CARTA A JULIA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 20-XII-1929; L.C. 312-314]

Cara Giulia,

no me he acordado de preguntar a Tatiana, con la que tuve un coloquio hace unos días, si te mandó las dos últimas cartas que le escribí. Creo que sí, porque le había pedido que lo hiciera; yo quería que estuvieras informada de un estado de ánimo mío que se ha atenuado algo, pero no ha desaparecido del todo; aun a costa de procurarte cierto disgusto.

He leído con mucho interés la carta en la que me das una impresión del grado de desarrollo de Delio. Las observaciones que voy a hacer tienen que juzgarse, naturalmente, teniendo en cuenta algunos criterios limitativos: 1) que yo lo ignoro casi todo del desarrollo de los niños precisamente en el período en que presenta el cuadro más característico de su formación intelectual y moral, a partir de los dos años, cuando se adueñan con cierta precisión del lenguaje y empiezan a formar nexos lógicos además de imágenes y representaciones; 2) que el juicio mejor sobre la orientación educativa de los niños es y tiene que ser el de quien los conoce de cerca y puede seguir todo el proceso de desarrollo, siempre que no se deje cegar por los sentimientos y no pierda así todo criterio, abandonándose a la pura contemplación estética del niño, implícitamente degradado a la función de obra de arte.

Así, pues, teniendo en cuenta esos dos criterios, que son en realidad uno solo puesto en dos coordenadas, me parece que el estado de desarrollo intelectual de Delio, tal como se desprende de lo que me escribes, está muy atrasado para su edad, es demasiado infantil. Cuando tenía dos años, en Roma, tocaba el piano, es decir, había comprendido la diversa gradación local de los tonos en el teclado, aludiendo a los sonidos de los animales: el polluelo a la derecha, el oso a la izquierda, y muchos otros animales en medio. Para la edad de dos años todavía por cumplir, ese procedimiento era admisible y normal; pero a los cinco años y algunos meses, el mismo procedimiento aplicado a la orientación, aunque sea en un espacio enormemente mayor (que no lo es tanto como parece, porque las cuatro paredes de la habitación limitan y concretan ese espacio), es muy atrasado e infantil.

Recuerdo con mucha precisión que, sin haber cumplido los cinco años ni haber salido nunca de un pueblo, o sea, teniendo un concepto muy restringido de las extensiones, sabía encontrar en el mapa el pueblo en que vivía, tenía la impresión de lo que es una isla y sabía también encontrar en un gran mapa de pared las principales ciudades de Italia; o sea, tenia la idea de perspectiva, de un espacio complejo, y no sólo de líneas abstractas de dirección, de un sistema de medidas coordinadas y de la orientación según los puntos de esa coordinación, arriba-abajo, derecha-izquierda, como valores espaciales absolutos, fuera de la posición excepcional de mis brazos. No creo haber sido nunca extraordinariamente precoz, sino al contrario. En general, he observado que los "mayores" se olvidan fácilmente de sus impresiones infantiles, las cuales se disipan, llegada una cierta edad, en un complejo de sentimientos, o nostalgias, o comicidad, o cualquier otra deformación. Así se olvida que el niño se desarrolla intelectualmente de un modo muy rápido, absorbiendo desde los primeros días una extraordinaria cantidad de imágenes que se recuerdan todavía después de los primeros años y guían al niño en el primer período de juicios más reflexivos, posibles tras el aprendizaje del lenguaje. Como es natural, no puedo dar juicios e impresiones generales por la falta de datos específicos y suficientemente numerosos; lo ignoro casi todo, por no decir todo, pues las impresiones que me has comunicado no tienen relación entre ellas, no muestran un desarrollo. Pero el conjunto de esos datos me ha dado la impresión de que tu concepción y la de otros miembros de tu familia es demasiado metafísica, o sea, presupone que en el niño existe ya en potencia todo el hombre, y que lo único que hay que hacer es ayudarle a desplegar lo que ya contiene latente, sin coerciones, dejando que obren las fuerzas espontáneas de la naturaleza o qué sé yo. Yo, por el contrario, pienso que el hombre es enteramente una formación histórica, obtenida mediante la coerción (entendida no sólo en el sentido brutal y de violencia externa), y no pienso más que eso: que en otro caso se caería en una forma de trascendencia y de inmanentismo. Lo que se supone fuerza latente no es, en la mayoría de los casos, sino el complejo indistinto e informe de las imágenes y las sensaciones de los primeros días, de los primeros meses y los primeros años de vida, imágenes y sensaciones que no siempre son de lo mejor que pueda creerse. Ese modo de concebir la educación como el devanado de un hilo preexistente tuvo su importancia cuando se contraponía a la escuela jesuítica, o sea, cuando negaba una filosofía todavía peor; pero hoy está tan superado como ésta. Renunciar a formar al niño significa simplemente permitir que su personalidad se desarrolle acogiendo caóticamente del ambiente general todos los motivos de la vida. Es raro e interesante que el sicoanálisis de Freud esté creando, especialmente en Alemania (a juzgar por las revistas que leo), tendencias análogas a las que existían en Francia en el siglo XVIII, y que vaya formando un nuevo tipo de "buen salvaje" corrompido por la sociedad, o sea, por la historia. De ello nace una nueva forma de desorden intelectual muy interesante.

En todo eso me ha hecho pensar tu carta. Puede ser, y es incluso muy probable, que alguna de mis apreciaciones sea exagerada, o incluso injusta. Reconstruir, partiendo de un huesecillo, un megaterio o un mastodonte era cosa de Cuvier, pero puede ocurrir que con un trocito de cola de ratón se reconstruya una serpiente de mar.

Te abraza afectuosamente,

Antonio.

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