CARTA A JULIA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 18-V-1931; L.C. 436-437]

Carissima Giulia,

he recibido tu carta del 8 de mayo. Hace unos días recibí también una carta tuya de julio de 1930, aquella en la que hablas de la lengua "delia" (no sé si la recordarás ya). Tu última carta me ha alegrado mucho. Sin duda, se comprende en seguida al leerla que estás muy cambiada, que eres más fuerte y más "ordenada". Muchas cartas tuyas anteriores olían a esfuerzo, había en ellas algo de empacho (aunque quizá no sea ésta la palabra adecuada), y, además (he de decirlo aunque te rías), estaban llenas de faltas y de retorcimientos de la lengua italiana, lo cual demostraba cierta oscuridad en la concepción y la ideación y una notable debilidad de la memoria. Esta carta, en cambio, es verdaderamente límpida... y no tiene ni una falta. En este caso, pues, queda satisfecho no sólo mi sentido... gramatical, sino también mi sentido "antonio". Creo realmente que no te asombrará el que te... revele que examino tus cartas incluso desde el punto de vista gramatical; en cualquier caso, eso significa que también la gramática es una fracción de la vida. Pero he de decir lo que me ocurre especialmente desde hace unos años, o sea, desde que intento obtener de tus pocas cartas todo el jugo posible, analizándolas desde todos los puntos de vista: eran cartas muy breves, y en gran parte se repetían. Me daba la impresión de que te costaba un gran esfuerzo el escribirme, y de que quizá hubiera sido mejor proponerte que no me escribieras más, para evitarte una pena fatigosa (las noticias acerca de tu salud me han llegado con cuentagotas, y creo que todavía hoy no sé exactamente hasta qué punto has estado enferma, ni menos el diagnóstico que hayan hecho los médicos; por tu carta parece que se ha hablado incluso de epilepsia, lo cual es sorprendente y muestra sólo, en mi opinión, un exceso de sutileza científica). Me parece que esta carta tuya abre un período nuevo en nuestras relaciones, lo cual me alegra mucho, porque tengo que confesarte que había empezado ya a "hacerme un ovillo" por mi cuenta y estaba haciéndome más hirsuto que un puercoespín. Ahora me ayudarás tú a salir un poco a flote. Pero quizá ocurra automáticamente. Es verdad que desde hace algún tiempo me sentía muy deprimido a fuerza de rumiar tantos pequeños episodios del pasado. Porque no es verdad que sólo tú fueras pasiva. Recuerdo, por ejemplo, que una vez tuvimos casi una escena de la "terrible señora Ciccone", como decía Delio, cosa que yo había previsto. Tú dijiste entonces que, puesto que yo la había previsto, habría debido imponerme a tu criterio, cosa que te habría gustado o algo parecido; en resumidas cuentas, querías decir que no era justo que en ciertos casos (cuando yo sabía que tenía razón) no te manifestara mi voluntad. Recuerdo que esas afirmaciones tuyas me impresionaron mucho (pero ya eran los últimos días de tu estancia en Roma) y me dieron que pensar. Eso significaba precisamente que el llamado respeto de los demás es a veces una forma de "esteticismo", por decirlo así, o sea, que a veces el otro se convierte en un "objeto" precisamente cuando más se cree haber respetado su subjetividad. En conclusión: el mundo es grande y terrible y complicado, y nosotros dos nos estamos haciendo de una sabiduría que llegará a ser proverbial. Yo por lo menos creo ser ya más sabio que Laotsé, que al nacer tenía el saber y la compostura de un hombre de ochenta años; creo que me he olvidado completamente de tirar piedras y de cazar lagartijas. Y Delio y Giuliano, ¿saben tirar piedras lejos y hacerlas zumbar y rebotar cuatro o cinco veces en el agua? Siento no haber podido enseñarles todas esas habilidades y algunas otras más. Creo que desde este punto de vista están creciendo un poco a lo niña.

Te abrazo tiernamente,

Antonio.

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