A PALMIRO TOGLIATTI

Moscú, 18 de mayo de 1923.

Querido Palmiro:

Contestaré extensamente tu carta y te expondré cuál es en este momento mi opinión sobre la situación del partido y sobre las perspectivas que se pueden trazar para su futuro desarrollo, y en relación con la actitud de los grupos que lo constituyen. En línea general te digo inmediatamente que tú eres demasiado optimista, la cuestión es mucho más compleja de lo que aparece en tu carta. Durante el IV congreso [de la Internacional] tuve algunas conversaciones con Anadeo [Bordiga], las cuales me inducen a creer necesaria una discusión abierta y definitiva entre nosotros a propósito e algunas cuestiones que hoy parecen o pueden parecer nimiedades intelectuales, pero que yo juzgo de tal naturaleza que pueden convertirse, en un desarrollo revolucionario de la situación italiana, en causa de crisis y de descomposición interna del partido. La cuestión fundamental es hoy ésta, es decir aquella que tú mismo expusiste: es necesario crear en el interior del partido un núcleo, que no sea una fracción, de compañeros que tengan el máximo de homogeneidad ideológica y que logren por tanto imprimir a la acción práctica un máximo de unicidad directiva. Nosotros, el viejo grupo de Turín, cometimos muchos errores en este campo. Evitarnos llevar hasta sus extremas consecuencias las diferencias de ideas y prácticas que surgieron con Angelo [Tasca], no aclaramos la situación y hoy nos encontramos en este punto: un grupúsculo de compañeros explota por su cuenta la tradición y las fuerzas suscitadas por nosotros y Turín se convirtió en un documento contra nosotros.

En el campo general, debido a la repulsión que sentimos en 1919-1920 por crear una fracción, nos quedamos aislados, casi como individualidades sueltas, mientras que en el otro grupo, el abstencionista, la tradición de fracción y de trabajo en común ha dejado huellas profundas que todavía hoy tienen reflejos de ideas y prácticas muy considerables en la vida del partido. Pero te escribiré largo y detalladamente. Quisiera, además, escribir una carta más general para los compañeros de nuestro viejo grupo, corno Leonetti, Montagnana, etc., en la que explicaré también mi actitud en el IV congreso, que si recuerdan, reproduce mi misma situación de 1920 en Turín, cuando no quise entrar en la fracción comunista eleccionista y sostuve la necesidad de un mayor acercamiento con los mismos abstencionistas.

Pienso que hoy, por este camino, es más fácil, dadas las condiciones el movimiento en Europa, resolver en forma favorable para nosotros, al menos en la sustancia, las cuestiones en discusión. Formalmente fueron cometidas por nosotros gruesas equivocaciones que nos han hecho aparecer como infantiles, ligeros y desorganizadores. Pero la situación nos es favorable en toda la línea. Por lo que respecta a Italia yo soy optimista dado que, lo doy por descontado, nosotros sabemos trabajar y permanecer unidos. Pienso que la cuestión del Partido Socialista Italiano debe ser vista por nosotros de una manera más realista y pensando, por reflejo, en el período posterior a la toma del poder. Tres años de experiencia nos han enseñado, no sólo en Italia, lo mucho que están enraizadas las tradiciones socialdemócratas y cómo es difícil destruir los residuos del pasado con la simple polémica ideológica.

Es necesaria una vasta y detallada acción política, que disgregue, día por día, esta tradición, disgregando al organismo que la personifica. La táctica de la Internacional es adecuada para ello. En Rusia, sobre 350.000 miembros del PC sólo 50.000 son viejos bolcheviques, los otros 300.000 son mencheviques y socialrevolucionarios venidos a nosotros por la acción del núcleo original, el cual sin embargo no ha sido absorbido por este elemento, sino que continúa dirigiendo el partido y al contrario se refuerza continuamente en las representaciones de los congresos y en el movimiento general de la capa dirigente.

En el partido alemán se verifica lo mismo: los 50.000 espartaquistas han encuadrado completamente a los 300.000 independientes; en el cuarto congreso, sobre veinte delegados alemanes solamente tres eran ex independientes y esto a pesar de que la representación había sido escogida en gran parte por los organismos locales.

Yo pienso que por parte nuestra hay demasiadas preocupaciones y, si examino cuál pueda ser su raíz sicológica, encuentro una sola explicación: tenemos la conciencia de ser débiles y de poder ser absorbidos. Y debemos tener cuidado, porque esto tiene reflejos prácticos enormemente importantes. En Italia liemos cultivado en círculos cerrados una oposición desnutrida de todo ideal y de toda clara visión. ¿Qué situación se ha provocado? La masa del partido y de los simpatizantes forma su opinión sobre documentos públicos que están en la línea de la Internacional y, por reflejo, de la oposición. Nosotros nos separamos de la masa; entre nosotros y la masa se forma una nube de equívocos, de malos entendidos, de problemas complicados. Nosotros aparecemos, en un cierto momento, como hombres que quieren permanecer en su puesto a cualquier precio, es decir se harán recaer en perjuicio nuestro las culpas propias de la oposición. Yo creo que nosotros, que nuestro grupo, debemos permanecer a la cabeza del partido, porque estamos realmente en la línea del desarrollo histórico, porque no obstante todos nuestros errores hemos trabajado positivamente y hemos creado algo; los otros no han hecho nada y hoy quieren accionar para liquidar el comunismo en Italia, para llevar a nuestro joven movimiento al ámbito tradicional. Pero si continuamos asumiendo las actitudes formalistas que hemos asumido hasta ahora (¡atención!, ellas son formalistas para mí, para ti, para Bruno, para Humberto, no para Amadeo) obtendremos el fin opuesto al que deseamos; la oposición de hecho se convertirá en el representante del partido y nosotros quedaremos fuera, sufriremos una derrota práctica, irremediable quizá y que indudablemente será el inicio de nuestra disgregación como grupo y de nuestra derrota ideal y política. Y bien, no es necesario preocuparse demasiado por nuestra función dirigente: debemos caminar hacia adelante, explicando nuestra acción política, sin mirarnos demasiado en el espejo. Nosotros estamos en la cresta de la corriente histórica y tendremos éxito a condición de que rememos bien y tengamos firme el timón en nuestras manos. Si nosotros sabemos actuar bien absorberemos al partido socialista y resolveremos el primer y fundamental problema revolucionario: unificar al proletariado de vanguardia y destruir la tradición populista demagógica.

Desde este punto de vista el comentario hecho por ti sobre el congreso socialista no me satisfizo. Tú apareces en él corno el comunista que se mira en el espejo; en vez de disgregar al PSI tu comentario sirve para reforzarlo, poniendo a todo el movimiento socialista en antítesis insuperable con nosotros. Para los jefes, para Nenni, para Vella, etc., eso es indudable, pero para la masa inscrita, y eso es lo que más cuenta, para la zona de influencia proletaria, ¿es verdad eso? Ciertamente no, nosotros estamos persuadirlos de que el proletariado de vanguardia será atraído y asimilado por nosotros en su enorme mayoría, ¿qué es lo que hay que hacer entonces?

I. No insistir en las antítesis hechas en bloque, sino diferenciar entre jefes y masa.

II. Encontrar todos los elementos de diferencia entre los jefes y la masa y profundizarlos, ampliarlos, generalizarlos políticamente..

III. Hacer una discusión de política actual y no un examen de fenómenos históricos generales.

IV. Hacer proposiciones prácticas e indicar a la masa rumbos prácticos de acción y de organización.

Paso a dar ejemplos para que tú me entiendas mejor y amplío la cuestión al congreso popular, que no ha sido explotado políticamente por nosotros a pesar de que junto con el desarrollo de la situación del Partido Sardo de Acción, nos ofrece el campo para afirmaciones esenciales en el problema de las relaciones entre proletariado y clases rurales.

El problema socialista era éste: poner en evidencia el estridente contraste entre las palabras y los hechos de los jefes socialistas. Cuando la Internacional nos aconsejó hacer nuestro el movimiento de los socialistas de derecha, acerca del bloque entre los dos partidos, lo hizo porque era fácil prever que en la situación general la fusión se había hecho imposible y se necesitaba aprisionar a los Vella y a los Nenni en sus mismos recintos, seguros como era necesario estarlo, de que su actitud era demagógica y de que su línea era divergente de la nuestra. Esto se vio en la respuesta a nuestra proposición. En el comentario sobre el congreso era necesario comenzar anotando eso: la prohibición a los fusionistas de organizarse, su exclusión del centro dirigente, la disolución de la federación juvenil, eran elementos políticos de primer orden que debían ser explotados. La masa socialista debía ser puesta delante de este hecho preciso, era necesario para esta masa, a partir e la confusión de las polémicas y del verbalismo, hacer un trabajo para localizar las líneas directivas concretas y exponerlas en forma clara y comprensiva.

Lo mismo para el congreso popular. Yo creo que todo movimiento en el Partido Popular, dadas las vinculaciones entre esta organización y el Vaticano, tiene para nosotros una importancia especial. A mi criterio, el congreso popular tuvo este significado. Existe un amplio y difuso descontento entre las masas campesinas contra la política del partido, descontento determinado especialmente por el nuevo impuesto a los transportadores agrícolas. Este estado de ánimo se amplía del campo a la ciudad, en vastas capas de la pequeña burguesía. La composición del Partido Popular es ésta: una derecha reaccionaria y fascista, basada en la aristocracia clerical, una izquierda basada en el campo y un centro constituido por elementos intelectuales urbanos y por curas. La campaña del Corriere y de la Stampa lleva agua al molino del centro popular. Los elementos que son separados por esta astuta campaña del fascismo se orientan necesariamente hacia el Partido Popular, única organización existente que puede dar la esperanza de tener posibilidades, con su táctica elástica y oportunista, de balancear el fascismo y de introducir una competencia de gobierno en el campo parlamentario, es decir una libertad como la entienden los liberales. La táctica fascista hacia los populares es muy peligrosa y llevará necesariamente a ser más izquierdista al partido y a determinar divisiones por la izquierda. Para los populares se presenta la misma situación que durante la guerra, pero enormemente más difícil y peligrosa. Durante la guerra los católicos eran neutralistas en las parroquias y en las aldeas, mientras los periódicos y las altas esferas eclesiásticas apoyaban clamorosamente la guerra. Entonces el gobierno no obligó al centro a oponerse a la periferia y a homogeneizarse. Los fascistas no quieren comportarse así. Ellos quieren tener consensos abiertos, declaraciones de corresponsabilidad, especialmente delante de las masas, en las células originarias de los partidos de masas. Eso es imposible pedírselo al Partido Popular sin pedirle implícitamente su muerte. Es evidente que nosotros debemos acentuar y ampliar la crisis de los populares, reproduciendo también en nuestros periódicos, declaraciones de elementos de izquierda, como hicimos una vez en Turín con Giuseppe Speranzini.

La carta me salió más larga y más compleja de lo que había pensado. Por hoy termino a pesar de que algunas de estas cuestiones quiero tratarlas ampliamente.

Saludos cordiales para los compañeros y para ti.

ANTONIO

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