CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 7-IX-1931; L. C. 479-482]

Carissima Tatiana,

he sabido por Carlo que le has escrito una carta sobre mi indisposición en la que mostrabas estar muy impresionada; también el doctor Cisternini me ha dicho que ha recibido una carta en la cual te muestras impresionadísima. La cosa me disgusta, porque me parece que no hay motivo para impresionarse. Has de saber que yo ya he muerto una vez, y luego he resucitado, lo que prueba que siempre he sido de pellejo correoso. Cuando era niño, a los cuatro años, tuve unas hemorragias, acompañadas por convulsiones, que duraron tres días seguidos y me dejaron completamente desangrado. El médico me daba por muerto y mi madre ha conservado hasta casi 1914 el pequeño ataúd y el vestidito especial que tenían que servir para enterrarme; una tía sostenía que resucité al ungirme ella los pies con el aceite de una lámpara dedicada a cierta virgen, y por eso cuando yo me negaba a realizar los actos religiosos me regañaba ásperamente, recordándome que debía la vida a la virgen, cosa que, a decir verdad, no me impresionaba mucho. Desde entonces, y aunque nunca haya sido muy fuerte, no he vuelto a temer ninguna enfermedad grave, salvo los agotamientos nerviosos y las dispepsias. No me he enfadado con tu carta archicientífica, porque sólo me ha hecho gracia y me ha recordado una novela francesa que no te cuento para que tú no te enfades de verdad. Siempre he respetado a los médicos y la medicina, aunque todavía respeto más a los veterinarios, que curan a los animales, los cuales no hablan ni pueden describir los síntomas de su mal; eso les obliga a ser muy cuidadosos (los animales cuestan dinero, mientras que los hombres no cuestan nada, y una parte de los hombres son valores negativos); los médicos, en cambio, no siempre tienen en cuenta que la lengua les sirva a los hombres también para decir mentiras o, por lo menos, para expresar impresiones falaces. En resolución, me he repuesto bastante (a propósito, no me quedé en la cama nunca ni media hora más que de costumbre, y siempre he salido a la hora de paseo); la media de la fiebre ha bajado, y ya alcanza más raramente 37,2. No hay duda de que está relacionada con la digestión (al menos empíricamente, no sé si científicamente). Por ejemplo, desde hace algunos días me como por la mañana 200 ó 300 gramos de uva; pues bien, si al levantarme tengo 36,2, una vez comida la uva la temperatura sube en seguida a 36,9. Mi impresión es que estoy mucho mejor y que me repondré muy pronto. Querría contestar algo a tu carta del 28 de agosto, en la que aludes a mi trabajo sobre los "intelectuales italianos". Se comprende que has hablado con Piero [105, Sraffa], porque algunas cosas no puede habértelas dicho sino él. Pero la situación era diferente. En diez años de periodismo he escrito lo suficiente para poder reunir 15 ó 20 volúmenes de 400 páginas, pero estaban escritos al día y, en mi opinión, tenían que morir al ponerse el sol. Siempre me negué a reunirlos aunque fuera con limitaciones. El profesor Cosmo quería en 1918 que le permitiera hacer una selección de unos editoriales que escribía diariamente en un periódico de Turín [106, En la edición piamontesa del Avanti!]; quería publicarlos con un prólogo muy benévolo y muy honroso para mí, pero no se lo permití. En noviembre de 1920 me dejé convencer por Giuseppe Prezzolini para que permitiera publicar por su editorial una serie de artículos que en realidad había escrito ya según un plan orgánico; pero en enero de 1921 preferí pagar los gastos de una parte de la composición ya hecha y retiré el manuscrito. Todavía en 1924 el diputado Franco Ciarlantini me propuso escribir un libro sobre el movimiento del Ordine Nuovo que él iba a publicar en una colección en la que ya había publicado libros de Mac Donald, Gomperz, etc.; se comprometía a no tocar ni una coma y a no poner a mi libro ningún prólogo ni acotación polémica. Era muy atractivo el publicar en esas condiciones un libro en una editorial fascista; pero lo rechacé; hoy pienso que quizá hubiera sido más acertado aceptar. Para Piero la cuestión era distinta; cada escrito suyo de ciencia económica era muy apreciado y daba origen a largas discusiones en las revistas especializadas. He leído en un artículo del senador Einaudi que Piero está preparando una edición crítica del economista inglés David Ricardo [107]; Einaudi alaba mucho la iniciativa y también a mí me alegra mucho. Espero poder leer corrientemente el inglés cuando salga esa edición, y leer el texto de Ricardo en original. El estudio que he hecho sobre los intelectuales es muy amplio como proyecto, y en realidad no creo que existan en Italia libros sobre el tema. Existe, sin duda, mucho material erudito, pero disperso por un número infinito de revistas y archivos históricos locales. Por lo demás, yo amplío mucho la noción de intelectual, y no me limito a la noción corriente, que se refiere a los grandes intelectuales. Ese estudio me lleva también a ciertas determinaciones del concepto de Estado, que generalmente se entiende como sociedad política (o dictadura, o aparato coactivo para configurar la masa popular según el tipo de producción y la economía de un momento dado), y no como un equilibrio de la sociedad política con la sociedad civil (o hegemonía de un grupo social sobre la entera sociedad nacional, ejercida a través de las organizaciones que suelen considerarse privadas, como la iglesia, los sindicatos, las escuelas, etc.), y los intelectuales operan especialmente en la sociedad civil (Ben. Croce, por ejemplo, es una especie de papa laico, un instrumento eficacísimo de hegemonía, aunque, según las ocasiones, pueda encontrarse en choque con tal o cual gobierno, etc.). Esa concepción de la función de los intelectuales ilumina en mi opinión la razón, o una de las razones, de la caída de los municipios medievales, o sea, del gobierno de una clase económica que no supo crearse su categoría propia de intelectuales ni, por tanto, ejercer una hegemonía además de una dictadura; los intelectuales italianos no tenían un carácter popular-nacional, sino cosmopolita, según el modelo de la Iglesia, y para Leonardo era indiferente el vender los planos del proyecto de fortificación de Florencia al duque Valentino. Los municipios fueron, pues, un Estado sindicalista que no consiguió superar esa fase y convertirse en Estado integral, como lo indicaba en vano Maquiavelo, el cual, a través de la organización del ejército, quería organizar la hegemonía de la ciudad sobre el campo y merece por eso el nombre de primer jacobino italiano (el segundo ha sido Carlo Cattaneo, pero con demasiadas quimeras en la cabeza). A ese desarrollo se debe el que el Renacimiento tenga que considerarse como un movimiento reaccionario y represivo respecto del desarrollo de los municipios, etc. Te hago estas alusiones para convencerte de que todo período de la historia ocurrida en Italia desde el Imperio romano hasta el Risorgimento tiene que considerarse desde dicho punto de vista monográfico. Por lo demás, si tengo ganas y me lo permiten las autoridades superiores, haré un esbozo de la materia, que no podrá ocupar menos de 50 páginas, y te lo mandaré; porque desde luego que me alegraría mucho disponer de libros que me ayudaran en este trabajo y me excitaran a pensar. En una de mis próximas cartas te resumiré también la materia de un ensayo acerca del canto décimo del Inferno dantesco, para que lo transmitas al profesor Cosmo, el cual, como especialista en dantería, me sabrá decir si he hecho un descubrimiento falso o si realmente vale la pena redactar una aportación, una migaja que añadir a los millones y millones de notas que así han sido ya escritas. No creas que no sigo estudiando, o que esté desanimado porque a partir de cierto punto ya no puedo llevar adelante mis investigaciones. No he perdido aún una cierta capacidad inventiva, en el sentido de que cualquier cosa importante que lea me excita a pensar: ¿cómo podría construir un artículo acerca de este tema? Imagino un arranque y un final picante, junto con una serie de argumentaciones a mi juicio irresistibles como puñetazos en el ojo, y así me río de mí mismo. Como es natural, luego no escribo esas diabluras, me limito a escribir sobre temas filológicos y filosóficos, de ésos de los cuales escribió Heine: eran tan aburridos que me dormí, pero el aburrimiento fue tanto que me desperté. Te abrazo tiernamente,

Antonio.

107 The Works and Correspondence of David Ricardo, Cambridge University Press, 1951 y sigs.

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