CARTA A JULIA SCHUCHT

[Cárcel de Turi, 19-XI-1928; L.C. 235-237]

Carissima Giulia,

he sido muy malo contigo. Las justificaciones no están, en verdad, muy fundadas. A la salida de Milán me cansé enormemente. Todas mis condiciones de vida se han agravado. He sentido más la cárcel. Ahora estoy un poco mejor. El mismo hecho de que se haya producido una cierta estabilización, que la vida discurra según ciertas reglas, ha normalizado en cierto sentido el curso de mis pensamientos. Me he alegrado mucho al recibir tu fotografía y la de los niños. Cuando se forma una distancia de tiempo excesiva entre las impresiones visuales, el intervalo se llena de sombríos pensamientos; especialmente por lo que hace a Giuliano, no sabía qué pensar, no tenía ninguna imagen que me apuntalase la memoria. Ahora estoy verdaderamente contento. En general, me siento, desde hace unos meses, más aislado y excluido de toda la vida del mundo. Leo mucho, libros y revistas; mucho relativamente, respecto de la vida intelectual que se puede tener en reclusión. Pero he perdido, en gran parte, el gusto por la lectura. Los libros y las revistas no dan más que ideas generales, esbozos corrientes generales de la vida del mundo (más o menos logrados), pero no pueden dar la impresión inmediata, directa, viva, de la vida de Pedro, de Pablo, de Juan, de personas reales individuales, sin comprender a las cuales no se puede entender tampoco lo universalizado y generalizado. Hace muchos años, por el 19 y el 20, conocí a un joven obrero muy ingenuo y muy simpático. Todos los sábados por la tarde, a la salida del trabajo, se presentaba en mi oficina para ser de los primeros en leer la revista que yo dirigía. Me decía muchas veces: "No he podido dormir obsesionado por esta idea: ¿qué hará el Japón?" Precisamente el Japón le obsesionaba, porque en los periódicos italianos no se habla del Japón más que cuando muere el Mikado o cuando un terremoto mata por lo menos 10.000 personas. El Japón se le escapaba: por eso no conseguía tener un cuadro sistemático de las fuerzas del mundo, y, consiguientemente, le parecía no entender nada de nada. A mí entonces me hacía mucha gracia ese estado de ánimo y tomaba el pelo a mi amigo. Pero hoy le entiendo. También yo tengo mi Japón: es la vida de Pedro, de Pablo, y también la de Giulia, la de Delio, la de Giuliano. Me falta precisamente la sensación molecular: ¿cómo podría percibir la vida de todo el complejo, ni siquiera sumariamente? Mi misma vida se siente rígida y paralizada: ¿cómo iba a ser de otro modo, si me falta la sensación de tu vida y de la de los niños? Además: tengo siempre miedo de que me domine la rutina de la cárcel. Esta es una máquina monstruosa que aplasta y nivela según cierta serie. Cuando veo actuar y siento hablar a los hombres que están en la cárcel desde hace cinco, ocho, diez años, y observo las deformaciones síquicas que han sufrido, se me pone realmente carne de gallina, y vacilo en la previsión acerca de mí mismo. Me imagino que también los demás (no todos, pero al menos algunos) habrán decidido que no se dejarían dominar y, sin embargo, sin darse cuenta siquiera, por lo muy lento y molecular que es el proceso, hoy se encuentran cambiados y no lo saben, no pueden juzgarlo precisamente porque están cambiados del todo. Sin duda, yo resistiré. Pero, por ejemplo, me doy cuenta de que ya no sé reirme de mí mismo como lo sabía antes, y eso es grave. Querida Giulia, ¿te interesan todas estas charlas? ¿Y te dan una idea de mi vida? Me intereso también, sin embargo, por lo que ocurre en el mundo. En estos últimos tiempos he leído bastantes libros sobre las actividades católicas. He aquí un nuevo "Japón"; ¿por qué fases pasará el radicalismo francés hasta escindirse y dar origen a un partido católico francés? Este problema "me quita el sueño": como le ocurría a mi joven amigo. Y otros más, naturalmente. ¿Te ha gustado la plegadera? ¿Sabes que me ha costado casi un mes de trabajo y el desgaste de la mitad de las yemas de los dedos? Querida Giulia, escríbeme algo ampliamente de ti misma y de los niños. Tendrías que mandarme fotografías vuestras por lo menos cada seis meses, de tal modo que yo pueda seguir su desarrollo y ver más frecuentemente tu sonrisa. Te abrazo tiernamente, cara,

Antonio.

Postscriptum para Tania. ¡Pero qué mala eres, Tania! ¿Cuánto tiempo hace que no recibo noticias tuyas? No hace falta que escribas cartas largas: basta incluso una tarjeta postal. ¿Sabes que cada vez siento más la fuerza de inercia que me lleva a no escribir? Y tengo que luchar para vencerla. Pero ¿venceré siempre? Aquí hay gente que no escribe desde hace meses y desde hace años. También yo terminaré así, ciertamente, si no doy con corresponsales activos. Querida Tania, te abrazo esperando que no estés enferma.

Antonio.

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