CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de San Vittore, Milán, 9-IV-1928; L.C. 200-202]

Carissima Tania,

recibí ayer tu carta del día 5, con celeridad verdaderamente pascual. También he recibido el mechón de Giuliano, y me alegro mucho de las noticias que me trasmites. A decir verdad, no sé obtener de ellas muchas consecuencias. A propósito de la mayor o menor precocidad de los niños en hablar no tengo más elemento de juicio que una anécdota sobre Giordano Bruno, el cual, según se dice, no habló hasta la edad de tres años, a pesar de que lo entendía todo; una mañana, al despertarse, vio que una gran serpiente, salida de una grieta del muro de la casucha en que vivía, se dirigía hacia su yacija: llamó en seguida a su padre por su nombre, al que no había llamado nunca, se salvó del peligro y desde aquel día empezó a hablar, incluso demasiado, como saben hasta los revendedores hebreos del Campo dei Fiori [98].

98 Giordano Bruno, defensor del heliocentrismo y de otras doctrinas condenadas por la Iglesia católica, fue quemado vivo el año 1600 en la plaza del Campo dei Fiori (Roma).

Siento que estés desanimada, como me escribes, y que con eso te creas exonerada del deber de escribirme más a menudo. Eso es una injusticia evidente, porque yo podría proclamarme más desanimado todavía que tú y no escribirte ni poco ni mucho; lo cual ciertamente ocurrirá si me sigues provocando con esos desánimos. Deberías escribirme por lo menos dos veces por semana ¿Cómo te has hecho tan perezosa? ¿Qué haces durante todo el día? ¿Y cómo has pasado la Pascua?

He recibido hace unos días las Prospettive Economiche y el Almanacco Letterario. Todos los años, desde el 25, regalaba a Giulia este almanaque. Pero este año no lo haría. Ha caído demasiado bajo. Trae frases de las que llaman ingeniosas, antes reservadas para los periodicuchos semipornográficos redactados para uso de los quintos que llegan a la ciudad por vez primera. Es verdad que también esa observación puede tener su peso y debe hacerse. El sábado recibí otro paquete de libros que no me han entregado todavía; creo que se trata de cierto número de revistas de historia y de filosofía, pero sólo he podido echarles un vistazo en el momento en que firmaba el recibo para el cartero. En cualquier caso, he vuelto a hacerme con una reserva de lecturas para este período que tendré que pasar aún en Milán.

He pensado que Delio cumple cuatro años el 10 de agosto, y que ahora ya es lo suficientemente grande para hacerle un regalo serio. La señora Pina ha prometido mandarme el catálogo del "Meccano"; espero que las varias combinaciones aparezcan no sólo en orden de precios (desde 27 hasta 2.000 liras), sino también según la sencillez y la edad de los niños. El principio del "Meccano" es sin duda excelente para los niños modernos; escogeré la combinación que me parezca más oportuna y luego te escribiré sobre ello. Hay tiempo hasta agosto. No sé qué tendencias predominan en Delio, si es que las ha mostrado ya de manera evidente. Yo tenía una tendencia agudísima hacia las ciencias exactas y la matemática cuando era niño. La perdí durante la enseñanza media, porque no tuve maestros que valieran un higo seco. Y así no he vuelto a estudiar matemática después del primero de Liceo, sino que escogí el griego (entonces existía esa opción); pero en tercero de Liceo demostré de repente que seguía conservando una notable "capacidad". Ocurría entonces que en el tercer año de Liceo, para estudiar la física, había que conocer elementos de matemática que los alumnos que habían optado por el griego no tenían obligación de saber. El profesor de física, persona muy elegante, se divertía mucho poniéndome en un brete. En el último examen del tercer trimestre me hizo unas preguntas de física relacionadas con la matemática, diciéndome que la nota media anual y, por tanto, el obtener el grado con examen final o sin él, dependía de la exposición que yo hiciera: se divertía mucho viéndome en la pizarra, y me dejó todo el tiempo que quise. Pues bien, estuve media hora ante la pizarra, me puse blanco de yeso desde los pelos hasta los zapatos, intenté, volví a intentar, escribí, borré, pero al final "inventé" una demostración que el profesor declaró excelente, aunque no se presentaba en ningún tratado. Este profesor conocía a mi hermano mayor, en Cagliari, y me torturó con sus carcajadas durante todo el año: me llamaba el físico helenizante.

Carissima Tania, abajo los desánimos y escríbeme pronto.

Te abrazo,

Antonio.

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