CARTA A CARLO GRAMSCI [96]

[Cárcel de San Vittore, Milán, 12-IX-1927; L.C. 124-127]

Carissimo Carlo,

he recibido juntas tu carta del 30 de agosto y la certificación del 2 de septiembre. Te lo agradezco de corazón. No sé qué te ha escrito Mario; tengo la impresión de que te ha alarmado demasiado, mientras que yo pensaba que su visita habría contribuido a tranquilizar a mamá. Me he equivocado. Tu carta del 30 de agosto es realmente dramática. Me propongo escribirte a menudo a partir de ahora, para intentar convencerte de que tu estado de ánimo no es digno de un hombre (y ya no eres tan joven). Es el estado de ánimo de los que sucumben al pánico, de los que ven peligros y amenazas por todas partes, y por eso se hacen incapaces de obrar seriamente y de vencer las dificultades reales una vez determinadas y distinguidas las dificultades imaginarias creadas por la mera fantasía. Quiero decirte ante todo que tú y los demás de casa me conocéis muy poco y tenéis por ello una opinión completamente equivocada de mi capacidad de resistencia. Me parece que hace ya casi veintidós años que dejé la familia, y desde hace catorce años no he estado en casa más de dos veces, el año 20 y el 24. Ahora bien: en toda esa época no me he dedicado a vivir como un señor; al contrario; a menudo he atravesado períodos malísimos y he pasado también hambre en el más literal sentido de la palabra. Llega un momento en que hay que decirlo, porque con ello [...] [97] se consigue tranquilizar a los demás. Es posible que me hayas envidiado alguna vez, porque yo he podido estudiar. Pero desde luego que no sabes cómo pude hacerlo. Quiero recordarte sólo lo que me pasó en los años del 1910 y 1912. El año 10, como Nannaro había conseguido un empleo en Cagliari, me fui a vivir con él. Recibí el primer dinero para el mes y luego ya nada más: quedé completamente a cargo de Nannaro, que no ganaba más de 100 liras al mes. Cambiamos de pensión. Yo ocupé una pequeña habitación que se había quedado ya sin cal alguna a causa de la humedad y que tenía un solo ventanuco que daba a una especie de pozo, más letrina que patio. Me di cuenta en seguida de que no podíamos salir adelante, por el mal humor de Nannaro, que constantemente se metía conmigo. Entonces empecé por no tomar ya el poco de café de la mañana, y luego fui retrasando la comida para evitar la cena. Y así durante unos ocho meses no comí más que una vez al día, y llegué al final del tercero de Liceo en condiciones de desnutrición bastante graves. Al final del año escolar supe que existía la beca de estudios del Collegio Carlo Alberto, pero en la oposición había que examinarse de todas las materias de los tres años de Liceo; por tanto, tenía que hacer un esfuerzo enorme en los tres meses de vacaciones. Sólo el tío Serafino se dio cuenta de las lamentables condiciones de debilidad en que me encontraba y me invitó a instalarme con él en Oristano, para dar clases a Delio. Estuve un mes y medio y por poco no me vuelvo loco. No podía estudiar para mi oposición, porque Delio me absorbía completamente, y la preocupación, sumada a la debilidad, me destruía. Me escapé a escondidas. No tenía ya más que un mes para estudiar. Salí para Turín como en estado de sonambulismo. Llevaba 55 liras en el bolsillo, pues había gastado para el viaje en tercera 45 liras de las 100 que me dieron en casa. En Turín estaba abierta la Exposición, y tenía que pagar 3 liras al día sólo por la habitación. Me abonaron el viaje en segunda, o sea, unas 80 liras, pero no daba eso para irse de juerga, porque los exámenes duraban unos quince días y eso significaba sólo por la habitación unas 50 liras. No sé cómo conseguí resistir los exámenes, porque me desmayé dos o tres veces. Y cuando lo conseguí empezaron las catástrofes. Los de casa tardaron unos dos meses en mandarme los papeles para la matrícula en la Universidad, y como no estaba matriculado, tampoco recibía las 70 liras mensuales de la beca. Me salvó un bedel, el cual me encontró una pensión de 70 liras en la que me fiaron; yo estaba tan desanimado que quería regresar haciéndome mandar a casa por la policía. La situación era que cobraba las 70 liras de la beca y gastaba 70 liras por un pensión muy mísera. Pasé, además, el invierno sin abrigo, con un traje de entretiempo admisible para Cagliari. Hacia marzo de 1912 estaba tan mal que durante algunos meses dejé de hablar, porque si lo intentaba trabucaba las palabras. Vivía, para acabarlo de arreglar, a orillas precisamente del Dora, y la niebla helada me destruía.

¿Por qué te he escrito todo eso? Para que te convenzas de que me he encontrado en condiciones terribles otras veces, sin desesperarme por ello. Toda esa vida me ha consolidado el carácter. Estoy convencido de que incluso cuando todo está o parece perdido hay que volver a ponerse a trabajar tranquilamente, volviendo a empezar por el principio. Estoy convencido de que no hay que contar nunca más que consigo mismo y con sus propias fuerzas, sin esperar nada de nadie y sin procurarse, por tanto, desilusiones. Que no hay que proponerse hacer más que lo que se sabe y se puede hacer, y que hay que andar por el propio camino. Mi posición moral es excelente: hay quien me considera un demonio y quien me cree un santo. Yo no quiero representar ni el mártir ni el héroe. Creo ser simplemente un hombre medio que tiene sus convicciones profundas y no las vende por nada del mundo. Te podría contar también alguna anécdota divertida. Durante los primeros meses que pasé aquí en Milán un oficial de prisiones me preguntó ingenuamente si era verdad que yo, de cambiar bandera, sería ministro. Le contesté sonriendo que ministro era quizá demasiado, pero que sí podría ser subsecretario de Correos o de Obras Públicas, porque ésos son los cargos que se dan en los gobiernos a los diputados sardos. Levantó los hombros y me preguntó que por qué no había cambiado de bandera, y al mismo tiempo se llevó un dedo a la frente. Se había tomado en serio mi respuesta y me consideraba loco de atar.

Alegre, pues, y sin dejarte sumergir por el ambiente aldeano y sardo: hay que ser siempre superiores al ambiente en el cual se vive, sin despreciarlo por ello ni creerse superiores. Entender y razonar, no lloriquear como mujercillas. ¿Entendido? ¿He de ser yo, que estoy en la cárcel con perspectivas bastante feas, el que dé valor a un joven que puede moverse libremente, desplegar su inteligencia en el trabajo cotidiano y hacerse útil? Te abrazo afectuosamente junto con todos los demás de casa.

Nino.

Manda en cuanto puedas lo que me has prometido, porque lo necesito de verdad. Espero que en adelante no tendré que recurrir de nuevo a tu ayuda.

96 Hermano de Gramsci, como Mario y Nannaro (Gennaro), nombrados en la carta.

97 Texto no descifrado por los editores de L.C.

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