CARTA A JULIA SCHUCHT

[Roma, 22-VI-1924; 2000 II; 44-46]

Mia carissima Julca,

he estado esperando que me fuera posible ir, pero mi salida se retrasaba día tras día: por eso no te he escrito, pensando que yo mismo habría llegado antes que las cartas. ¿Partiré, o sea, podré salir dentro de unos días? Ya no lo sé, y por eso decido escribirte, para que me sientas igualmente cerca de ti, cara, para que sientas mi amor que te abraza estrechamente.

He vivido unos días inolvidables, y sigo viviéndolos [64]. Por los periódicos es imposible hacerse una idea de lo que está ocurriendo en Italia. Andábamos por encima de un volcán en ebullición; de repente, cuando nadie se lo esperaba --especialmente los fascistas, archiseguros de su infinito poder--, el volcán ha estallado, liberando un río inmenso de lava ardiente que ha invadido todo el país, arrastrando el fascismo y a todos sus hombres. Los acontecimientos se desarrollaban con una rapidez fulmínea, inaudita; la situación cambiaba día tras día, hora tras hora, el régimen se veía atacado por todas partes, el fascismo iba quedando aislado en el país y sentía su aislamiento en el pánico de sus jefes y en la huida de sus masas. El trabajo ha sido febril; cada hora había que tomar nuevas disposiciones, dar instrucciones, intentar orientar el torrente popular desbordado. Hoy la fase aguda de la crisis está aparentemente rebasada. El fascismo convoca desesperadamente sus fuerzas para concentrarlas, y éstas, aunque algo reducidas, siguen dominando gracias al apoyo de todo el aparato estatal y por las condiciones de increíble dispersión y desorganización en que se encuentran las masas. Pero también nuestro movimiento ha dado un gran paso adelante. Se ha triplicado la tirada del periódico, en muchos centros nuestros camaradas se han puesto en cabeza de las masas y han intentado desarmar a los fascistas, nuestras consignas se acogen con entusiasmo y se repiten en las mociones votadas en las fábricas; creo que en estos días nuestro partido se ha convertido en un verdadero partido de masas. He intervenido en las reuniones de todas las oposiciones parlamentarias, que para la opinión pública se habían convertido en el centro dirigente del movimiento general. Grandes palabras, pero ninguna voluntad de actuar: miedo increíble a que nosotros nos hagamos con la dirección y, consiguientemente, maniobras para obligarnos a abandonar sus reuniones. ¡Cuántas experiencias he hecho estos días! He visto la cara de la "pequeña burguesía", con todos sus típicos caracteres de clase. La parte más repugnante de ella es la constituida por los populistas y los reformistas (por no hablar ya de los maximalistas, pobres desgraciados en bancarrota); los más simpáticos eran Amendola y el general Bencivenga, de la oposición constitucional, los cuales se declararon favorables en principio a la lucha armada y dispuestos incluso (al menos de palabra) a ponerse a los órdenes de los comunistas si éstos estaban en situación de organizar un ejército contra el fascismo. Un diputado democrático-social (éste es un partido siciliano que agrupa a terratenientes y campesinos), que, además, es duque, Colonna di Cesarò, ministro de Mussolini hasta el mes de marzo, declaró que es más revolucionario que yo, porque propugna el terror individual contra el fascismo. Pero todos, naturalmente, en contra de la huelga general que propuse, y del llamamiento a las masas proletarias.

64 La crisis provocada el l0 de junio de 1924 por el asesinato del diputado socialdemócrata Matteotti por los fascistas.

La situación sigue siendo agudísima. Ha habido un intento de golpe de Estado de los fascistas extremistas, disuelto por una gran concentración de soldados y guardias. Corren las voces más peregrinas. Es seguro que algo ocurrirá aún estos días, y podría ser un golpe militar. Políticamente la situación sigue irresuelta, porque la oposición no quiere volver al Parlamento mientras no sean detenidos algunos jefes fascistas responsables. Por eso no podré aún pensar en marcharme durante algunos días. Pero saldré, de todos modos, porque es necesario que en Moscú estén informados de la situación real y de las necesidades de nuestro movimiento, que se enfrenta con tareas inmensas [65].

65 Gramsci no saldría hasta la primavera del año siguiente, para asistir al V Ejecutivo ampliado de la I.C. Esta sería su última salida de Italia.

Cara, cuántas dificultades se oponen a nuestra felicidad; pero las superaremos todas, haciendo al mismo tiempo nuestro deber. Cuánto me habría alegrado de tenerte conmigo en estos días; me habrías ayudado, me habrías calmado los nervios con caricias, los nervios y la cabeza, que no deja de dolerme. Habrá que aclarar nuestra situación: tú debes decidirte, en cuanto estés en condiciones de poder hacerlo, a venir a Italia para estar conmigo. Habría deseado tener noticias de tu salud durante estos días inmediatamente anteriores al nacimiento de nuestro hijo [66], y estar seguro de que te encuentras bien, de que estás fuerte y de que no te inquieta mi retraso. Cómo querría abrazarte, Julca, cómo querría apretarte fuerte en los brazos, tanto cara, y tenerte mucho tiempo, para acariciarte la cabeza, besarte los ojos, sentirme una misma cosa que tú. Qué felices seremos cuando volvamos a vernos: nos empezará una vida nueva, una nueva vida para nosotros que nos hemos hecho más fuertes y mejores en estos meses de espera. Te beso, carissima mia,

Gr.

He conseguido averiguar la dirección de tu hermana [67]. Iré a saludarla en cuanto me sea posible.

66 Delio, el primer hijo de Gramsci y Julia Schucht, nació en la Unión Soviética el 1 de agosto de 1924.

67 Tatiana Schucht, que vivía en Italia, iba a ser la ayuda más constante para Gramsci durante los años de la cárcel, hasta su muerte. Según el testimonio de Giorgio Amendola, fue también, junto con el economista Piero Sraffa, el enlace entre la dirección del P.C.d'I. y Gramsci. (Cfr. Giorgio Amendola, "Rileggendo Gramsci", Quaderni de Critica Marxista, número 3, 1967, 16 n.)

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