CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 4-XI-1929; L. C. 300-302]

Cara Tatiana,

por fin ha llegado el turno de tu carta, al cabo de dos meses. He releído las tarjetas que me has mandado desde entonces, pero no he conseguido volver a despertar los sentimientos "frenéticos" que tenía cada vez que llegaba una. Me estoy convirtiendo en un verdadero faquir; dentro de poco seré capaz de tragarme sables y de pasear descalzo por el filo de hojillas de afeitar. Tal vez pongas un gesto asombrado ante este exordio un poco melodrámatico, y siento tener que regañarte, pero tengo que hacerlo, necesariamente, para no verme obligado en otra ocasión a darte algún disgusto muy grande, como seria, por ejemplo, el de interrumpir toda correspondencia y cualquier tipo de relación. Te he advertido varias veces que no tomes ninguna iniciativa que afecte a mi situación, ni, en general, ninguna iniciativa respecto de mí, sin acuerdo previo mío. No sé por qué te has obstinado siempre en no querer tomarte en serio esa advertencia mía, en no darle ningún valor. Habrás creído que se trataba de alguna manía o puntillo infantil. Pero, en realidad, si hubieras pensado un poco en ello, ¿cuáles habrían tenido que ser tus conclusiones? Me parece sencillo. Basta pensar en cosas del siguiente tenor: ¿Qué sabes tú, con precisión y concreción, de mi vida cotidiana? Nada o casi nada. ¿Cómo puedes saber qué consecuencias podrán tener para mí, concretamente, tus iniciativas, incluso las que consideras más triviales y de menor importancia? Tú no puedes saber nada, absolutamente nada. Todo el encadenamiento de causas y efectos es en la vida de la cárcel fundamentalmente distinto del de la vida común, porque en la acción y en la reacción de los sentimientos y de las obras falta el elemento fundamental de la libertad, por relativa que sea, de la vida común. ¿No es justo que en esas condiciones sea yo el único que decida si una cosa debe hacerse o no, yo solo, porque sólo yo estoy en la cárcel, estoy privado de libertad, soy aquel sobre el cual pueden recaer las consecuencias de cualquier iniciativa, empeorando mis condiciones de vida cotidiana? Aun admitiendo que se tratara de puro puntillo (y te aseguro que no es ése el caso), pues, bien, aunque se tratara de una niñería, habría que respetarla, porque los nervios se hacen tan sensibles en esta condición que no es una exageración tenerles respeto. El hecho que me ha irritado hasta el frenesí (verdaderamente hasta el frenesí) es la gestión que has hecho con el abogado Niccolai a propósito, del Consejo de revisión. ¿Por qué no consultarme antes? Has de saber, para empezar, que todo el trabajo que te has tomado será completamente inútil, porque yo personalmente no firmaré ningún recurso, y si el abogado me escribe, probablemente no le contestaré siquiera. El recurso se presentó legalmente, dentro de lo prescrito por la ley, porque la ley lo permitía, en junio de 1928. El abogado Niccolai se encargó de gestionarlo y se comprometió a hacerlo. Lo hecho es suficiente, dada la importancia de la cuestión que se reduce, en realidad, al mero ejercicio de un derecho formal, sin más consecuencias previsibles que las contenidas en el ejercicio mismo de ese derecho formal, o sea, una pura protesta. Toda ingerencia tuya no hace sino proyectar la sombra de un equivoco sobre esta posición cristalina mía y de los demás, pero especialmente mía. ¿Por qué no quieres entender que eres incapaz, radicalmente incapaz, de tener en cuenta mi honor y mi dignidad en estas cuestiones, porque no puedes entender nada de. nada? No quiero ofenderte de ningún modo, ni tampoco poner en duda tu sensibilidad en estos asuntos cuando se presentan en la forma común de relaciones normales entre hombres: pretendo sólo afirmar la imposibilidad objetiva en que estás tú, ajena a este ambiente, de vivir por tu cuenta la atmósfera de hierro y fuego por la cual he pasado durante estos años. Pero quiero, además, convencerte de que se trata de un asunto enormemente importante para mí, sobre el cual no quiero que se ejerza ninguna injerencia y a causa del cual estoy decidido a tomar resoluciones tajantes, como la de romper toda relación. Te ruego que consideres muy seriamente lo que te escribo, porque lo he pensado mucho y he estado alguna noche sin dormir, angustiado por tus tarjetas a las que todavía no podía contestar. Ya me diste un disgusto muy grande cuando me aludiste a cierta propuesta que habías hecho a Giulia tiempo atrás; hice entonces muy mal en no darte una impresión más tajante de desaprobación. Me dejé ablandar por tu preocupación por mí y me disgustaba hacerte daño. Pero ahora ya me he faquirizado también desde este punto de vista, y hasta tengo miedo de faquirizarme más y acabar insultándote. Pero creo que a partir de ahora serás muy cauta, porque estoy seguro de que me quieres y de que sientes haberme herido tan profunda y dolorosamente. No sufras demasiado por lo que te he escrito; rompe toda gestión con el abogado Niccolai y, si quieres, cuéntale la parte de esta carta que se refiere a él. No me mandes nada, ni libros ni ninguna otra cosa, que yo no te haya pedido; atente rigurosísimamente a esta norma, sin excepciones de ninguna clase, ni de tiempo, ni de lugar, ni de ocasión especial. Siento haberme visto obligado a llenar toda la carta con esta cuestión. Espero que esta vez te cuides en serio y dejes de hacer tantas cosas absurdas en perjuicio de tu salud. Yo me he hecho ya a la idea de que por esta vez no vendrás a Turi, sino que considerarás más oportuno tener más en cuenta tu salud. Querida Tatiana, créeme que sólo porque te quiero mucho y me disgustaría cortar toda relación contigo he sido tan duro y tajante. Te abrazo tiernamente,

Antonio.

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