CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 19-V-1930; L. C. 344-346]

Carissima Tatiana,

he recibido tus cartas y tarjetas. De nuevo me ha hecho sonreír la curiosa idea que tienes de mi situación en la cárcel. No sé si has leído la obra de Hegel, el cual ha escrito que "el delincuente tiene derecho a su pena". Tú me imaginas, más o menos, como un individuo que reivindica insistentemente el derecho de sufrir, de ser martirizado, de que no le defrauden ni de un segundo o un matiz de su pena. Yo sería un nuevo Gandhi que quiere dar testimonio ante los cielos y los infiernos de los tormentos del pueblo indio, un nuevo Jeremías o Elías o no sé qué otro profeta de Israel que salía a la plaza a comer cosas inmundas para ofrecerse en holocausto al dios de la venganza, etcétera. No sé cómo te has hecho esa idea, que es muy ingenua por lo que respecta a ti misma y bastante injusta por lo que respecta a mí: injusta y desconsiderada. Te he dicho que soy eminentemente práctico; creo que no entiendes lo que quiero decir con esa expresión porque no haces ningún esfuerzo por ponerte en mi situación (y probablemente, por tanto, te pareceré un comediante o vete a saber). Mi practicidad consiste en esto: en saber que cuando uno se da de cabezadas con el muro, lo que se rompe es la cabeza, no el muro. Muy elemental, como ves, y, sin embargo, muy difícil de entender para el que no ha tenido que pensar nunca en la posibilidad de darse de cabezadas contra la pared, sino que ha oído decir que basta con exclamar ¡Sésamo, ábrete! para que se abra el muro. Tu actitud es inconscientemente cruel: estás viendo a un hombre atado (o verdaderamente no lo ves atado y no sabes representarte las ataduras) que no quiere moverse porque no puede moverse. Y tú piensas que no se mueve porque no quiere (sin ver que, por haber querido moverse, las ataduras le han roto ya las carnes), y entonces, venga a excitarle con pinchazos de fuego. ¿Qué vas a sacar? Que se retuerza, y que a las ataduras que ya lo desangran se añadan las quemaduras. Este cuadro horripilante de novela por entregas sobre la Inquisición española no te persuadirá, seguramente, y seguirás adelante; y como los pinchazos de fuego son también puramente metafóricos, ocurrirá que yo seguiré con mi "práctica" de no hundir paredes a cabezadas (la cabeza me duele ya bastante sin tener que soportar semejante deporte) y dejar de lado los problemas para cuya solución faltan elementos indispensables. Esta es mi fuerza, mi única fuerza, y es precisamente la que tú querrías quitarme. Por lo demás, y desgraciadamente, es una fuerza que no se puede comunicar a los demás. Supongo que tú no has reflexionado suficientemente sobre mi caso y no sabes descomponerlo en sus elementos. Yo he sido sometido a varios regímenes carcelarios: existe el régimen carcelario constituido por las cuatro paredes, la reja, etc.; eso lo había previsto, y aun como probabilidad subordinada, porque la probabilidad primaria entre 1921 y noviembre de 1926 no era la cárcel, sino perder la vida. Pero la que no había previsto era la otra cárcel que se ha añadido a la primera, y consiste en quedar fuera no sólo de la vida social, sino también de la vida familiar, etc.

Podía prever los golpes del adversario al que combatía, pero no podía prever que iban a llegarme golpes también de otras partes, de donde menos podía sospecharlo (golpes metafóricos, desde luego, pero también el código divide los delitos en actos y omisiones; o sea, también las omisiones son culpas, o golpes). Eso es todo. Me contestarás que quedas tú. Es verdad, tú eres muy buena y te quiero mucho. Pero éstas no son cosas en las que valga la sustitución de persona, y, además, el asunto es muy complicado, muy complicado y difícil de explicar del todo (incluso por la presencia de las murallas no metafóricas). A decir verdad, no soy muy sentimental, y no son las cuestiones sentimentales las que me atormentan. No es que yo sea insensible (no quiero adoptar la pose del cínico o el blasé); lo que ocurre es que los asuntos sentimentales se me presentan y los vivo en combinación con otros elementos (ideológicos, filosóficos, políticos, etc.), de modo que no sabría decir yo mismo hasta dónde llega el sentimiento y dónde empieza uno de esos otros elementos, y ni siquiera de cuál de estos elementos se trata con precisión, hasta tal punto están unificados en un todo inescindible y de vida única. Tal vez sea eso una fuerza; pero tal vez sea una debilidad, porque mueve a analizar a los demás del mismo modo y a obtener, por tanto, conclusiones tal vez equivocadas. Pero no sigo con esto, porque estoy escribiendo una disertación y, por lo que parece, vale más no escribir nada que escribir disertaciones.

Carissima Tania, no te preocupes tanto por las camisetas; las que tengo me permiten esperar que lleguen las que me mandes. No me mandes el termo, o no antes de haber conseguido en la dirección la certeza de que me lo entregarán; para tenerlo en el almacén, es mejor no tenerlo. La señora Pina vive en la calle Montebello, 7, y no creo que vaya a venir por ahora; incluso lo excluyo. Te mandaré otros pocos libros más y dos camisas hechas trizas. Escribe a mi madre saludándola de mi parte y asegurándole que estoy bastante bien.

Te abrazo con ternura,

Antonio.

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