CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 17-VIII-1931; L. C. 464-467]

Carissima Tatiana,

te he indicado la última vez que he tenido cierta indisposición que me atormentaba. Hoy quiero describírtela lo más objetivamente que me sea posible y con todos los detalles que me parezcan esenciales. Empezó así: a la una de la mañana del 3 de agosto, precisamente hace quince días, tuve de repente un vómito de sangre. No se trató de una hemorragia continua propiamente tal, de un fluir irresistible como lo he oído describir a otros; sentía un burbujeo al respirar, como cuando se tiene catarro, luego venía un golpe de tos y la boca se me llenaba de sangre. La tos no era violenta, ni siquiera fuerte: como la tos que se produce cuando se tiene algo en la garganta, a golpes aislados, sin accesos continuos y sin espasmos. La cosa duró hasta las cuatro aproximadamente, y en ese tiempo eché unos 250-300 gramos de sangre. Luego ya no me vinieron más tragos de sangre, sino tos intermitente, con coágulos de sangre. El médico, doctor Cisternini, me recetó "cloruro de calcio con adrenalina al 1 por 1.000" y dijo que observaría el proceso de la enfermedad. El miércoles, 5 de agosto, me auscultó y excluyó que se tratara de una afección bronquial; emitió la hipótesis de que la fiebre que había empezado ya fuera de origen intestinal. El catarro con coágulos de sangre (no muy abundante ni frecuente) me ha durado hasta hace algunos días; luego los coágulos han desaparecido completamente; aunque a veces he tenido algún acceso de tos relativamente fuerte, no he esputado nada; se trataba, por tanto, de una tos nerviosa accidental [104]. He tenido un síntoma que me parece que hace plausible el origen intestinal de la fiebre: hacia el 5 ó 6 de agosto he tenido una erupción cutánea; el antebrazo izquierdo estaba completamente cubierto de pequeños granos rojos, igual que el cuello y la parte izquierda del pecho, aunque menos; nada en el brazo derecho. La fiebre tiene un decurso irregular y a saltos. A las seis de la mañana la temperatura es de 36,5-36,4 (una mañana, 36,1), aumenta hasta 37,4 hacia las once y media, vuelve a 36,7 hacia las dos de la tarde y vuelve a subir a 37,4 hacia las seis o las siete. La temperatura no ha pasado nunca los 37,4. Desde hace dos días la fiebre sigue durante las primeras horas de la noche, hasta medianoche, y no me deja dormir: me he tomado la temperatura ayer a las once de la noche y era de 37,4. Me dormí un poco a medianoche y esta mañana a las seis la temperatura era de 36,4. Antes del vómito de sangre lo había pasado excepcionalmente mal por el calor de esta estación, y había sudado también excepcionalmente, sobre todo por la noche. El gran sudar nocturno ha durado hasta hace unos cinco-seis días, y luego desapareció; me ha vuelto, pero menos intensamente, las dos noches que he tenido fiebre. Creo que con eso te he dado todas las informaciones esenciales. He de añadir que no me he debilitado de manera notable, y que no he tenido ningún contragolpe síquico. Mientras esputé los coágulos de sangre tuve siempre en la boca una impresión repulsiva y dulzona, y cada vez que tosía me parecía que iba a repetirse la sangre de la primera vez; pero hoy (desde que he dejado de echar los coágulos) ha desaparecido también esta impresión, y por eso no creo que fuera puramente síquica. Ahora puedes darme todos los consejos que te parezcan oportunos. Como ves, no hay nada preocupante, aunque, como dice el médico, hay que "vigilarlo".

104 Esta carta, enigmática a ratos, sugiere por ciertos matices que Gramsci empezara a comprender que el médico del penal, Cisternino (no Cisternini), estaba asesinándole. Por otra parte, el aferrarse a peregrinas explicaciones disimuladoras de la tuberculosis sugiere que esa ancestral reacción de los hombres de clases y países pobres ante dicha enfermedad ha ayudado a Cisternino en su asesinato. En cuanto a éste, Zucàro (Vita del Carcere di Antonio Gramsci, Milano-Roma, 1954) ha escrito, tras una entrevista con Cisternino y sin que éste lo haya desmentido: "El doctor Cisternino le abandona [a Gramsci], y hasta le dice en una ocasión que, como fascista que es, lo único que desearía es su muerte [de Gramsci]".

He leído con mucho interés la carta del profesor Cosmo que me has transcrito. Mi impresión es muy compleja. Sentiría mucho que el profesor Cosmo hubiera podido sospechar siquiera vagamente que yo haya expresado a su respecto un juicio que ponga en duda su rectitud, su dignidad de carácter y su sentido del deber. En las últimas páginas de la Vita di Dante parece que el escritor mismo sea un católico fervoroso. Yo había relacionado esa impresión con el hecho de que Cosmo, junto con Gerosa, ha compuesto una antología de escritores latinos de los primeros siglos de la Iglesia para una editorial católica, y había pensado que Cosmo se había convertido. Pero no pensé que esa conversión pudiera ser "oportunista", ni menos venal, como desgraciadamente ha ocurrido con muchos grandes intelectuales; el mismo catolicismo fervoroso de Cerosa, como recuerdo perfectamente, tenía más nervio jansenista que jesuítico. De todos modos, la cosa me disgustó. Cuando yo era alumno de Cosmo no estaba de acuerdo con él en muchas cosas, como es natural, aunque por entonces no había precisado mi posición, y eso aparte del afecto que me ligaba a él. Pero me parecía que tanto yo como Cosmo, como muchos otros intelectuales de la época (puede decirse que de los primeros quince años del siglo), nos encontrábamos en un terreno común que era el siguiente: participábamos total o parcialmente del movimiento de reforma moral e intelectual promovido en Italia por Benedetto Croce, cuyo primer punto era éste: que el hombre moderno puede y debe vivir sin religión, y se entiende sin religión revelada o positiva o mitológica o como quiera decirse. Este punto me sigue pareciendo hoy la mayor aportación a la cultura mundial dada por los intelectuales italianos modernos, una conquista civil que no debe perderse, y por eso me disgustó aquel tono un poco apologético y me entraron aquellas dudas. Ahora sentiría que el viejo profesor se hubiera adolorado por causa mía, entre otras cosas porque su carta parece indicar que ha estado gravemente enfermo. A pesar de todo, espero poder volver a verle y emprender con él alguna de aquellas largas discusiones que teníamos de vez en cuando durante los años de la guerra, paseando de noche por las calles de Turín.

Carissima, he recibido el reglamento de las cárceles, y haré las gestiones necesarias para poder leer uno o varios periódicos políticos, si eso se concede y según se conceda. Si sólo conceden un periódico, me parece que la elección tiene que recaer en el Corriere della Sera. Si conceden más de uno, escogeré La Stampa y un periódico sindical, Il Lavoro, de Génova, o el Lavoro Fascista, de Roma, además del Corriere. No sé cómo estarán redactados ahora los periódicos ni cuáles son las características peculiares de cada uno. Imagino que los periódicos romanos seguirán siendo los peores, como en el pasado. He recibido las fotografías de Anna hace un rato. Me parece que está mucho mejor que la última vez que la vi, en septiembre u octubre de 1923; me parece recordar que entonces estaba muy delgada. No creas que me privo de cosas que podría comprar en la cantina; la realidad es que no hay mercancía que comprar. Este año han vendido fruta muy pocas veces, y siempre la he comprado; ya hace mucho tiempo que no venden queso fresco. La tienda no tiene más que géneros que yo no puedo comer, precisamente por mis dificultades gástricas; el médico me ha dicho que ni siquiera puedo comer jamón. Me atengo tajantemente a las prescripciones del médico, pero incluso sin comer más que arroz hervido con mantequilla, leche y huevos no consigo tener el intestino en orden. He recibido cartas de Ghilarza; todos han estado enfermos de malaria. ¿Cómo has podido pensar que yo me refería a mi madre al escribir que muchos se habían acostumbrado a la idea de que estoy en la cárcel? Mi madre no puede escribirme con su mano, y supongo que eso le disgusta mucho. Una sobrina mía me escribe que mi madre está desesperada porque Carlo no le escribe tampoco a ella; realmente habría que tirar a Carlo de las orejas y conseguir que cambiara de sistema. Te abrazo tiernamente,

Antonio.

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