CARTA A JULIA SCHUCHT

[Viena, 6-III-1924; 2000 II; 32-35]

Mia carissima:

Querría besarte los ojos para secar las lágrimas que me parece ver en ellos y sentir yo en los labios, como otras veces que por maldad te he hecho llorar. Nos dañamos, nos atormentamos el uno al otro, porque estamos lejos uno de otro, y no podemos vivir así. Pero tú te desesperas demasiado. ¿Por qué? Tantas veces me has prometido que serías fuerte, y yo te he creído, y creo todavía que eres fuerte, más de lo que te crees: a menudo eres más fuerte que yo, pero yo estoy acostumbrado a la vida solitaria, que he vivido desde la infancia, a esconder mis estados de ánimo tras una máscara de dureza o una sonrisa irónica, y ésa es toda la diferencia. Eso me ha hecho daño durante mucho tiempo: durante mucho tiempo mis relaciones con los demás fueron enormemente complicadas, una multiplicación o división por siete de todos los sentimientos reales para evitar que los demás entendieran lo que yo sentía realmente. ¿Qué es lo que me ha salvado de convertirme en un pingo almidonado? El instinto de la rebelión, que desde el primer momento se dirigió contra los ricos porque yo, que había conseguido diez en todas las materias de la escuela elemental, no podía seguir estudiando, mientras que sí podían hacerlo el hijo del carnicero, el del farmacéutico, el del negociante en tejidos. Luego se extendió a todos los ricos que oprimían a los campesinos de Cerdeña, y yo pensaba entonces que había que luchar por la independencia nacional de la región. "¡Al mar los continentales!" ¡Cuántas veces he repetido esas palabras! Luego conocí la clase obrera de una ciudad industrial, y comprendí lo que realmente significaban las cosas de Marx que había leído antes por curiosidad intelectual. Así me he apasionado por la vida a través de la lucha de la clase obrera. Pero cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando nunca se había querido a nadie, ni siquiera a la familia, si era posible amar a una colectividad cuando no se había amado profundamente a criaturas humanas individuales. ¿No iba a tener eso un reflejo en mi vida de militante, no iba a esterilizar y reducir a puro hecho intelectual, a puro cálculo matemático, mi cualidad revolucionaria? He pensado mucho en todo eso, y he vuelto a pensarlo estos días porque he pensado mucho en ti, que has entrado en mi vida y me has abierto el amor, me has dado lo que me había faltado siempre y me hacía a menudo malo y torvo. Te quiero tanto, Julca, que no me doy cuenta de que te hago daño a veces, porque yo mismo estoy insensible.

Te he escrito, te he dicho que vinieras, porque en tus cartas había visto como una indicación de que tú misma querías venir. También yo he pensado en tu familia: pero, ¿no puedes venir por unos meses? ¿Incluso por un período determinado te parece imposible o difícil dejar a la familia? Qué bueno sería otro paréntesis de vida en común, en la alegría cotidiana, de cada hora, de cada minuto, de quererse y de estar cerca. Me parece ya sentirte la mejilla junto a la mía, y que la mano te acaricia la cabeza y te dice que te quiero aunque calle la boca.

Me ha dado un vahído al leer tu carta. Ya sabes por qué. Pero tu indicación es vaga, y yo me consumo, porque querría abrazarte y sentir también yo una nueva vida que une las nuestras todavía más de lo que ya lo están, querido amor.

Recibo ahora muchas cartas de los camaradas italianos. Quieren que les dé fe, entusiasmo, voluntad, fuerza. Creen que yo soy una fuente inextinguible, que yo me encuentro en una situación tal que todos esos dones no pueden faltarme, sino que los tengo en cantidad suficiente para hacer de ellos una amplia distribución. Y ellos están en Italia, en el foco encendido de la lucha, y están desmoralizados y desorientados. A veces me da angustia. He recibido una carta de una camarada rusa que vive en Roma, trabajó con Rosa Luxemburg y con Liebknecht, se salvó del asesinato por casualidad o por un inaudito esfuerzo de voluntad, y, sin embargo, me escribe también descorazonada y desilusionada. Y eso que ella no es italiana y no puede tener la justificación del temperamento. Me piden demasiado, esperan demasiado de mí, y eso me impresiona de un modo siniestro. La situación del partido ha empeorado mucho en estos últimos meses. Bordiga se ha retirado a su Aventino, y su actitud había ya paralizado todo el mecanismo de la vida común de los camaradas. He conseguido llegar a tiempo para arrancar a alguno de esa situación; pero ¿bastará? Nunca se me va de la memoria el recuerdo de una escena ocurrida en Turín durante la ocupación de las fábricas. El Comité Militar estaba discutiendo la necesidad, que tal vez se presentara al día siguiente, de una salida de los obreros armados desde la fábrica. Parecían todos borrachos, y como si fueran a llegar a las manos unos contra otros, porque la responsabilidad los aplastaba, los destrozaba hasta la médula. Se levantó uno --uno que tenía a las espaldas cinco años de guerra en aviación, y había visto la muerte cien veces--: se tambaleó y estuvo a punto de caerse. Con un enorme esfuerzo nervioso intervine, les hice gracia con alguna broma y los volví a llevar a la normalidad y al trabajo útil. Pero hoy no sabría ya hacerlo. En nuestro partido no hay ya casi más que jóvenes, y la reacción, en vez de consolidarlo, ha desgastado los nervios y las voluntades. Yo mismo, ¿por qué he estado enfermo tanto tiempo, y por qué me encuentro aún flojo? También a mí la vida, que siempre he sentido colgada de un hilo, se me ha roto de repente al llegar a Moscú, precisamente cuando estaba en seguridad y podía estar tranquilo. Hoy necesitaría ser sumamente fuerte; pero ¿cómo podría, si me faltas tú que eres tanta parte de mí? Ven, Julca, ven, aunque sea por poco tiempo, aunque sólo sea para que pueda sentirte otra vez cerca de mí y conseguir un impulso para el trabajo más intenso que el que he podido conseguir hasta ahora. Te beso los ojos mucho rato, para darte fuerza, para disipar todos los nubarrones, para que seas fuerte, fuerte como puedes serlo, como debes serlo, compañera mía.

Gramsci.

Te mando mi dirección "perfeccionada":

Floriangasse, 5 A, Tür 20, Stock III.

Querría una foto tuya más reciente, de estos días. Tengo miedo de olvidarte, de no conservar de ti más que la impresión que me quedó de la última noche, cuando te dejé, cuando estaba tan nervioso y tan antipático porque no sabía qué decirte. Me habías prometido otra fotografía. Mándamela y anúnciame con ella que tú también vendrás.

¿Has corregido las notas de Riazánov? [57] ¿Puedes mandármelas? ¿Has encontrado el librito de Kerienzev sobre la organización? ¿Podrías hacerme algún extracto de las mejores páginas escritas por la muerte de Lenin? Ya ves que te creo fuerte, puesto que te pido que trabajes para mí.

57 Las notas al Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels. Riazánov fue el director de la Marx-Engels Gesamtausgabe (M.E.G.A.).

http://www.gramsci.org.ar