar la revolución... ". Martini acota: "No me atreví a decirle, pero pensé: Usted perdone, ¿y eso es poco?" Me parece que Crispi y Martini siguen en eso dos distintas vías de pensamiento. Crispi se refiere a los elementos activos, a los "creadores" del movimiento nacional-revolucionario, o sea, a los políticos propiamente dichos. Por tanto, la diplomacia es para él una actividad subalterna y subordinada: el diplomático no crea nuevos nexos históricos, sino que se esfuerza por obtener sanción para los creados por el político; no se puede comparar a Talleyrand con Napoleón.

114 Francesco Crispi, 1818-1901, abogado, periodista y político siciliano. Miembro del gobierno provisional antiborbónico en Sicilia cuando la Revolución de 1848. Varios años de destierro por sus tendencias republicanas. Inspirador de la expedición de los garibaldinos a Sicilia y secretario de Estado del gobierno garibaldino de la isla (1860).. En este momento Crispi es todavía federalista y no abiertamente monárquico. Luego, ya diputado en el Parlamento italiano, evoluciona hacia la derecha, hasta el punto de impulsar la campaña imperialista de Eritrea (1890), a la que primero se había opuesto bajo el gobierno Depretis, que la inició. Durante un posterior gobierno (1893) Crispi dirigió la represión contra los anarquistas. Dificultades con el Vaticano y las derrotas sufridas en la guerra colonialista determinaron el final de su carrera política en 1896.

En realidad, Crispi se equivoca, pero no por lo que Martini cree. Cavour no fue sólo un diplomático, sino que fue, e incluso esencialmente, un político "creador", sólo que su modo de "crear" no era de revolucionario, sino de conservador: y, en última instancia, no triunfó el programa de Mazzini y Garibaldi, sino el de Cavour, y no se comprende por qué Crispi pone juntos a Vittorio Emanuele, Mazzini y Cavour; Vittorio Emanuele está del lado de Cavour, y Cavour domina a Garibaldi y a Mazzini a través de Vittorio Emanuele. Es verdad que Crispi no habría podido aceptar este análisis, a causa del "afecto que al intelecto liga"; su pasión sectaria estaba aún viva, como quedó siempre viva en él, pese al cambio radical de sus posiciones políticas. Por otra parte, tampoco Martini habría admitido nunca (al menos en público) que Cavour fue esencialmente un "bombero", o, por así decirlo, un "termidoriano preventivo", porque ni Mazzini, ni Garibaldi, ni Crispi mismo tenían la madera de los jacobinos del Comité de Salud Pública. Como he observado en otro lugar, Crispi era un temperamento jacobino, pero no un "jacobino político-económico", o sea, que no tenía un programa cuyo contenido pudiera compararse con el de los jacobinos, ni tampoco tenía la feroz intransigencia de éstos.

Además: ¿se daba en Italia alguna de las condiciones necesarias para un movimiento como el de los jacobinos franceses? Francia era una nación hegemónica desde hacía muchos siglos; su autonomía internacional era muy amplia. Nada parecido en el caso de Italia: Italia no tenía ninguna autonomía internacional. Se comprende que en esas especiales condiciones la diplomacia fuera concretamente superior a la política creadora, o que fuera la "única política creadora". El problema no estribaba en suscitar una nación que tuviera el primado en Europa y en el mundo, ni un Estado unitario que arrebatara a Francia la iniciativa civil, sino en zurcir un Estado unitario como fuera. Por eso los grandes programas de Gioberti y de Mazzini tuvieron que ceder ante el realismo político y el empirismo de Cavour. Esa falta de "autonomía internacional" es la razón que explica gran parte de la historia italiana, y no sólo de la de sus clases burguesas. Así se explica también el porqué de muchas victorias diplomáticas italianas a pesar de la relativa debilidad político-militar; no es la diplomacia italiana como tal la que vence, sino que se trata de un saber obtener beneficio del equilibrio de las fuerzas internacionales: es una habilidad subalterna, pero fructífera. Italia no es fuerte por sí misma, pero ningún sistema internacional conseguiría ser el más fuerte prescindiendo de Italia.

A propósito del jacobinismo de Crispi, resulta también interesante el capítulo Guerra di successione, del mismo libro de Martini (págs. 209-224, especialmente 224). A la muerte de Depretis, los del norte no querían que le sucediera el siciliano Crispi. Ya presidente del Consejo, Crispi se desahoga con Martini, proclama su unitarismo, etc., afirma que ya no hay regionalismos, etc. Este parece ser un talento positivo de Crispi, pero mi opinión es precisamente la contraria. La debilidad de Crispi consistió precisamente en aliarse íntimamente con el grupo septentrional, sometiéndose a la coacción de éste y sacrificando constantemente el sur, o sea, los campesinos, sin atreverse, como se atrevieron los jacobinos, a posponer los intereses corporativos del pequeño grupo dirigente inmediato a los intereses históricos de la clase futura despertando las energías latentes con una reforma agraria. También Crispi es un termidoriano preventivo, o sea, un termidoriano que no toma el poder cuando las fuerzas latentes se han puesto ya en movimiento, sino que lo toma para impedir que esas fuerzas se desencadenen: en la Revolución francesa habría sido un termidoriano anticipado, etc.

Habrá que examinar atentamente si en el período del Risorgimento apareció al menos algún atisbo de programa en el cual la unidad de la estructura económico-social italiana se viera de ese modo concreto; tengo la impresión de que, al cabo, sólo Cavour tuvo una concepción así, o sea, que en el cuadro de la política nacional situó como factor primario las clases agrarias meridionales: clases agrarias, naturalmente, no a los campesinos, sino un bloque agrario dirigido por los grandes propietarios y los grandes intelectuales. Por eso habrá que estudiar el volumen especial de la correspondencia cavouriana dedicada a la Cuestión meridional. (Otra cosa que estudiar a este respecto: Giuseppe Ferrari antes y después de 1860; después del 60, los discursos parlamentarios sobre el Sur.).. (C. VIII; R. 149-151.)

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