CARTA A TATIANA SCHUCHT

[Cárcel de San Vittore, Milán, 19-II-1927; L.C. 49-52]

Carissima Tania,

hace un mes y diez días que no recibo noticias tuyas y no sé darme ninguna explicación. Como te escribí hace una semana, al partir de Ustica, el vaporcillo no había conseguido atracar desde hacía casi diez días; en el vapor que me llevó a Palermo habría debido llegar a Ustica por lo menos un par de cartas tuyas, que habrían tenido que remitirme a Milán; pero en la correspondencia que he recibido aquí, devuelta de la isla, no he encontrado nada tuyo. Querida Tania, si eso depende de ti y no de alguna dificultad administrativa (cosa posible y probable), tienes que evitar el tenerme ansioso tanto tiempo; aislado como estoy, toda novedad y toda interrupción de la normalidad producen pensamientos angustiosos y penosos. Tus últimas cartas, las que recibí en Ustica, eran en verdad un poco preocupantes; ¿qué son esas preocupaciones por mi salud que llegan a ponerte mal físicamente? Te aseguro que he estado siempre bastante bien y que tengo energías físicas nada fáciles de agotar, pese a mi débil apariencia. ¿Crees que no iba a servir para nada el haber llevado siempre una vida tan extremadamente sobria y rigurosa? Ahora me doy cuenta de lo que significa el no haber tenido nunca enfermedades graves ni haber inferido al organismo ninguna herida decisiva; es verdad que puedo llegar a estar horrorosamente cansado; pero un poco de descanso y de alimentación me permiten recuperar en seguida la normalidad. En suma, no sé qué escribirte para calmarte y curarte. ¿Tendré que recurrir a las amenazas? Podría, por ejemplo, no escribirte nunca más, y hacerte sentir también a ti lo que significa el carecer completamente de noticias.

Te imagino seria y tenebrosa, sin siquiera una sonrisa fugaz. Y querría divertirte de alguna manera. Te contaré historietas. ¿Qué te parece? Por ejemplo, y como intermedio en la descripción de mi viaje por este mundo tan grande y terrible, voy a contarte algo muy divertido respecto de mí mismo y de mi fama. A mí no me conoce más que un círculo de personas bastante reducido; por eso mi nombre se deforma a menudo de las maneras más inverosímiles: Gramasci, Granusci, Grámisci, Granisci, Gramasci, hasta Garamascón, sin contar las más curiosas formas intermedias. En Palermo, durante cierta espera, mientras revisaban los equipajes, me encontré en un depósito penal con un grupo de obreros de Turín camino de su destierro; junto con ellos iba un tipo formidable de anarquista ultraindividualista, conocido por el "Unico", el cual se niega a confiar a nadie su filiación, y especialmente a la policía y a las autoridades en general: "soy el Unico, y basta", ésa es su respuesta. En la muchedumbre que esperaba, el "Unico" reconoció entre los criminales comunes (mafiosos) a otro tipo, siciliano (el "Unico" debe de ser napolitano o todavía más del sur), detenido por causas mixtas, entre lo político y lo común, y nos presentó; el otro me miró un buen rato y luego preguntó: "¿Gramsci Antonio?" Sí, Antonio, contesté. "No puede ser", repuso él, "porque Antonio Gramsci tiene que ser un gigante, y no un hombre tan bajito". No dijo nada más, se retiró a un rincón, se sentó en un instrumento de indecible nombre y se quedó allí, como Mario ante las ruinas de Cartago, meditando sobre sus perdidas ilusiones. Evitó cuidadosamente hablar conmigo durante el tiempo que estuvimos aún en la misma celda y no me saludó cuando nos separaron. Otro episodio parecido me ha ocurrido más tarde, pero creo que todavía es más complejo. Estábamos a punto de marchar; los guardias de la escolta nos habían puesto ya hierros y cadenas; me habían encadenado de un modo nuevo y muy desagradable, pues los hierros me sujetaban los pulsos rígidamente, y los huesos de la muñeca quedaban fuera de ellos y chocaban con el hierro del modo más doloroso. Entró el jefe de la escolta, un brigadier gigantesco, que al pasar lista se detuvo ante mi nombre y me preguntó si yo era pariente del "famoso diputado Gramsci". Le dije que yo mismo era ese hombre, y él me observó compasivamente, murmurando algo incomprensible. En todas las paradas le oí hablar de mí, calificándome siempre de "famoso diputado", en los corros que se formaban alrededor del coche celular (y he de añadir que mandó que me rectificaran la posición de los hierros de una manera más soportable); tanto insistió en ello que, dado el ambiente que se respiraba, empecé a temer que todo redundara en una buena paliza administrada por algún exaltado. En cierta ocasión un brigadier, que hasta entonces viajaba en el segundo vagón celular, pasó a aquel en que estaba yo y empezó a hablarme. Era un tipo extraordinariamente interesante y curioso, lleno de "necesidades metafísicas", como diría Schopenhauer, y que conseguía satisfacerlas del modo más extravagante y desordenado que imaginarse pueda. Me dijo que siempre había imaginado mi persona con dimensión "ciclópea", y que desde ese punto de vista se sentía muy desilusionado. Estaba leyendo un libro de M. Mariani, el Equilibrio degli egoismi, y acababa de leer un libro de un cierto Paolo Gilles [93], que era una refutación del marxismo. Me guardé de decirle que Gilles era un anarquista francés sin la menor calificación científica ni de otro tipo; me gustaba oírle hablar con gran entusiasmo de tantas ideas y nociones disparatadas e inconexas, como puede hablar un autodidacta inteligente, pero sin disciplina ni método. De repente empezó a llamarme "maestro". Me divertí mucho, como puedes imaginar. Y así he hecho la experiencia de mi "fama". ¿Qué te parece?

93 Paul Gilles, Abbozzo di una filosofia della dignità umana, trad. italiana, Milano, 1926.

Casi he terminado el papel. Quería describirte con detalle mi vida aquí. Lo haré esquemáticamente. Me levanto a las seis y media de la mañana, media hora antes de diana. Me hago un café muy caliente (aquí en Milán está permitido el combustible "Meta", muy cómodo y útil); limpio la celda y me aseo. A las siete y media recibo medio litro de leche todavía caliente, que me bebo en seguida. A las ocho salgo al aire, o sea, al paseo, que dura dos horas. Me llevo un libro, paseo, leo, fumo algún cigarrillo. A mediodía recibo la comida de afuera, igual que la cena por la noche; no consigo comérmelo todo, pese a comer más que en Roma. A las siete de la tarde me meto en la cama y leo hasta las once, más o menos. Recibo durante el día cinco periódicos: el Corriere, la Stampa, el Popolo d'Italia, el Giornale d'Italia, el Secolo. Estoy abonado a la biblioteca, con suscripción doble, y tengo derecho a ocho libros semanales. Compro también alguna revista e Il Sole, un periódico económico-financiero de Milán. Siempre tengo para leer. He leído ya los Viajes de Nansen y otros libros de los cuales te hablaré en otra ocasión. No he sentido ningún malestar, aparte del frío de los primeros días. Escríbeme, querida Tania, y mándame noticias de Giulia, de Delio, de Giuliano, de Genia y de todos los demás, y noticias tuyas, noticias tuyas. Te abrazo,

Antonio.

La carta anterior y ésta están sin franquear porque se me ha olvidado comprar sellos en las horas hábiles.

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