CARTA A TOGLIATTI, TERRACINI Y OTROS

[Viena, 9-II-1924; 2000 1 665-677]

A Palmi, Urbani [45 Umberto Terracini] y C.

Queridos camaradas:

Acepto gustosamente la invitación que me ha dirigido el camarada Urbani para que fije al menos a grandes líneas las razones por las cuales creo necesario en este momento proceder no sólo a una discusión de fondo ante las masas del Partido acerca de nuestra situación interna, sino también a una nueva disposición de los grupos que tienden a dirigir el Partido. Pero razones de oportunidad me obligarán a no profundizar demasiado ciertas cuestiones; conozco la sicología difusa en nuestro movimiento y sé que la ausencia de polémica interna y de todo intento enérgico de autocrítica hasta ahora han dejado también entre nosotros una mentalidad excesivamente puntillosa e irascible que se irrita por cualquier pequeñez.

La situación de la Internacional, --No estoy nada convencido por el análisis que hace Urbani de las nuevas orientaciones que según él se revelan en el Komintern tras los acontecimientos de Alemania. Del mismo modo que hace un año no creí que la Internacional se desplazara hacia la derecha, según la opinión difundida en nuestro Comité Ejecutivo, así tampoco creo que hoy se desplace hacia la izquierda. La misma nomenclatura política utilizada por el camarada Urbani me parece completamente equivocada y, por lo menos, sumamente superficial. Por lo que hace a Rusia, yo he sabido siempre que en la topografía de las fracciones y tendencias, Radek, Trotski y Bujarin ocupaban una posición de izquierda, Zinoviev, Kamenev y Stalin una posición de derecha, mientras que Lenin estaba en el centro y actuaba de árbitro en toda la situación. Eso, por supuesto, en el lenguaje político corriente. Como es sabido, el núcleo que suele llamarse leninista sostiene que esas posiciones "topográficas" son absolutamente ilusorias y falaces, y en sus polémicas ha demostrado continuamente que los supuestos izquierdistas son pura y simplemente mencheviques, que se mimetizan con lenguaje revolucionario, cuando en realidad son incapaces de estimar las reales correlaciones de fuerza. Es, en efecto, sabido que en toda la historia del movimiento revolucionario ruso Trotski estuvo políticamente más a la izquierda de los bolcheviques, mientras que en las cuestiones de organización se unía frecuentemente o hasta se confundía con los mencheviques. Todo el mundo sabe que ya en 1905 Trotski pensaba que podía verificarse en Rusia una revolución socialista y obrera, mientras que los bolcheviques pensaban sólo en establecer una dictadura política del proletariado aliado con los campesinos, dictadura que sirviera de continente al desarrollo del capitalismo, sin tocar éste en su estructura económica. También es manifiesto que en noviembre de 1917, mientras Lenin, con la mayoría del partido, había pasado a la concepción de Trotski y pensaba ocupar no sólo el gobierno político, sino también el industrial, Zinoviev y Kamenev se mantuvieron en la opinión tradicional del partido, propugnaron el gobierno de coalición revolucionaria con los mencheviques y los socialrevolucionarios, salieron por esa razón del Comité Central del partido, publicaron declaraciones y artículos en periódicos no-bolcheviques y estuvieron muy cerca de llegar a la escisión. Es seguro que si en noviembre de 1917 hubiera fracasado el golpe de Estado, tal como fracasó el pasado noviembre el movimiento alemán, Zinoviev y Kamenev se habrían separado del partido bolchevique y se habrían unido probablemente con los mencheviques. En la reciente polémica ocurrida en Rusia se aprecia que Trotski y la oposición en general, vista la prolongada ausencia de Lenin de la dirección del partido, temen seriamente una vuelta a la vieja mentalidad, la cual sería desastrosa para la revolución. Piden una mayor intervención del elemento obrero en la vida del partido y una disminución de los poderes de la burocracia, y quieren en el fondo asegurar a la revolución su carácter socialista y obrero e impedir que se llegue lentamente a aquella dictadura democrática, continente de un capitalismo en desarrollo, que era el programa de Zinoviev y compañía todavía en noviembre de 1917. Esta me parece ser la situación del partido ruso, mucho más complicada y sustancial de lo que Urbani ve; la única novedad es el paso de Bujarin al grupo Zinoviev, Kamenev, Stalin.

También por lo que hace a la situación alemana me parece que las cosas se desarrollan de un modo algo distinto del que describe Urbani.

Los dos grupos que en Alemania se disputan la dirección del partido son ambos insuficientes e incapaces. El grupo de la llamada minoría (Fischer-Maslov) representa, sin duda, la mayoría del proletariado revolucionario; pero no tiene ni la capacidad organizativa necesaria para dirigir una revolución victoriosa en Alemania ni una dirección firme y segura que garantice contra catástrofes todavía peores que la de octubre. Se compone de elementos jóvenes en la actividad de partido, los cuales se han encontrado en cabeza de la oposición por la simple falta de dirigentes que es característica de Alemania. El grupo Brandler-Thalheimer es ideológicamente y en cuanto a preparación revolucionaria más fuerte que el anterior, pero también él tiene sus debilidades, mayores y más perniciosas en ciertos respectos que las del otro grupo. Brandler y Thalheimer se han convertido en talmudistas de la revolución. Queriendo encontrar a toda costa aliados para la clase obrera han acabado por descuidar la función de la clase obrera misma; queriendo conquistar a la aristocracia obrera controlada por los socialdemócratas, han creído poder hacerlo no ya mediante el desarrollo de un programa industrial que se basara en los Consejos de fábrica y en el control, sino concurriendo con los socialdemócratas en el terreno de la democracia, y llevando hasta la degeneración la línea del gobierno obrero y campesino. ¿Cuál de los dos grupos está a la derecha y cuál a la izquierda? La cuestión es algo bizantina. Es natural que Zinoviev, el cual no puede atacar a Brandler y Thalheimer por incapaces ni presentarlos como nulidades individuales, plantee la cuestión en un plano político y busque en sus errores los acentos suficientes para acusarlos de derechismo. Por lo demás, la cuestión se complica molestísimamente. Porque en ciertos respectos Brandler es un putchista, más que un derechista, y hasta se puede decir, al revés, que es un putchista porque es un derechista. Había asegurado que en octubre pasado era posible dar un golpe de Estado en Alemania, y había asegurado que el partido estaba técnicamente preparado para hacerlo. Zinoviev era, en cambio, muy pesimista y no pensaba que la situación estuviera políticamente madura. En las discusiones que se desarrollaron en la Central rusa, Zinoviev quedó en minoría, y contra su posición apareció entonces el artículo de Trotski titulado "Si la revolución puede hacerse en fecha fija". Zinoviev lo había dicho bastante claramente en una reunión del Presidium. Ahora bien: ¿en qué consiste el núcleo de la cuestión? En el mes de julio, tras la conferencia de la Paz de La Haya, Radek, que había vuelto a Moscú después de una tournée, presentó un informe catastrófico sobre la situación alemana. Resultaba del mismo que el Comité Central guiado por Brandler no gozaba ya de la confianza del partido; que la minoría, pese a estar constituida por elementos incapaces y algunas veces turbios, tenía consigo la mayoría del partido y podría conseguir en el Congreso de Leipzig la mayoría, de no impedírselo el centralismo y el apoyo del Komintern; que el Comité Central aplicaba sólo formalmente las decisiones de Moscú, que no se había hecho ninguna campaña sistemática en favor del frente único y del gobierno obrero, sino sólo alguna publicación de artículos de periódico de carácter teórico y abstruso, no leídos por los obreros. Es evidente que tras ese informe de Radek el grupo Brandler se puso en movimiento y, para evitar la victoria de la minoría, preparó un nuevo marzo de 1921 [46]. Si errores hubo, los cometieron los alemanes. Los camaradas rusos, concretamente Radek y Trotski, cometieron el error de creer en las vaciedades de Brandler y los demás, pero tampoco en este caso su posición era de derecha, sino más bien de izquierda, hasta el punto de incurrir en la acusación de putchismo.

46 Los levantamientos comunistas comenzados el 24 de marzo de 1921 en Hamburgo y Sajonia, luego generalizados débilmente por toda Alemania y terminados con una sangrienta represión dirigida por el socialdemócrata Noske, utilizando las unidades militares y paramilitares de la extrema derecha alemana.

He creído oportuno hablar largamente de este asunto porque es necesario tener una orientación suficientemente clara en este terreno. Los Estatutos de la Internacional dan al partido ruso la hegemonía de hecho en la organización mundial. Por tanto, es seguro que hay que conocer las diversas corrientes que se presentan en el Partido ruso para comprender las orientaciones que se imprimen en cada caso a la Internacional. Hay que tener en cuenta, además, la situación de superioridad en que se encuentran los camaradas rusos, los cuales, además de tener a su disposición las masas de información características de nuestras organizaciones, cuentan con la información más abundante, y más precisa en algunos respectos, que llega al Estado ruso. Por eso sus orientaciones se basan en un fundamento material que nosotros no podremos conseguir hasta después de la revolución, y eso da a su supremacía un carácter permanente y difícilmente vulnerable.

El manifiesto de la izquierda comunista. --Llego ahora a las cuestiones más estrictamente nuestras. El camarada Urbani escribe que yo he exagerado mucho en mi apreciación del carácter del manifiesto. Sigo sosteniendo que el manifiesto es el comienzo de una batalla a fondo contra la Internacional, y que en él se pide la revisión de todo el desarrollo táctico ocurrido desde el III Congreso.

Entre los puntos conclusivos del manifiesto, el de la letra b) dice que es necesario provocar en los órganos componentes de la Internacional una discusión acerca de las condiciones de la lucha proletaria en Italia durante los últimos años, una discusión de amplio alcance y fuera de los dispositivos contingentes y transitorios que a menudo sofocan el examen y la solución de los problemas más importantes. ¿Qué significa eso, si no es que se pide y se considera posible una revisión no sólo de la táctica del Komintern en Italia después del III Congreso [47: De la Internacional Comunista], sino también de los principios generales que están en la base de esa táctica? No es verdad que, como se afirma en el último período del capítulo ("La táctica comunista en Italia"), La Internacional no haya dicho, después del III Congreso, qué quería que se hiciera en Italia. En el número 28 de la revista La Internacional Comunista se publica una carta abierta del Ejecutivo de la Internacional al Comité Central del Partido Comunista en Italia, carta escrita a mediados de marzo de 1923, o sea, después del Ejecutivo ampliado de febrero. En ella se refuta y se rechaza toda la concepción de las tesis sobre la táctica presentada al Congreso de Roma, y se afirma que esa concepción está en desacuerdo completo con las resoluciones del III Congreso. En la carta se tratan especialmente estos puntos: 1) el problema de la conquista de la mayoría; 2) las situaciones en las cuales se hace necesaria la batalla, y las posibilidades de la lucha; 3) el frente único; 4) la consigna del gobierno obrero.

En el tercer punto se fija la cuestión del frente único en el campo sindical y en el campo político. Y allí se dice explícitamente que el partido debe entrar en comités mixtos por la lucha y la agitación. En el punto cuarto se intenta trazar una línea táctica inmediata para la lucha italiana, que debe llevar al gobierno obrero. La carta termina con esta frase: "es preferible que el partido se contente con las tesis elaboradas en el III Congreso y en el Ejecutivo ampliado de febrero, y que renuncie a sus tesis en vez de presentar éstas, las cuales obligarían al Ejecutivo a combatir abiertamente y del modo más enérgico las concepciones del Comité Central italiano". Yo no creo que, después de esta carta del Ejecutivo, que tiene un valor y una significación muy precisos, se pueda pedir, como se pide en el manifiesto, que se vuelva a desarrollar toda la discusión por encima de los hechos contingentes. Eso significaría decir abiertamente que el partido italiano, después del III Congreso, se ha encontrado sistemática y permanentemente en desacuerdo con la orientación del Komintern, y que quiere entablar una lucha de principios.

La tradición del partido. --Niego resueltamente que la tradición del partido sea la que se refleja en el manifiesto. Se trata de la tradición, de la concepción de uno de los grupos que han formado nuestro partido, pero no de una tradición del partido. Del mismo modo niego que exista una crisis de confianza entre la Internacional y el partido en su conjunto. Esa crisis existe sólo entre la Internacional y una parte de los dirigentes del partido. El partido se ha formado en Livorno no sobre la base de una concepción que haya seguido luego persistiendo y desarrollándose, sino sobre una base concreta e inmediata: la separación de los reformistas y de los que se ponían de parte de los reformistas contra la Internacional. La base más amplia, la que llevó al comité provisional de Imola [48] las simpatías de una parte del proletariado, era la fidelidad a la Internacional comunista. Por eso puede afirmarse todo lo contrario de lo que sostiene el manifiesto. Sus firmantes podrán ser acusados con toda la razón de no haber sabido interpretar la tradición del partido y de haberse salido de ella. Pero esta cuestión es puramente verbal y bizantina. Se trata de un hecho político: Amadeo, una vez en la dirección del partido, ha querido que su opinión predominara y se convirtiera en la del partido. Todavía hoy, con el manifiesto, se propone eso. Una cuestión es que nosotros hayamos permitido que en el pasado ese intento tuviera éxito; pero que hoy sigamos admitiéndolo y que, firmando el manifiesto, sancionemos una situación que encapsula al partido, es otra cuestión muy distinta. En realidad, nunca hemos dejado de modo absoluto que se consolidara esa situación. Yo, por lo menos, ya antes del Congreso de Roma, en el discurso que pronuncié en la asamblea de Turín, dije con bastante claridad que aceptaba las tesis sobre la táctica sólo por una razón contingente de organización del partido, pero que era partidario del frente único hasta su conclusión normal, el gobierno obrero [49]. Por lo demás, el conjunto de las tesis de Roma no se había discutido nunca a fondo en el partido, y en el Congreso de Roma la cuestión estuvo bastante clara; si el Ejecutivo no hubiera concluido con los delegados del Komintern un compromiso por el cual las tesis se presentaban sólo a título consultivo y se retirarían después del IV Congreso [50], no es muy probable que la mayoría de los delegados hubiera votado por el Ejecutivo. Puesta ante un ultimátum del Komintern, la mayoría del Congreso no habría vacilado, sino que se habría mantenido en su tradición de fidelidad a la Internacional. Desde luego que así habría hecho yo, y conmigo las delegaciones piamontesas, con las que tuve una reunión tras el discurso de Kolarov y con las que estaba de acuerdo sobre estos puntos: impedir a la minoría que conquistara el partido por sorpresa, pero no dar al voto una significación que rehusara la cuestión organizativa.

48 El Comité provisional de Imola estaba compuesto por los firmantes del manifiesto de la fracción comunista del P.S.I. (29 de noviembre de 1920): Bombacci, Bordiga, Fortichiari, Gramsci, Misiano, Polano, Repossi, Terracini.

49 Esta es la interpretación más explícita que ha dado Gramsci de lo que a veces se ha descrito como "inercia" suya durante el período (1921-1923) de dirección extremista del P.C.d'I.: que no entró en pugna con Bordiga para evitar que la derecha (Tasca) se hiciera con la organización.

50 De la Internacional Comunista.

La concepción del manifiesto. --Aparte de esas cuestiones más o menos jurídicas, sostengo que ha llegado el momento de dar al partido una orientación distinta de la que ha tenido hasta ahora. Empieza una nueva fase de la historia no sólo de nuestro partido, sino también de nuestro país. Por tanto, hay que entrar en una fase de mayor claridad en las relaciones internas de partido y en las relaciones entre el partido y la Internacional. No quiero alargarme demasiado y trataré sólo algunos puntos, con la esperanza de que basten para iluminar también las cuestiones omitidas.

Uno de los errores más graves que han caracterizado y caracterizan aún la actividad de nuestro partido puede resumirse con las mismas palabras con que se expresa la segunda tesis sobre la táctica: "Sería erróneo considerar esos dos factores, la conciencia y la voluntad, como facultades que puedan obtenerse y deban exigirse por y de los individuos, pues sólo se realizan por la integración de la actividad de muchos individuos en un organismo colectivo unitario".

Ese concepto, que es verdadero si se refiere a la clase obrera, es equivocado y sumamente peligroso si se refiere al partido. Antes de Livorno era el concepto de Serrati [51], el cual sostenía que el partido en su conjunto era revolucionario aunque coexistieran en él socialistas de todo pelo y color. En el congreso de escisión de la socialdemocracia rusa ese concepto era el sostenido por los mencheviques, los cuales decían que cuenta el partido en su conjunto, y no sus diversos individuos. Para éstos, basta conque declaren que son socialistas. En nuestro partido esa concepción ha determinado sólo parcialmente el peligro oportunista. Pues no se puede negar que la minoría ha nacido y ha conseguido prosélitos por falta de discusión y de polémica dentro del partido, o sea, por no haber dado importancia a los camaradas individuales y por no haber intentado orientarlos algo más concretamente de lo que puede hacerse con las resoluciones y disposiciones taxativas. Pero en nuestro partido ha habido que lamentar otro aspecto del peligro: la esterilización de toda la actividad de los individuos, la pasividad de la masa del partido, la estúpida seguridad de que ya había quien pensaba y curaba de todo. Esta situación ha tenido gravísimas repercusiones en el campo organizativo. Le ha faltado al partido la posibilidad de elegir con criterios racionales los elementos de confianza a los cuales encargar determinados trabajos. La elección se ha hecho empíricamente, según los conocimientos personales de los diversos dirigentes, y ha recaído las más de las veces en elementos que no gozaban de la confianza de las organizaciones locales y que, por tanto, eran saboteados.

51 Giacinto Menotti Serrati, 1872-1926. Dirigente "intransigente" del P.S.I.. Varias veces encarcelado desde su juventud. Exiliado en Francia, Estados Unidos, Suiza. Director del Avanti!. Unico miembro de la delegación italiana relativamente favorable a las tesis de Lenin en la conferencia de Kienthal. Pasó al P.C.d'I. una vez fracasados los intentos de fusión con el grueso del P.S.I. Murió mientras se dirigía a una reunión clandestina del P.C.d'I., el 11 de mayo de 1926.

Añádase a eso que el trabajo realizado no se controlaba sino en parte mínima, con lo cual se produjo en el partido una separación verdadera entre las masas y los dirigentes. Esta situación sigue existiendo y me parece cargada de peligros innumerables. Durante mi estancia en Moscú no he encontrado uno solo de los emigrados políticos --y proceden de los lugares más dispares de Italia y se encuentran entre los elementos más activos-- que comprendiera la posición de nuestro partido y que no criticara duramente al Comité Central, aun haciendo, naturalmente, las más amplias protestas de disciplina y obediencia. El error del partido ha consistido en poner en primer plano y abstractamente el problema de la organización, lo cual, además, ha significado sólo la creación de un aparato de funcionarios ortodoxos para con la concepción oficial. Se creía y se sigue creyendo que la revolución depende sólo de la existencia de un aparato así, y se llega incluso a creer que esa existencia puede determinar la revolución.

El partido ha carecido de actividad orgánica de agitación y de propaganda, la cual habría debido merecernos, en cambio, la mayor preocupación, y facilitar la formación de verdaderos especialistas en este campo. No se ha intentado suscitar en las masas y en toda ocasión la posibilidad de expresarse en el mismo sentido que el Partido Comunista. Todo acontecimiento, toda conmemoración de carácter local, nacional o mundial habrían tenido que servir para agitar a las masas a través de las células comunistas, poniendo a votación mociones, difundiendo octavillas. La deficiencia no es casual. El Partido Comunista ha sido hasta contrario a la formación de células de fábrica [52]. Toda participación de las masas en la actividad y en la vida interna del partido que no fuera la de las grandes ocasiones y por orden formal del centro se ha visto como un peligro para la unidad y para la centralización. No se ha concebido el partido como resultado de un proceso dialéctico en el cual convergen el movimiento espontáneo de las masas revolucionarias y la voluntad organizativa y directiva del centro, sino como un algo en el aire que se desarrolla por sí mismo y en sí mismo, y al cual llegarán las masas cuando la situación sea propicia y la cresta de la oleada revolucionaria alcance su altura, o bien cuando el centro del partido considere que debe abrir una ofensiva y se incline hasta las masas para estimularlas y llevarlas a la acción. Puesto que las cosas no suceden así, era natural que se formaran sin saberlo en el centro núcleos de infección oportunista. Y éstos tenían su reflejo en el grupo parlamentario, y luego lo tuvieron de forma más orgánica en la minoría.

52 El izquierdismo de los años veinte era contrario a la célula de fábrica, a la que consideraba germen de tendencias reformistas: veía en ella un órgano racionalizador de la producción y "absorbible", consiguientemente, por el capitalismo.

Esta concepción ha influido en la cuestión de la fusión [53]. La pregunta constantemente dirigida al Komintern era: ¿Se cree que nuestro partido se encuentra aún en el estadio de la nebulosa o que es ya una formación plena? La verdad es que el partido no está nunca ni estará nunca definido definitivamente. Sólo estará definido cuando sea la totalidad de la población, o sea, cuando el partido haya desaparecido. Hasta su desaparición por haber conseguido los objetivos máximos del comunismo, atravesará toda una serie de fases transitorias y absorberá sucesivamente elementos nuevos en las dos formas históricamente posibles: por adhesión individual o por adhesión de grupos más o menos grandes. La situación se dificultaba todavía más para nuestro partido por las disensiones con el Komintern. Si la Internacional es un partido mundial, aunque sea entendiendo eso con muchos granos de sal, es evidente que el desarrollo del partido y las formas que puede asumir dependen de dos factores, y no sólo de uno.

53 Fusión del P.C.d'I con el P.S.I. cuando éste se hubiera separado de su derecha (Turati). La I.C. insistió en esta política fusionista desde el III Congreso, de acuerdo con su política de alianzas.

O sea: dependen no sólo del Ejecutivo nacional, sino también, y especialmente, del Ejecutivo internacional, que es el más fuerte. Para sanear la situación y conseguir dar al desarrollo de nuestro partido el impulso que desea Amadeo, sería necesario conquistar el Ejecutivo internacional, o sea, convertirse en la palanca de toda una posición. Políticamente se llega a ese resultado, y es natural que el Ejecutivo internacional intente romper la columna vertebral al Ejecutivo italiano.

Amadeo tiene su concepción de todo eso, y en su sistema todo es lógicamente coherente y consecuente. El piensa que la táctica internacional manifiesta reflejos de la situación rusa, o sea, que ha nacido en el terreno de una civilización capitalista atrasada y primitiva. Para él esa táctica es sumamente voluntarista y teatral, porque sólo con un extremo esfuerzo de la voluntad se podía obtener de las masas rusas una actividad revolucionaria, que no estaba determinada por la situación histórica. Piensa que para los países más desarrollados de Europa central y occidental esa táctica es inadecuada o incluso inútil. En estos países el mecanismo histórico funciona en su opinión según todos los carismas marxistas: se da la determinación que faltaba en Rusia y, por tanto, la tarea absorbente tiene que consistir en organizar el partido en sí y por sí. Yo, en cambio, creo que la situación es muy distinta. En primer lugar, porque la concepción política de los comunistas rusos se ha formado en un terreno internacional, y no en el nacional; en segundo lugar, porque en la Europa central y occidental el desarrollo del capitalismo ha determinado no sólo la formación de amplios estratos proletarios, sino también, y por lo mismo, la aristocracia obrera, con sus anexos de burocracia sindical y de grupos socialdemócratas. La determinación, que en Rusia era directa y lanzaba las masas a la calle, al asalto revolucionario, en Europa central y occidental se complica con todas estas superestructuras políticas creadas por el superior desarrollo del capitalismo, hace más lenta y más prudente la acción de las masas y exige, por tanto, al partido revolucionario toda una estrategia y una táctica mucho más complicadas y de más respiro que las que necesitaron los bolcheviques en el período comprendido entre marzo y noviembre de 1917. Una cosa es que Amadeo tenga su concepción e intente su triunfo no sólo a escala nacional, sino también a escala internacional: él está convencido y lucha con mucha habilidad y con mucha elasticidad para obtener sus finalidades, para no comprometer sus tesis, para retrasar una sanción del Komintern que le impidiera seguir hasta enlazar con el período histórico en el cual la revolución en Europa occidental y central quite a Rusia el carácter hegemónico que hoy tiene. Pero es otra cosa muy distinta el que nosotros, que no estamos convencidos de la historicidad de esa concepción, sigamos apoyándola políticamente y dándole, por tanto, todo su valor internacional. Amadeo se sitúa en la posición de una minoría internacional. Nosotros tenemos que situarnos en la de una mayoría nacional. Por eso no podemos admitir que el gobierno del partido se confíe a representantes de la minoría [54] por el hecho de que éstos estén de acuerdo con la Internacional; no podemos admitirlo ni siquiera en el caso de que, tras la discusión abierta del manifiesto, la mayoría del partido siga apoyando a los actuales dirigentes. En mi opinión éste es el punto central que ha de determinar políticamente nuestra actitud. Si estuviéramos de acuerdo con las tesis de Amadeo, tendríamos que plantearnos, naturalmente, el problema de si, teniendo con nosotros la mayoría del partido, conviene seguir dentro de la Internacional, dirigidos nacionalmente por la minoría para dar tiempo al tiempo y llegar a invertir la situación que nos da la razón teóricamente, o si, por el contrario, convendría romper con la Internacional. Pero el hecho es que no estamos de acuerdo con las tesis de Amadeo, y entonces firmar el manifiesto significa cargar con toda la responsabilidad de este equívoco: si se obtiene la mayoría para las tesis de Amadeo, aceptar la dirección de la minoría nosotros que no estamos de acuerdo con esas tesis y que podríamos, por tanto, resolver orgánicamente la situación; y si las tesis de Amadeo se quedan en minoría, quedar nosotros también en minoría, cuando por nuestras concepciones estaríamos de acuerdo con esa mayoría que se pondría del lado de la Internacional. Eso significaría en cualquier caso nuestra liquidación política, y el separarnos entonces de Amadeo, como consecuencia de una situación así, tendría el aspecto más antipático y odioso.

54 Minoría: la fracción derechista encabezada por Tasca y Graziadei.

Indicaciones para el trabajo futuro. --No quiero ser muy largo en esta parte, que requeriría mucho espacio para tratarla adecuadamente.

Me contentaré con algunas indicaciones. El futuro trabajo del partido tendrá que renovarse en sus dos aspectos, el organizativo y el político.

En el terreno organizativo, creo que es necesario dar importancia al Comité Central y hacer que trabaje más, dentro de lo posible en esta situación. Creo que es necesario fijar mejor las relaciones que debe haber entre los varios organismos de partido, definiendo más exacta y rigurosamente la división del trabajo y la fijación de las responsabilidades. Deben crearse dos órganos y dos actividades nuevas: una comisión de control, constituida predominantemente con obreros veteranos, para juzgar en última instancia los litigios que no tengan repercusión política directa y para los cuales, por tanto, no sea necesaria la intervención inmediata del Ejecutivo; la comisión debe examinar constantemente la situación de los miembros del partido para las revisiones periódicas. Un comité de agitación y propaganda que debe recoger todo el material local y nacional necesario y útil para el trabajo de agitación y propaganda del partido. Este comité debe estudiar las situaciones locales, proponer agitaciones, redactar manifiestos y tesis para orientar el trabajo de los organismos locales; tiene que apoyarse en toda una organización nacional cuyo núcleo constitutivo será el barrio para los grandes centros urbanos y el ayuntamiento en el campo; tiene que empezar su trabajo partiendo de un censo de los militantes del partido, los cuales deben dividirse para las diversas finalidades de la organización y según la antigüedad y los cargos que hayan desempeñado, la capacidad que hayan demostrado y también, evidentemente, las dotes morales y políticas.

Habrá que establecer una precisa división del trabajo entre el Ejecutivo y la Oficina Política. Hay que establecer responsabilidades precisas y competencias bien definidas que no puedan violarse sin graves sanciones disciplinarias. Creo que éste es uno de los puntos más débiles de nuestro partido y el que más ha probado que el centralismo instaurado era más una formalidad burocrática y una confusión vulgar de las responsabilidades y las competencias que un riguroso sistema organizativo.

En el terreno político hay que fijar con exactitud las tesis sobre la situación italiana y sobre las fases posibles del ulterior desarrollo. En 1921-22 el partido tenía la siguiente concepción oficial: que era imposible la instauración de una dictadura fascista o militar; con gran dificultad conseguí impedir que esa concepción tuviera que aparecer por escrito, cuando logré que se modificaran fundamentalmente las tesis 51 y 52 sobre la táctica. Ahora me parece que se está cayendo en otro error íntimamente relacionado con el de entonces. Entonces no se daba importancia a la oposición sorda y latente de la burguesía industrial contra el fascismo, ni se pensaba que fuera posible un gobierno socialdemócrata, sino sólo una de estas tres soluciones: dictadura del proletariado (solución menos probable), dictadura del Estado Mayor por cuenta de la burguesía industrial y de la corte, dictadura del fascismo; esta concepción ha atado nuestra acción política y nos ha llevado a muchos errores. Ahora se ignora de nuevo la naciente oposición de la burguesía industrial, y especialmente de la oposición que se dibuja en el sur con un carácter más resueltamente territorial y provocando, por tanto, la aparición de algunos aspectos de la cuestión nacional. Predomina la opinión de que la recuperación proletaria no puede ni tiene que producirse más que en beneficio de nuestro partido. Yo creo, en cambio, que en el momento en que se produzca esa recuperación nuestro partido seguirá siendo minoritario, que la mayoría de la clase obrera seguirá a los reformistas, y que los burgueses demócratas liberales tendrán todavía mucho que decir. No dudo de que la situación es activamente revolucionaria ni de que, por tanto, nuestro partido conseguirá esa mayoría en un tiempo determinado; pero ese período, que acaso no sea largo cronológicamente, será, sin duda, denso en fases suplementarias que tendremos que prever con una cierta exactitud para poder maniobrar y para no caer en errores que prolonguen los sufrimientos del proletariado.

Creo, además, que el partido tiene que plantearse prácticamente algunos problemas que no se han considerado nunca y cuya solución se ha confiado a los elementos que estaban directamente relacionados con ellos. El problema de la conquista del proletariado milanés es un problema nacional de nuestro partido, que debe resolverse con todos los medios que el partido tenga a su disposición, y no sólo con los de la organización de Milán. Por eso hay que llevar a Milán elementos obreros de otras ciudades, introducirles en las fábricas, enriquecer la organización legal e ilegal de Milán con los mejores elementos de toda Italia. Creo, así a ojo, que hay que introducir en el cuerpo obrero de Milán por lo menos un centenar de camaradas dispuestos a trabajar a vida o muerte por el partido. Otro problema de este tipo es el de los trabajadores del mar, íntimamente relacionado con el problema de la escuadra de guerra. Italia vive del mar; no ocuparse del problema marinero como de uno de los más esenciales, como un problema al que el partido debe dedicar la mayor atención, significaría no pensar concretamente en la revolución. Cuando pienso que por mucho tiempo el dirigente de nuestra política entre los marineros ha sido un chiquillo como el hijo de Caroti se me pone carne de gallina. Otro problema es el de los ferroviarios, que siempre hemos considerado desde un punto de vista estrictamente sindical, cuando en realidad trasciende esa cualidad y es un problema nacional y político de primer orden. Cuarto y último de estos problemas es el del sur, que hemos ignorado como lo ignoraban los socialistas, creyendo que puede resolverse dentro del ámbito normal de nuestra actividad política general. Siempre he estado convencido de que el sur se convertiría en la tumba del fascismo, pero creo que será, además, la mayor reserva y la plaza de armas de la reacción nacional e internacional, si antes de la revolución no estudiamos adecuadamente sus problemas y si no estamos preparados para todo.

Creo haberos dado una idea bastante clara de mi posición y las diferenciaciones que existen entre ella y la que se desprende del manifiesto. Como pienso que vosotros estáis en gran parte de acuerdo con mi posición, en la cual hemos coincidido y por no poco tiempo, espero que tendréis todavía la posibilidad de decidir de otro modo del que estabais a punto de hacerlo.

Con los saludos más fraternales,

Masci.

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