CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 13-I-1930; L.C. 315-317]

Carissima Tania,

he recibido con algún día de retraso tu carta del 5, pues tenía sobretasa, sin duda por error. Es indudable que tú la has mandado desde Turi mismo, y, por tanto, el franqueo de 25 céntimos era justo. Habrá que presentar un recurso. De todos modos, te advierto que aunque en este caso el funcionario de correos se ha equivocado, en otros casos llevaba razón: tú llenas demasiado las tarjetas por la parte de la dirección, y no hay que escribir encima de la indicación "Cartolina postale", y tal vez tampoco se pueda cubrir el escudo del Estado. Aplican, de no observar esas reglas, una sobretasa de 40 céntimos a la tarjeta, y la entrega se retrasa a veces en tres días a causa de las correspondientes diligencias.

Te agradezco las noticias de la familia. En cuanto a mi estado de ánimo, creo que no lo has entendido del todo. Pero añado que para todo el mundo es difícil comprender plenamente estas cosas, porque son demasiados los elementos que concurren a formarlas, y muchos de ellos son casi inimaginables; aun menos posible es, por tanto, imaginar el complejo en el cual se combinan. He leído estos días un libro --Dal 1848 al 1861-- que recoge cartas, escritos y documentos relativos a Silvio Spaventa, un patriota abrucés, diputado en el Parlamento napolitano de 1848, detenido tras el fracaso del movimiento nacional, condenado a presidio y liberado en 1859 por las presiones de Francia e Inglaterra; luego fue ministro del reino y una de las personalidades más destacadas del partido liberal de derecha hasta 1876. Me ha parecido que en muchas de sus cartas, aunque sea con el lenguaje de la época, algo romántico y sentimental, expresa perfectamente estados de ánimo parecidos a los que yo atravieso a menudo. Por ejemplo, en una carta del 17 de julio de 1853 dirigida a su padre escribe: "Ya hace dos meses que no tengo noticias vuestras; cuatro y acaso más de mis hermanas, y desde hace algún tiempo de Bertrando (su hermano). ¿Creéis vosotros que un hombre como yo, que me precio de tener un corazón afectuoso y jovencísimo, no ha de sentir esta privación como sobremanera dolorosísima? No creo que mi familia me ame ahora menos que antes; pero la desventura suele tener dos efectos, que a menudo apaga todo afecto por los desventurados, y no menos frecuentemente apaga en los desventurados todo afecto a los demás. Yo no temo el primero de estos dos efectos en vosotros tanto cuanto el segundo en mí; pues que, secuestrado como aquí estoy de todo comercio humano y amoroso, el tedio grande, la prisión larga, la sospecha de ser de todos olvidado me amargan y hacen lentamente yermo el corazón". Como decía, aparte del lenguaje, que corresponde al temple sentimental de la época, el estado de ánimo aparece con mucho relieve. Y, cosa que me consuela, Spaventa no fue, cierto, un carácter débil, un llorón como otros. El fue de los pocos (unos sesenta) entre los más de seiscientos condenados de 1848 que no quisieron nunca presentar una solicitud de gracia al rey de Nápoles; ni tampoco se dio a la devoción, sino que, como él mismo escribe varias veces, se fue convenciendo cada vez más de que la filosofía de Hegel era el único sistema y la única concepción del mundo racional y digna del pensamiento de la época.

¿Y sabes cuál será el efecto práctico de la descubierta concordancia entre mis estados de ánimo y los de un preso político de 1848? Que ahora los míos me parecerán un poco cómicos, ridículamente anacrónicos. Han pasado tres generaciones y se ha andado un buen trecho de camino en todos los terrenos.

Lo que era posible para los abuelos no es posible ya para los nietos (y no digo nuestros abuelos porque el mío, cosa que no te he dicho nunca, era precisamente coronel de la gendarmería borbónica, y probablemente se encontraba entre los que arrestaron a Spaventa, el antiborbónico partidario de Carlo Alberto); eso se entiende objetivamente, porque subjetivamente, o sea, individuo por individuo, las cosas pueden variar mucho.

Querida Tania, ayer era tu santo; creí que te podría felicitar de viva voz, y, en cambio, resulta que no puedo sino escribirte la felicitación con un día de retraso, y que tú no la leerás sino dentro de algunos días. Espero que te hayas repuesto y que puedas salir de casa si el tiempo sigue siendo como hoy. Sabes cuánto siento que tus viajes a Turi, por alguna media hora de coloquio, te cansen tanto y hasta te pongan mala. Estoy convencido de que te descuidas demasiado: recuerdo que Genia era más o menos como tú cuando la conocí en el sanatorio, y que luego, cuando empezamos a tener un poco de confianza, tenía que amenazarla con una tanda de palos para que comiera: había escondido, para que no los viera el médico, centenares de huevos que habría tenido que comerse, y así otras cosas más. Tu madre se rió mucho cuando le contaron la historia de mis intimidaciones, pero me dio la razón. También tú necesitarías un tirón de orejas, aunque fuera con delicadeza: me parece que has perdido el gusto de vivir para ti y que vives sólo para los demás. ¿No es un error? Viviendo para ti, reforzando tu salud, ¿no vivirás también mejor para los demás, si así lo quieres y ése es tu único gusto de vivir? Yo te tengo mucho afecto y querría verte siempre fuerte y sana: también esto me amarga, saberte aquí en Turi, así, enfermiza, débil, sólo por darme un poco de consuelo y romper mi aislamiento. Basta. Esta carta tenía que ser para mi madre. Te ruego que le escribas tú, para que no se alarme al no recibir noticias mías.

Cara, te abrazo,

Antonio.

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