EL PARTIDO COMUNISTA Y LOS SINDICATOS

(Resolución propuesta por el Comité central para el II Congreso del Partido Comunista de Italia)

I. La lucha proletaria y los sindicatos

1. El comunismo, como noción y como manifestación histórica más elemental y difundida, no es sino el movimiento real de rebelión de todo el pueblo trabajador, que lucha por liberarse de la opresión económica y espiritual del régimen capitalista y que, en relación a sus propias experiencias directas, construye los organismos que se revelan más idóneos para el cumplimiento de aquellos fines determinados en cada oportunidad por el mismo desarrollo de la lucha general. El carácter originario y esencial de este movimiento es la negatividad; al ser impuesto y no propuesto, no puede manifestarse de inmediato como la realización orgánica de un plan de reconstrucción prefijado. Por el contrario, solamente puede manifestarse como un vasto, múltiple y caótico surgimiento de energías rústicas y desordenadas, que espontáneamente tienden a la ciega destrucción y que sólo lentamente y por estratos sucesivos terminan encuadrándose y componiéndose de manera permanente. La existencia de una organización mundial capitalista, que unifica jerárquicamente a los más dispares ambientes económicos y a las poblaciones que allí trabajan en distintas condiciones de desarrollo de los medios técnicos de producción, hace entrar en la noción y en las manifestaciones del comunismo a todas las distintas formas asumidas en el actual periodo por la rebelión contra el régimen capitalista: la lucha del proletariado conscientemente orientada a la conquista de la autonomía industrial y del poder gubernativo en los países económica y políticamente más desarrollados; la lucha de las clases campesinas contra los grandes propietarios de tierras por la posesión del suelo y contra el estado centralizador y militarista que actúa respecto de ellas como un aparato de explotación fiscal y como una divinidad jamás satisfecha de sangre; la lucha de los pueblos coloniales contra el imperialismo de las metrópolis. Pero todo el edificio mundial del imperialismo se apoya en la gran industria: por eso, la lucha del proletariado por la conquista de la autonomía industrial y del poder gubernativo se convierte históricamente en el punto de apoyo de la lucha universal contra el capitalismo y en elemento organizativo y unificador del comunismo. Las clases campesinas y los pueblos coloniales no están en condiciones de realizar por sus propios medios su libertad particular; es necesario a tal fin que el proletariado elimine a la burguesía del gobierno de la industria y del gobierno de los estados hegemónicos. Por otro lado, sin la solidaridad organizada y sistemática de las clases campesinas y de los pueblos coloniales, el proletariado no puede realizar permanentemente su misión liberadora. Por lo tanto, la fase superior del comunismo, es decir, la de lucha universal contra la opresión y la explotación capitalista, se realiza en la existencia de una organización mundial que se proponga la tarea de unificar y centralizar los esfuerzos revolucionarios de todas las fuerzas sociales en lucha contra el régimen capitalista. De una organización mundial que elabore los elementos de solidaridad manifestados concretamente en el múltiple desarrollo de la lucha general y que produzca el terreno sobre el cual, en un momento dado, esta solidaridad pueda corporizarse en una acción revolucionaria simultánea. La internacional Comunista es esta organización mundial.

2. La lucha del proletariado por la conquista de la autonomía industrial se ha concretado históricamente en la organización de los sindicatos profesionales.

El sindicato es la primera creación original del proletariado que busca los límites de su propia estructura de clase, elige de su mismo seno a sus dirigentes, adquiere los primeros elementos de una administración propia y de un propio gobierno, y se propone limitar y controlar la arbitrariedad y la prepotencia de las clases dominantes, sentando así las primeras bases de su propia emancipación y de su propio poder. En el curso de su desarrollo, el movimiento sindical se vuelve la negación más decidida de la democracia burguesa.

El proceso de desarrollo del capitalismo está caracterizado por dos hechos esenciales: una organización y una concentración máxima de los medios materiales de producción y de cambio, obtenidas especialmente a través del monopolio del crédito; y, en contraposición, una máxima desorganización y pulverización del más importante instrumento de producción: la clase trabajadora. La institución política donde se reflejan estos caracteres del capitalismo es el parlamento nacional, organización concreta de la democracia burguesa. Para que este régimen funcione normalmente, basta con que el pueblo trabajador se reúna como cuerpo sólo en el brevísimo instante de las elecciones de inmediatamente disolverse. La organización permanente de grandes masas, aunque ellas luchen por fines alcanzables sólo en el campo de la producción industrial, no puede menos que determinar, en última instancia, la descomposición de los órdenes constituidos. El solo hecho de que las organizaciones sindicales surjan y se desarrollen es la evidente demostración de que la democracia burguesa y el régimen parlamentario están corrompidos hasta en sus raíces: ellos, en efecto, surgieron para garantizar la libertad y las mejores condiciones de desarrollo de la personalidad humana que se afirma en función de la propiedad de bienes materiales, no de la personalidad humana que se afirma en función de la propiedad de energía física a aplicar a la producción de bienes materiales. Así, en cierto momento, la mayoría de la población queda sin protección alguna de parte del estado, justamente en lo referido a las actividades primordiales de la existencia: entonces, es natural que esa mayoría trate de garantizarse con medios propios, vale decir que cree su propio estado dentro del estado.

3. La organización sindical, embrión de un estado obrero dentro del estado burgués, sólo puede ser sufrida transitoriamente por el régimen capitalista: en los hechos, y en determinadas circunstancias, hasta puede ser útil al desarrollo del propio capitalismo. Pero la organización sindical no puede ser incorporada al régimen y volverse copartícipe del gobierno del estado. Puede gobernar efectivamente al estado sólo quien controla efectivamente la fábrica y la empresa y encuentra en este control las condiciones de su propia independencia económica y de su propia libertad espiritual. La participación efectiva de los sindicatos en el gobierno el estado debería significar la participación efectiva de la clase obrera en el gobierno de la fábrica, lo que normalmente está en absoluta contradicción con las necesidades capitalistas de la disciplina industrial. Estas necesidades determinan la implacable aversión del capitalismo por el movimiento sindical y su incesante lucha por disgregarlo y pulverizarlo. La invitación dirigida a los sindicatos para que participen directamente del gobierno puede tener entonces un solo significado: la absorción de los actuales dirigentes sindicales en el sector gubernativo para que cumplan en la sociedad un trabajo similar al cumplido por el capataz en la jerarquía de fábrica, para que aseguren al capitalismo el consentimiento pacífico de la clase obrera a una intensificación de la explotación. La invitación no sería entonces otra cosa que la fase actual de un fenómeno que siempre se ha verificado en la historia de la clase obrera: con el fin de disgregar la organización, el capitalismo nunca ha dejado de apelar a todos los recursos para corromper y colocar a su servicio a los elementos obreros que a través de la actividad sindical se han distinguido por su capacidad de inteligencia. Impedir que del seno de la masa obrera surja una capa dirigente autónoma, decapitarla periódicamente, empujándola al caos y a la indiferenciación: estos son aspectos de la lucha del capitalismo contra el proletariado.

II. Función y desarrollo de los sindicatos

4. La organización sindical se presenta históricamente como la antítesis y la negación de la democracia burguesa y del régimen parlamentario. Este hecho ha determinado el surgimiento de una ideología fundada en toda una serie de creencias sobre los desarrollos del sindicato que la realidad histórica ya se ha encargado de demostrar como absolutamente arbitrarias y falaces: el sindicalismo. Por su mismo origen y por los modos de su desarrollo, la organización sindical tiene límites que no pueden ser superados orgánicamente, a través de una expansión automática del movimiento inicial. El sindicato nace y se desarrolla, no por una energía autónoma, sino como una reacción a los males determinados por el desarrollo del sistema capitalista en perjuicio de la clase trabajadora. La organización sindical se mueve paralelamente al movimiento de la organización capitalista, como un reflejo de este movimiento; junto al proceso de monopolización de los instrumentos materiales de producción y de cambio se desarrolla el proceso de monopolización de la fuerza de trabajo. Sin embargo, se trata de un fenómeno que objetivamente no se diferencia del fenómeno capitalista, y la realidad ha demostrado cuán absurda es la creencia de que, en la competencia, el monopolio de la fuerza de trabajo podría lograr el predominio y la pura resistencia corporativa habría hecho derrumbar el poder industrial y, por consiguiente, el poder político del capitalismo. La realidad histórica ha demostrado que si la pura resistencia corporativa puede ser, o mejor aún lo es de hecho, la más útil plataforma para la organización de las más amplias masas, esa sin embargo, en un momento dado, cuando le place al capitalismo, que posee en el estado y en la guardia blanca un poderosísimo instrumento de coerción industrial, puede también revelarse como un fantasma inconsistente. La organización subsiste, el proletariado no pierde su espíritu de clase, pero la organización y el espíritu de clase ya no se expresan en el sindicato, que con frecuencia es abandonado; se expresa en cambio en una multiplicidad de manifestaciones alrededor del partido político al que la clase obrera reconoce como su partido. La pura resistencia corporativa se vuelve pura resistencia política.

También las previsiones de carácter técnico hechas por los sindicalistas respecto del desarrollo del sindicato se han demostrado arbitrarias y falaces. Los cuadros de las organizaciones sindicales habrían debido ofrecer una prueba experimental de la capacidad de la clase obrera para gestionar directamente el aparato de producción. El desarrollo normal de la organización sindical provocó resultados completamente opuestos a los previstos por el sindicalismo: los obreros convertidos en dirigentes sindicales perdieron por completo la vocación laboriosa y el espíritu de clase, y adquirieron todos los caracteres del funcionario pequeñoburgués, intelectualmente perezoso y moralmente corrompido o fácil de corromper. Cuanto más se amplió el movimiento sindical, incorporando a grandes masas, tanto más se extendió el "funcionarismo"; la imposibilidad de convocar frecuentemente las asambleas generales de afiliados impidió el control de las masas sobre los jefes; los obreros mejor retribuidos o que tenían otros ingresos aparte del salario formaron un sindicato dentro del sindicato, sosteniendo a los dirigentes en su obra de lento acaparamiento de la organización a los fines de un sector político, que luego reveló ser simplemente la coalición de todos los funcionarios sindicales mismos; estar organizados significó para la mayoría de los obreros no ya participar en la vida de la propia comunidad a fin de ejercer y desarrollar sus propias dotes intelectuales y morales, sino solamente pagar una cuota obligada para gozar de libertades formales, similares en todo a las libertades de que goza el ciudadano en el ámbito el estado parlamentario.

5. Con la formación de esta superestructura burocrática que funciona como partido político, se cierra todo un período histórico del movimiento sindical. La clase obrera, que en decenas y decenas de años había logrado formarse una capa dirigente, es decapitada por el tránsito de esta capa al campo de la democracia burguesa: la centralización fatigosamente lograda de todas las energías revolucionarias expresadas caóticamente por el desarrollo del capitalismo, en lugar de ser un instrumento, aun el más importante instrumento de la revolución social, se vuelve el factor decisivo de una íntima disgregación y del más completo descalabro de la estructura clasista. Este fenómeno no se limita a la clase obrera, y se revela como un fenómeno universal, propio de todas las clases oprimidas, de todo el movimiento de rebelión popular contra el régimen capitalista: caracteriza al período de organización y de ordenamiento de las energías revolucionarias elementales. La burocracia sindical nace y se agrupa por su propia cuenta en el terreno del movimiento sindical obrero: en el terreno de los campesinos, corresponde a este fenómeno el nacimiento y la organización de toda esa multiplicidad de partidos y de grupos políticos pequeñoburgueses que dieron la ilusión de una renovación de la institución parlamentaria, convertida en terreno de la acción política de las grandes masas. Y al mismo tiempo, dan también la ilusión de la posibilidad de una evolución legal y orgánica del capitalismo al socialismo. Pero, en realidad, a este desarrollo de grullos colaboracionistas en el terreno del movimiento revolucionario corresponde una intensificada actividad reaccionaria del capitalismo contra las grandes masas: las masas, privadas de su organización centralizada, retornan a formas de lucha que parecían superadas por la historia, que parecían propias de los primeros orígenes del movimiento revolucionario. Y este movimiento revolucionario vuelve a ser subterráneo, vuelve a ser un brotar desordenado y caótico de energías no injertadas de manera estable en cuadros vastos de integradores, sin una centralización, sin una simultaneidad de acción que no sean la centralización y la simultaneidad determinadas naturalmente por la centralización y la simultaneidad propias de la acción ofensiva del régimen capitalista.

III. El partido Comunista y los sindicatos

6. El partido comunista nace en el mismo momento en que surgen del seno de las grandes masas estas formaciones pequeñoburguesas, disgregadoras, y que actúan según los intereses el régimen capitalista; se propone reconstruir la conciencia unitaria y la capacidad de acción del movimiento sindical, injertando los fines específicos del sindicato profesional en el cuadro de las necesidades sociales creadas por la actual fase de la historia mundial. La organización de masas es al partido comunista lo que en el desarrollo histórico tradicional es el estado al gobierno: entonces, es fin específico del partido comunista promover y favorecer el nacimiento de una organización estatal a partir de la actual organización de resistencia de los trabajadores, afirmándose en ella como elemento preponderante de gobierno. Resultan de estas premisas: la función del partido en el campo sindical, las relaciones entre partido y sindicato, y las relaciones entre el partido comunista y los otros partidos que actúan en el campo sindical.

7. Las relaciones entre el partido comunista y el movimiento sindical no pueden ser definidas con los conceptos tradicionales de igualdad entre los dos organismos o de subordinación del uno al otro, sino solamente con la noción de las relaciones políticas establecidas entre un cuerpo electoral y el partido político que a él propone una lista de candidatos para la administración. Si la noción es igual, sin embargo la práctica real es fundamentalmente distinta.

El partido comunista tiene su representación permanentemente constituida en el seno del sindicato y actúa a través de ella, es decir con la mayor competencia y con la mayor responsabilidad. No se trata entonces de dos organismos distintos: sólo se trata, como por otro lado siempre ha sucedido, de una parte de la asamblea sindical que hace proposiciones y expone un programa al resto de la asamblea misma. Y esa asamblea, evidentemente, tiene libertad para aceptar las proposiciones y el programa, o para rechazar a ambos. Hasta ahora, en el movimiento sindical las direcciones siempre fueron disputadas entre grupos autónomos o grupos débilmente ligados a un partido. Ésta ha sido una de las principales razones de las corrupciones y traiciones consumadas por la burocracia sindical. Por cierto, no pretendemos que las relaciones de estricta organización y de severo control instauradas por el partido comunista entre su complejo unitario y cada uno de los grupos sindicalistas comunistas excluyan de manera absoluta la verificación de episodios de corrupción y traición. Pero podemos afirmar que ellos se volverán cada vez más raros, y en especial podemos afirmar también algo: la imposibilidad casi absoluta de que se verifique nuevamente un fenómeno como el de la formación de una burocracia sindical unida que se pasa en bloque a la burguesía. Esta seguridad existe tanto más por cuanto el partido comunista es a su vez controlado estrictamente por la Internacional: la aplicación integral del programa propuesto a una asamblea sindical por el grupo comunista interesa entonces no sólo a la asamblea misma, sino a la sección comunista a que pertenece ese determinado grupo, al partido y a la internacional. Los organizados que resultan elegidos por la asamblea para los cargos dirigentes sobre la base de ese programa, son sometidos a dicho control múltiple, que sin dudas tiene un valor educativo y sirve para moralizar el ambiente. Las objeciones hechas por reformistas y sindicalistas a estas relaciones que el partido comunista tiende a crear entre su organización y la organización sindical, están privadas de todo fundamento.

El partido comunista quiere que también en el sindicato sus miembros sigan siendo coherentes y disciplinados, quiere que un comunista convertido en dirigente sindical permanezca fiel al programa por el que ha sido elegido, en toda circunstancia. ¿Qué daño puede acarrear esto a las masas organizadas y al movimiento sindical?

8. Estas relaciones prácticamente asumen la forma de una red organizativa del movimiento sindical en su conjunto. Cada fábrica o empresa, cada sindicato, por más pequeño que pueda ser, tiene o debería tener su grupo comunista; la expansión y la popularidad del partido comunista están en proporción a la difusión de los grupos comunistas en estos organismos y al prestigio de que allí gocen. En la fábrica, el grupo comunista desarrolla su actividad para la conquista de la comisión interna, si es que existe y, cuando todavía no existe, lucha para que nazca y se la reconozca. Además, el grupo prepara en este ambiente las asambleas sindicales y allí discute los métodos y la táctica de los reformistas, sindicalistas y anarquistas. Allí hace la propaganda en favor de los consejos y del control sobre la producción, partiendo no de los principios generales sino de las experiencias concretas de la fábrica misma, comunes a todas las maestranzas, y llegando de estas experiencias a la afirmación de los principios políticos y del programa del partido. Los grupos sindicales comunistas se reúnen local y nacionalmente, formando comités por cada cámara del trabajo y por cada federación nacional de oficio o de industria. Ellos aceptan el principio de la disciplina democrática: es decir, si son minoría se muestran dispuestos a las decisiones de la mayoría, pero en ningún caso aceptan limitaciones a la propia libertad de propaganda y de crítica escrita y oral. Si son minoría, aceptan cargos en los organismos deliberativos directamente elegidos por las masas organizadas y no por los organismos ejecutivos, elegidos en segundo grado, y a los cuales no podrían entrar sino por una benigna concesión o por compromiso. El conjunto de los comités sindicales está obligado a recibir sus palabras de orden del comité central sindical.

La red de los grupos y comités sindicales debe ser considerada no como una institución provisional, dirigida únicamente a la conquista de las centrales del movimiento sindical, sino como una institución permanente, que tendrá sus objetivos y desarrollará una actividad propia aun después del advenimiento de la dictadura proletaria.

IV. El problema de la unidad sindical en Italia

9. El problema fundamental que se le plantea al partido comunista es el de la unificación de las grandes masas. En Italia, este problema se vuelve mucho más difícil que en otros países a causa de la existencia de una multiplicidad de centrales sindicales. Por ello, en un primer período, el problema se presenta como el de la unificación organizativa del movimiento sindical obrero.

En la actual situación creada a la clase obrera y campesina por la ofensiva industrial contra los horarios y los salarios y por la ofensiva militar de la guardia blanca, la unidad organizativa del proletariado, en su carácter de condición preliminar para una acción simultánea de conjunto, representa el único instrumento capaz de ser utilizado todavía con éxito en el campo de la resistencia corporativa.

En 1919, a causa del predominio absoluto del Partido Socialista como guía de las luchas revolucionarias de masas, habría bastado una leve presión para alcanzar la unidad organizativa. El posterior derrumbe de las esperanzas revolucionarias y la fuerte conjunción de la burocracia sindical han multiplicado los venenos disolventes de la estructura proletaria. El problema es difícil, pero sin embargo no debe ser descuidado nunca por el Partido Comunista. Este se propone introducir en el interior de una sola gran organización las discusiones entre las distintas tendencias políticas proletarias y trata de convertir en lucha por la conquista de las direcciones de esta única gran organización la actual lucha que conducen actualmente en Italia las diversas centrales a fin de disgregarse recíprocamente. Así, el Partido Comunista se propone crear la condición primera para el nacimiento del estado obrero.

La lucha por la defensa de un determinado tenor de vida es el terreno más útil para la unidad organizativa del proletariado industrial. La lucha contra la guardia blanca para la liberación de las regiones martirizadas por el terror fascista es el terreno más útil para restaurar la unidad de intereses y de sentimientos entre obreros y campesinos, unidad que se había constituido en 1919 y que ha sido violentamente destruida por la reacción, justo en cuanto constituye una de las condiciones esenciales de la revolución proletaria.

10. La Confederación General del Trabajo es, para el Partido Comunista, la base de la unidad organizativa de la clase obrera italiana. A causa de su mismo carácter actual de organización dirigida mayoritariamente por los reformistas, la confederación demuestra más estrictamente su adhesión a las exigencias elementales de la clase oprimida: las otras organizaciones, a excepción del sindicato de los ferroviarios, y aunque sus líderes insistan más ruidosamente que nunca en las afirmaciones de carácter sindicalista y autonomista, en los hechos se acercan más a la naturaleza del partido político que a la del sindicato profesional. Para formar parte de la confederación se exige que uno se declare actor de la lucha de clases, es decir, que posea únicamente los primeros elementos de la conciencia de clase; para formar parte de las demás organizaciones sindicales, se exige implícitamente la aceptación de un determinado método que, en ultima instancia, se identifica con determinadas personas. Pero en el campo sindical, la diferenciación de los métodos sólo puede darse como consecuencia de las experiencias reales nacidas de la lucha y en la medida en que dentro de los sindicatos existan vanguardias más conscientes, capaces de propugnar aquellos determinados métodos en vista de fines más generales y positivos que los puramente corporativos. Justamente por esta razón, la escisión socialista del Congreso de Livorno no fue seguida por una escisión en la confederación. Los comunistas han querido signar un punto final en el tradicional proceso de formación del movimiento sindical italiano por el cual cada corriente ideológica proletaria se daba una organización sindical propia. Los comunistas han querido llevar hacia el interior de la organización la competencia y la polémica de los métodos y programas, convencidos de que por la misma inestabilidad de las situaciones históricas, con sus repentinos ascensos y descensos, se hacía necesario fundar la continuidad de la organización sobre el mínimo corporativo de la simple resistencia. En realidad, los opositores a los métodos reformistas, no pueden prescindir en cada momento de estos mismos métodos, no como programa universal, sino como compromiso táctico con la realidad histórica contingente y con los estratos más retrasados de las masas: justamente por tal razón, todos esos opositores deberían entrar a la confederación para equilibrar en un primer momento y para atacar luego a la burocracia sindical. Además de la Unión Sindical, hay en Italia muchísimas otras organizaciones sindicalistas, anarquistas, republicanas, locales, regionales, con tendencia a convertirse en nacionales y que se agotan en actividades limitadas. Esas organizaciones podrían en cambio contribuir con mayor utilidad al desarrollo unitario del proletariado italiano, entrando a la confederación.

11. La actividad de los comunistas por la unidad de organización sindical del proletariado italiano, que se iniciara con el llamado dirigido a todas las organizaciones inmediatamente después de la constitución del Partido Comunista, debe desarrollarse tanto desde el interior como desde el exterior, formando grupos o mediante una propaganda incesante, aun en las otras organizaciones parciales o autónomas localmente. Episodios recientes han demostrado que hasta amplios estratos de las organizaciones blancas podrían ser sustraídas directamente al control del Partido Popular, de incorporadas a la confederación: las relaciones creadas entre la autoridad pontificia y la organización de masa de los católicos lleva necesariamente a un debilitamiento de las ligazones jerárquicas religiosas y a una salida de núcleos crecientes de trabajadores de la zona de influencia de la autoridad eclesiástica.

Notables modificaciones se han producido en la sicología de las masas católicas y se aproxima el momento de su ingreso al campo de la lucha de clases declarada y abierta.

La Internacional de los Sindicatos Rojos de Moscú ha dado recientemente algunos pasos para la unificación de los tres principales organismos sindicales italianos: la Confederación, la Unión Sindical, el Sindicato de los Ferroviarios.

El Partido Comunista ha secundado vivamente estos pasos, interrumpidos luego de la apatía más o menos obstruccionista de los dirigentes de dichos organismos, y espera que la Internacional Sindical Roja retome su iniciativa.

El Partido Comunista demuestra ser el verdadero y el más sincero factor de la unidad sindical, en cuanto elimina toda dificultad, reserva y condicionamiento acerca del procedimiento y de los resultados de la unificación que pudieran darse de su parte. No exige ser representado en las tratativas, no se pronuncia sobre el procedimiento seguido en ellas; y todo para facilitar el encuentro de un camino aceptable por el conjunto de los sindicatos interesados. Ese camino puede ser el del congreso constituyente único, el de los tres congresos simultáneos en la misma ciudad o el de una conferencia entre delegaciones de las tres organizaciones.

El partido compromete a sus afiliados a respetar los pronunciamientos de la mayoría del nuevo organismo sindical único, tanto en el caso de que reconozcan una alianza con otro partido como en el caso de que excluyan toda relación con partidos políticos. Ya contengan la adhesión a Amsterdam, ya rechacen la táctica de lucha anticapitalista sostenida actualmente por el Partido Comunista.

El Partido Comunista no quiere conseguir estos resultados como plataforma de las tratativas de unificación sino que se reserva y se asegura el alcanzarlos mediante su acción abierta de independiente en el seno del nuevo organismo sindical unificado, mediante el empleo de sus métodos de organización de los grupos sindicales comunistas y de su red de ligazones.

V. Las relaciones internacionales de los sindicatos italianos

12. Estrechamente vinculados al problema de la unidad organizativa del proletariado, aparecen el problema de la adhesión a la Internacional de los Sindicatos Rojos y el de la separación del secretariado de Amsterdam. La clase obrera genéricamente se muestra favorable a la separación de Amsterdam y a la adhesión a Moscú. Las razones que contra esta orientación aportan los reformistas y los sindicalistas no prenden en las masas, pero estas masas aparecen como impotentes para imponer su voluntad, por las mismas razones que las vuelven impotentes para imponerla en todos los demás campos de la actividad sindical. Hay una prueba de esta voluntad genéricamente difundida: es el hecho mismo de que la burocracia sindical afirme continuamente su propia inclinación por Moscú, pero manteniendo la adhesión a Amsterdam sólo por una serie de razones prácticas contingentes y... para que toda la Internacional de Amsterdam termine adhiriéndose a la organización de Moscú.

13. Entre las razones prácticas más gustosa y habitualmente ostentadas por los funcionarios reformistas está la de la protección a los trabajadores italianos que emigran al exterior, en aquellos países donde el movimiento sindical todavía adhiere a Amsterdam. Esta razón no tiene ningún fundamento. Uno de los aspectos más característicos de la actual crisis del régimen capitalista es justamente ese, el de su simultaneidad en todos los países del mundo.

En los períodos precedentes al actual, que eran de desarrollo y de consolidación del capitalismo, las crisis económicas tenían límites en el tiempo y en el espacio: ni siquiera se había verificado jamás una crisis simultánea de todas las industrias en el ámbito de una misma nación. Entonces las corrientes emigratorias representaban un fenómeno saludable del régimen capitalista, porque permitían emplear a bajo precio a los trabajadores de un país en crisis en la industria de otro país que no podía desarrollarse por sus deficiencias demográficas, y también la valorización de riquezas aún inexploradas, sin demasiados riesgos para los capitales destinados a dicha valorización.

Hoy la crisis es simultánea en todos los países de Europa: por todos lados recrudece la desocupación y la mano de obra se ofrece a precios bajísimos. Las corrientes emigratorias están casi interrumpidas, o totalmente interrumpidas. En este caso, ¿qué significa la tutela de la emigración? En realidad, de esta situación debería surgir la voluntad precisa de apresurar el advenimiento de la revolución mundial y de un gobierno internacional proletario que, realizando un plan unificado de distribución de las materias primas y de las fuerzas productivas, solucione dentro de los límites de lo posible la dispersión y la desvalorización de las fuerzas productivas, provocadas por la caída del sistema capitalista. Y por lo tanto, también la desocupación que es directa consecuencia de dicha caída. En consecuencia, las razones adoptadas por los reformistas para mantener la adhesión a Amsterdam son las que, en cambio, deberían determinar la adhesión a la Internacional de los Sindicatos Rojos, que justamente organiza a las grandes masas para llevar al terreno de la revolución mundial y de la restauración de un poder industrial capaz de englobar y de reordenar los medios de producción y las fuerzas de trabajo de todos los países del mundo. Y si en alguna circunstancia o respecto de alguna industria subsiste la necesidad de una tutela de la emigración, ella podrá ser obtenida aun sin la adhesión a Amsterdam: el caso de la industria de la construcción, por ejemplo. Antes que cualquiera, los sindicatos de los países adonde se dirige la inmigración italiana tienen todo el interés de que el empleo de la mano de obra italiana sea regulado de manera tal que no empeore la situación de sus propios organizados. Los problemas nacidos de este orden de hechos pueden ser perfectamente resueltos con acuerdos intersindicales, aunque los respectivos sindicatos pertenezcan a diversas organizaciones internacionales.

14. Las razones formuladas por los sindicalistas contra la adhesión a Moscú son similares a las que formulan contra la actividad organizada que el Partido Comunista desarrolla en el movimiento sindical.

Efectivamente, la internacional Comunista mantiene con la Internacional de los Sindicatos Rojos las mismas relaciones que mantiene el Partido Comunista respecto de la organización sindical nacional. De todos modos, es extraño que los dirigentes de la Unión Sindical hoy se nieguen a adherir a la Internacional política: ellos habían hecho adherir su organización a la Internacional Comunista, vale decir a la internacional de los partirlos políticos.

En este caso, evidentemente se trata no de autonomía sindical, sino de autonomía del cerebro de ciertos hombres respecto de toda razón y de toda norma de honesto pensamiento.

VI. La lucha contra la ofensiva burguesa en Italia

15. Desde fines de 1920, con la denuncia de los contratos y con las violencias fascistas, se ha desencadenado en Italia la ofensiva patronal. Esta ofensiva confirma una previsión comunista: cuando la acción del proletariado amenaza con su desarrollo las bases del privilegio de la clase dominante, esa clase emprende sin vacilaciones y a todo costo la defensa de su propia existencia, de su propio dominio. Así se inicia un período de inevitable guerra civil, en la que tiene supremacía la clase que mejor y más rápidamente logra advertir la real situación y, que entonces, apresta los medios adecuados para superarla. Los acontecimientos que se han desarrollado en Italia después de septiembre de 1920, nada tienen de inesperado o de excepcional: ellos fueron preparados por todo el período precedente, de manera que no son los hechos los que han traicionado a las masas, sino que fueron éstas, y su partido político, quienes faltaron a los hechos. Conquistadas las ocho horas de trabajo, elevados los salarios al límite necesario para dar a la clase trabajadora un tenor de vida más humano: generado en el taller un estado de fuerza de los obreros en relación al industrial, y establecido en el campo una limitación creciente del poder arbitrario del patrón, la enorme máquina de la organización sindical, obligada a moverse aun por la inercia de su mismo peso, fatalmente debía vulnerar algunos elementos del privilegio patronal y conmover las bases mismas el derecho de propiedad.

"Del terreno de la resistencia al de la conquista": esa era la fórmula repetida por todos y convertida casi en lugar común. Pero la gran mayoría, y sobre todo el partido político de la clase trabajadora, en su casi totalidad, no habían advertido que dicho cambio no podía suceder sin que también la burguesía cambiara radicalmente sus métodos de lucha, sin que ella siguiera al proletariado en la nueva fase de la acción y hasta de manera más homogénea y consciente, en algún sentido, previera el cambio y llegara a moverse libre v seguramente en el nuevo terreno. La burguesía no tenía necesidad de aprestar medios enteramente nuevos ante la lucha violenta y sin cuartel, y tampoco necesitaba crear de la nada un aparato de defensa: la burguesía tenía a su disposición el poder del estado, con su fuerza armada, con todas las formas del poder ejecutivo (ejército, policía, magistratura). La organización de las bandas blancas sólo ha representado una división del trabajo entre los distintos grupos de la burguesía y ha respondido a la exigencia de creación de cuerpos de tropa ligera, fácilmente desplazable, junto a las formaciones "oficiales", más pesadas: pero se trata de cuerpos de un único ejército, que se mueve con un único propósito y de acuerdo a un plan común.

16. Los industriales y los agrarios denunciaron los contratos y movieron las escuadras fascistas de acción contra los obreros y campesinos sin detenerse de manera particular en torno a esta o aquella conquista obrera. Es cierto que las cuestiones de la rebaja de los salarios en la industria y del aumento de las horas de trabajo en la agricultura más allá de las ocho anteriores han sido debatidas con otras cuestiones: pero sin embargo, no fueron tomadas como base de una acción metódica limitada a ellas de parte de los patrones. Los patrones lían comprendido perfectamente que las conquistas singulares no tenían una importancia notable consideradas por separado; que no se trataba de orientar la lucha sobre este o aquel punto del contrato de trabajo, sino de dirigirse a la organización misma, a la capacidad combativa, al espíritu de lucha de la clase trabajadora. Una vez destruida la organización, o llevada a la impotencia, ningún punto del frente sindical ofrecería ya una seria resistencia. Un solo aspecto reclamó la atención particular de los industriales: el de la formación de los consejos de fábrica. La acción de Turín en abril de 1920 tuvo de parte de los industriales el preciso objetivo de impedir la consolidación del "poder" obrero en el interior de las fábricas. Y esto precisamente porque en ese problema no estaban en juego una u otra de las reivindicaciones sindicales, sino la formación de una "posición de fuerza" de los obreros en las fabricas, posición de la que surgían las más graves consecuencias para la tranquilidad del dominio patronal.

En general, la burguesía se propuso lanzar el desaliento en la clase trabajadora, evitar que ella pudiera galvanizar su voluntad de resistencia alrededor de una consigna precisa y común, separar grupos y categorías, aislar a los combatientes, impedir el funcionamiento de las organizaciones como movilización permanente de todas las fuerzas proletarias. Entonces, se evitó una lucha general sobre una cuestión que interesara a todas las categorías: en cambio, separada y sucesivamente, fueron denunciados los contratos de las distintas categorías, sin demostrar gran prisa por discutir y hasta ostentando una cierta indiferencia ante las presiones de las organizaciones obreras para tomar contacto y medir fuerzas.

La crisis económica que se abatía sobre Italia, tanto por las consecuencias directas de la guerra como por la repercusión de la crisis de los países capitalistas mayores, mientras en determinados casos tenía graves consecuencias para muchas industrias, fortalecía la posición de los industriales respecto de los obreros. Los industriales supieron actuar de manera que los efectos de la crisis oficiaran como elemento disolvente de la clase obrera, en sus condiciones de unidad espiritual y material. Los obreros encontraron suspendida sobre sus cabezas la condena capital del hambre despiadada, de la agonía desmoralizadora y enervante, de la incertidumbre total sobre el futuro y de la certidumbre de la desolación en el presente. Y todo esto en el mismo momento en que el industrial podía conservar íntegra su libertad de movimientos e ingeniárselas para acaparar posiciones más seguras, eliminando así el pasivo de las luchas recientes que se habían cerrado con resultados desastrosos para él.

17. La actitud de los comunistas frente al problema de la lucha contra la ofensiva patronal fue planteada sobre la base de la carta dirigida por el Comité Sindical Comunista a todos los grandes organismos sindicales, en agosto de 1921: allí se proclamaba la necesidad de una acción general de rebelión y de defensa proletaria.

Los industriales y agrarios se proponían descompaginar todo el sistema defensivo de los sindicatos y anular las posibilidades materiales de su funcionamiento, porque ello los ponía en condiciones de dictar a obreros y campesinos cualquier pacto. Justamente por este motivo se hacía necesario reaccionar enérgicamente contra la pulverización de la acción, contra el pánico que separa a los grupos entre sí y los vuelve presa fácil del patrón, que se mueve perfectamente resguardado.

Para constituir el "frente único" de los trabajadores, los comunistas no creen suficiente un llamado a los sentimientos de solidaridad de clase, ni una genérica acción de propaganda dirigida a hacer presente a los trabajadores interesados los peligros que los amenazan. Aunque necesario, ello dejaría de tener eficacia si, en relación a la concepción marxista de la lucha de clases, no se partiera de estímulos concretos, de intereses inmediatos aptos para impulsar una acción de masas, para agrupar a todos los trabajadores en el terreno espontáneo de su directa y casi material oposición al patronato.

El llamado del Comité Sindical Comunista formulaba por ello una serie de reivindicaciones, que la moción sostenida luego por los comunistas ante el Consejo Nacional de la Confederación Generó del Trabajo reunido en Verona, precisaba y presentaba como el programa capaz de dar una base concreta a la unidad proletaria. El texto de la moción esboza cómo este programa de reivindicaciones se vincula a la valoración comunista de la crisis económica y al planteamiento de una gran batalla revolucionaria de las masas.

18. La propuesta comunista derrotada en Verona no ha podido realizar la única condición de éxito que la clase obrera tenía y tiene por delante. Ello naturalmente no ha eliminado la actividad sindical, porque cada una de las categorías y de sus organizaciones, allí donde es posible, tratan de defenderse y de no dejarse aplastar. Los comunistas que forman parte de los sindicatos tienen el preciso deber de tomar parte activa aun en las acciones de carácter particular, y allí donde tienen la dirección de la organización a menudo se ven obligados a aceptar la lucha y en ciertos casos aun a imponerla, aunque existan límites planteados a la acción por la fallida realización del "frente único". En estos casos, su deber es simplemente prodigarse para que también los movimientos particulares concluyan con el mejor resultado posible pero, sin que ello los exima de comprometerse seriamente en la lucha, siempre tendrán el cuidado de ilustrar la necesidad de que una acción de carácter general restituya a las organizaciones las condiciones fundamentales de su funcionamiento.

VII. Postulados inmediatos de acción sindical del Partido Comunista de Italia

19. En relación a todo lo dicho arriba para los tres problemas fundamentales: unificación de los sindicatos italianos, relaciones internacionales, acción proletaria contra la ofensiva patronal, he aquí las bases fundamentales de la actitud de los comunistas en los mas importantes organismos sindicales del proletariado italiano.

En la Confederación del Trabajo, la minoría sindical comunista sostiene: la adhesión a la Internacional de los Sindicatos Rojos de Moscú, luego del examen de los problemas por parte de un congreso nacional regular, rechazando el reconocimiento de la decisión tomada en sentido opuesto por el consejo nacional reunido en Verona; la colaboración con los países de la Internacional Sindical Roja para lograr la unificación de la Confederación con la Unión Sindical y el Sindicato de Ferroviarios; la aceptación de la propuesta para el frente único proletario contra la ofensiva burguesa.

En el Sindicato de los Ferroviarios, la minoría comunista que encabeza el comité comunista ferroviario y que condujo la lucha en el último congreso nacional, propone: la adhesión a Moscú a través de la consulta al congreso nacional decidido por el congreso anterior, sosteniendo como ilegal la decisión del consejo general contra la convocatoria del congreso y por la autonomía internacional; unificación con la Confederación del Trabajo y con los demás organismos proletarios sobre la base de la iniciativa de la Internacional Sindical Roja; adhesión al frente único contra la ofensiva patronal.

En la Unión Sindical no hay una minoría comunista organizada y el Partido Comunista se considera en posición de espera hasta el próximo congreso de la Unión Sindical Italiana, aunque afirmando los dos conceptos generales: que allí no hay incompatibilidad para que los comunistas militen en cualquier organismo sindical que aun limitándose a una localidad y a una categoría acojan a una parte notable de trabajadores. Y que por todos lados deben surgir grupos sindicales comunistas con su red de relaciones. La acción de los comunistas en la acción sindical dependerá de la decisión del congreso sobre la adhesión a Moscú y sobre la cuestión de la unidad sindical en Italia y será coordinada con la de la Unión Sindical. Hasta hoy, el Partido Comunista ha llamado a sus militantes a abstenerse de propugnar el pasaje parcial de algunas organizaciones de la Unión Sindical a la Confederación: esta actitud podrá ser modificada si la Unión Sindical se aleja de Moscú. En cambio, ante una Unión Sindical adherida a Moscú, el Partido Comunista italiano actuaría en el sentido de exigir de la Internacional de los Sindicatos Rojos que se efectúe la unificación con la Confederación General del Trabajo. Y, en todo caso, apoyaría esta campaña en el seno de la Unión Sindical con una más directa acción de propaganda y de organización de una minoría favorable a las directivas sindicales comunistas, que se orientara a conducir a toda la Unión Sindical sobre ese terreno.

VIII. El problema de la estructura sindical

20. Para mantener y perpetuar sus posiciones de predominio, la burocracia sindical reformista trata de modificar incesantemente la estructura confederal, de manera de volver cada vez mas débil el control de la masa organizada sobre los burós dirigentes. Los comunistas creen que una organización obrera es más vigorosa y tiene una mayor capacidad de desarrollo revolucionario en relación directa a la mayor participación de las grandes masas en la administración y en el gobierno. Pues bien: en cuanto creen todo ello quieren, en cambio, que la estructura confederal sea simplificada y que se acerque a la vida local intensa de la clase obrera; para los comunistas, el poder de la burocracia sindical debe ser reducido al mínimo y, en cambio, debe ser valorizada al extremo la voluntad inmediata de las masas. La cuestión de la unidad organizativa de la clase obrera italiana está estrechamente ligada a dicho problema de una mayor democracia en la organización; cuanto más luchen los comunistas en este sentido, tanto más facilitarán el advenimiento de la unidad y tendrán una respuesta en las masas sindicalistas que hoy están fuera de la confederación.

21. La estructura de la Confederación General del Trabajo debe corresponder adecuadamente a las exigencias de la acción y aun a los precedentes históricos que todavía son parte viva de la tradición sindical italiana. Esa correspondencia entre estructura y necesidad de la acción falta por completo, tanto en el viejo esquema confederal como en las nuevas propuestas de modificaciones estatutarias ventiladas en Livorno y pasadas después casi subrepticiamente a un encuentro posterior. Para defenderse de las críticas sobre una falta de interés por determinadas controversias, la confederación ha afirmado que entre sus objetivos: "no está ni puede estar también el de asumir las responsabilidades de los movimientos iniciados dirigidos por los organismos adheridos a ella. La confederación debería intervenir sólo en los movimientos más graves y simplemente como colaboradora y no como responsable" (Informe al Congreso de Livorno sobre las modificaciones estatutarias, p. 7).

Acerca de la estructura, se afirma en cambio: "la Confederación no puede seguir todos los movimientos locales sin tener localmente órganos propios. Es necesario tender a la creación de estos", "trasformando las Cámaras del Trabajo en secciones de la Confederación", en "sucursales confederales dependientes de la central" (p. 3).

Hay aquí una evidente contradicción entre la centralización burocrática de la estructura y la reconocida necesidad de descentralizar la acción: los comunistas deben oponerse con todas sus fuerzas a que las aptitudes de lucha de los órganos locales queden cortadas en las raíces por una centralización, repetimos, de tipo burocrático. Las cámaras del trabajo deben conservar íntegras sus propias funciones actuales y la correspondiente autonomía, necesaria para hacer frente a las exigencias de la lucha local. El problema de armonización de la necesaria autonomía con la ligazón y la disciplina igualmente necesarias, no se resuelve con un arreglo de orden burocrático, sino proponiéndose un programa que comprenda puntos de interés inmediato y general para la clase trabajadora y que inspire la acción en todos los centros proletarios de manera uniforme.

IX. El problema del control obrero

22. La actividad específica del movimiento sindical se realiza en el campo de la producción con la conquista de la autonomía industrial por parte de los trabajadores. En la fábrica se verifica hoy esta división jerárquica de las clases; en la base está la clase obrera, que tiene una tarea puramente ejecutiva; arriba está la clase capitalista, que organiza la producción según planes nacionales e internacionales correspondientes a sus intereses más estrechos; en el medio está la clase pequeñoburguesa de los técnicos y de los especialistas, que trasmiten a la clase trabajadora las órdenes de producción dependientes de los planes generales y que también controlan que los trabajadores las ejecuten con precisión y al mínimo precio de costo. Las relaciones de organización de esta jerarquía industrial están fundadas en el terror.

Para la clase obrera, realizar su propia autonomía significa romper esta escala jerárquica, eliminar del campo industrial la figura del propietario capitalista, y producir según planes de trabajo establecidos no por la organización monopolista de la propiedad privada, sino por un poder industrial mundial de la clase obrera.

Para alcanzar la autonomía en el campo industrial, la clase obrera debe superar los límites de la organización sindical y crear un nuevo tipo de organización de base representativa y no más burocrática, que incorpore a toda la clase obrera, aun a la que no adhiere a la organización sindical. El sistema de los consejos de fábrica es la expresión histórica concreta de la aspiración del proletariado a su propia autonomía. La lucha en este campo se verifica según algunas fases que se suceden lógicamente, aunque no siempre cronológicamente; a] lucha por la organización y funcionamiento de los consejos; b] lucha por la organización centralizada de los consejos de una determinada rama industrial y de todas las industrias entre sí; c] lucha por el control nacional de toda la actividad productiva. En el primer momento, la lucha se verifica fábrica por fábrica por objetivos inmediatos, fácilmente comprensibles para todas las maestranzas: control sobre los horarios y los salarios establecidos por los contratos, de una manera más rígida y sistemática de cuanto pueda hacerlo el sindicato; control de la disciplina de fábrica y de los agentes que el capitalismo propone para la misma disciplina; control sobre la toma y despido de la mano de obra. En el segundo momento, entramos al campo del control sobre la producción propiamente dicho: aquí se tiende a regular la distribución de las materias primas disponibles entre las fábricas de una misma rama industrial y también a suprimir las empresas parasitarias salvaguardando los intereses vitales de la clase obrera.

En la tercera fase, la clase obrera llama a la lucha también a las otras clases explotadas de la población demostrando prácticamente ser la única fuerza social capaz de frenar los males determinados por el capitalismo en el periodo de su derrumbe. La primera fase de esta lucha ya se ha verificado en todos los países capitalistas, dejando un residuo estable en el reconocimiento por parte de los industriales de los pequeños comités de fábrica o comisiones internas que integran la acción sindical. Las condiciones para la afirmación de la actividad indicada en el tercer punto se han verificado recientemente en Italia, a través de la quiebra del Banco de descuento y continuarán verificándose debido a las precarias condiciones de todas las demás instituciones de crédito industrial.

Prácticamente la clase obrera puede demostrar a la mayoría de la población, afectada por el descalabro de los bancos, que la actual situación de irresponsabilidad del capital sólo puede ser reparada por el control sobre las empresas industriales en las que los bancos invierten los ahorros que les confían los trabajadores. El Partido Comunista debe a través de sus grupos de empresa desarrollar incesantemente una labor tendiente a la creación de los consejos de fábrica a partir de las comisiones internas, y a sistematizar los consejos en una red que sea como el relevamiento de la actividad industrial capitalista.

253. Los reformistas oponen al programa del control obrero un fantasma de control, al que deberíamos definir para mayor exactitud como una encuesta permanente sobre la industria realizada por comisiones paritarias de funcionarios sindicales y de representantes de la clase capitalista. A la organización de los consejos de fábrica que se convierten en la base de los sindicatos y de las federaciones de industrias, y que unifican las distintas categorías de productores (obreros, peones, técnicos y empleados), los reformistas oponen sindicatos y federaciones a las que ellos llaman de industria, pero que son el simple resultado de una amalgama de las distintas funciones de los sindicatos de esas distintas categorías.

Para los comunistas, la lucha por el control representa el terreno específico donde la clase obrera se coloca a la cabeza de las otras clases oprimidas de la población, y logra obtener el consenso de las mismas para la propia dictadura. Luchando por el control la clase obrera lucha por detener la paralización del aparato industrial capitalista; es decir, lucha por asegurar la satisfacción de las exigencias elementales de las grandes masas y, por lo tanto, las condiciones de vida de la ciudadanía.

Sobre la base del control, el Partido Comunista establece los primeros elementos reales de su programa económico de gobierno, cuyos principales puntos son:

a] reorganización de las fuerzas productivas humanas, que son el primero y más importante de los instrumentos de producción;

b] la autonomía industrial de los productores, que debe tener el fin inmediato de hacer cesar las huelgas y las agitaciones que hoy impiden el rendimiento normal de las empresas;

c] impedir el despilfarro de las aptitudes técnicas profesionales determinado por la desocupación;

d] sustitución del material envejecido y gastado del aparato industrial burgués de introducción de los más modernos métodos de elaboración que hoy encuentran la hostilidad de la clase obrera, en cuanto están dirigidos especialmente a despojarla de sus aptitudes profesionales.

El Partido Comunista no se atemoriza por las consecuencias de desorden y destrucciones que necesariamente lleva consigo la ejecución del control y de la dictadura proletaria en el campo industrial.

Estas consecuencias, más que del control, dependen del proceso de destrucción sufrido por la sociedad a causa de la disgregación del régimen capitalista. La disciplina férrea y el espíritu de sacrificio exigidos por el partido a sus propios militantes están también ligados a la necesidad de frenar ese descalabro y ese desorden; y lo están especialmente. El partido está destinado así a representar también en el campo de la producción de los bienes materiales y de la lucha contra el marasmo de los industriales, el mismo papel de vanguardia que desarrolla en el campo de la acción de masas y de la lucha armada.

X. El problema de la desocupación

24. El problema de la desocupación es el que debe reclamar mayormente la atención de los comunistas militantes en la organización.

El fenómeno de la desocupación es el fenómeno típico de la esclavitud proletaria en el régimen capitalista; se manifiesta violentamente al surgir el régimen, al aplicarse el proceso de elaboración mecánica, acompaña como un mal crónico su desarrollo y estalla con la fatalidad de una irreparable epidemia en la crisis de disolución final. Los caracteres de la desocupación actual se hallan tan estrechamente ligados a la crisis de la devastada economía mundial, que resulta natural establecer esta verdad: el más importante problema concreto que se presenta como campo de acción de los sindicatos es a la vez el problema de toda la economía mundial, el problema cuyas dos soluciones son: dictadura burguesa o revolución proletaria. Como la economía burguesa no encuentra ni puede encontrar la posibilidad de un equilibrio, las oscilaciones en los cuadros de la producción que ella dirige seguirán hasta el infinito, y a cada una de las mismas corresponderá un desplazamiento en los cuadros de la mano de obra, y por lo tanto un nuevo afluir de desocupados.

Muchos funcionarios sindicales utilizan con sentido peyorativo la palabra "político". Pero afirmar la necesidad de que los sindicatos empleen todas sus fuerzas para la preparación de la revolución no es encontrar un sucedáneo de carácter "político" a la fallida solución técnica del problema de la desocupación: es reconocer que no existe una solución técnica en el sentido estricto de la palabra, o bien que la solución "técnica" es tal que, para elevarse a todo el plano de la organización económica mundial, tiene alcance y realidad verdaderamente políticos, vale decir se identifica con la revolución. Resulta necesario afirmar con insistencia, incansablemente, que el problema de la desocupación, problema "típico", repetimos, de la clase obrera de este "final de reinado", no tiene solución posible salvo en la Internacional de los trabajadores. Ello constituye el elemento esencial del carácter "concreto" con que debe ser considerado el problema; no hay acción posible que no parta de esa consideración, y esa consideración, a su vez, no debe quedar oculta detrás de la acción o como un marco decorativo, como una coartada a la que se recurre para justificar de vez en cuando las derrotas parciales. Ella se reduce a un trivial lugar común, aceptado aun por los socialdemócratas y hasta por los "reconstructores", que no inspira verdaderamente la acción cotidiana concreta empujándola hacia su lógica salida y planteando al mismo tiempo críticamente sus límites.

25. El fenómeno de la desocupación está tan ligado a la crisis del régimen capitalista que ha conmovido de modo hoy acaso irreparable las bases mismas de los sindicatos, surgidos en el seno de ese régimen y que se han desarrollado en función de ese régimen. Cuando el empleo de la mano de obra se vuelve inestable como en el actual período, y estos márgenes de inestabilidad se agitan alrededor de una imponente masa que ha perdido definitivamente toda posibilidad de volver a un trabajo cualquiera, el sindicato pierde su función característica, su razón de ser tradicional y es afectado mortalmente si no reconoce de inmediato la situación que le ha sido creada orientándose hacia nuevas posiciones. Hoy el sindicato está en condiciones de ofrecer a sus adherentes muy pocas ventajas inmediatas; su función es utilísima en la medida en que consigue impedir que las masas se desbanden, agrupándolas sobre un terreno posible de lucha y dándoles la sensación de la posibilidad de una salida para la terrible situación que se les endilga. Toda la acción de asistencia menuda de tipo contractual es útil y debe ser continuada, pero evidentemente ya no ofrece a los sindicatos una base suficiente, no digamos de desarrollo, sino de simple conservación. La prueba más evidente está dada por el hecho de que las organizaciones sindicales guiadas por los reformistas ven como único campo de acción el parlamento y las combinaciones ministeriales: lo cual se confirma en la orden del día Dugoni, votada por el último Consejo Directivo de la Confederación General del Trabajo. Esto explica por qué los sindicatos pierden cada día más terreno en el campo contractual; por qué los obreros no se sienten ya protegidos en su existencia, y las cuestiones del horario, del salario, de los reglamentos terminan perdiendo ante sus ojos todo valor; porque el mejor de los contratos no los salva de sufrir sin atenuantes el contragolpe de la crisis capitalista.

26. La asistencia a los desocupados y la acción en defensa de los mismos es estrictamente clasista, porque tiende a impedir el aislamiento del obrero y del campesino, su alejamiento de los compañeros que tienen la suerte de trabajar. He aquí las exigencias presentadas por los comunistas como esenciales para la acción sindical: mantener la ligazón entre desocupados y quienes no lo son; buscar que en el terreno de la oferta de la mano de obra no se libre sólo una serie de duelos "singulares" entre el individuo desesperado y el hambre, sino que el desocupado sienta que el órgano tradicional de defensa de sus intereses, el sindicato, sigue siendo "suyo". Si los sindicatos obreros consiguen llevar su acción al terreno concreto de la defensa del obrero desocupado, se mantendrán en pie; en caso contrario, caerán como frutos podridos. Los comunistas tienen el deber de impulsar a la organización sindical hacia ese terreno, porque la vida y la fuerza de los sindicatos está condicionada por la medida en que ellos respondan a la que es la necesidad esencial de la vida obrera en este período. Renunciar a dicho objetivo, significarla perder el contacto con la vida obrera en todo lo que ella tiene hoy de más expresivo, de más trágico, de más sentido.

No debe creerse que la ayuda eventualmente dada al desocupado pueda atenuar la gravedad de la situación económica y transformar entonces a los rebeldes en resignados: por todo lo eficaz que sea la acción desarrollada en este sentido, no se obtendrán resultados "prácticos" demasiado sensibles, no se podrán modificar sustancialmente los aspectos más dolorosos de la condición de los obreros. Esa acción valdrá sobre todo por el hecho de poner en movimiento las energías del sindicato en un campo donde él, ciertamente, tiene a su alrededor a las masas, las masas con sus necesidades, las masas plasmadas por la presión implacable de la situación de crisis.

No son los resultados de beneficencia los que nos interesan, porque sabemos qué escasos son sus frutos. Nos interesan los resultados "sindicales", es decir la reanudación de una actividad de carácter general de parte de las organizaciones obreras sobre un terreno donde nos enfrentamos con los aspectos más pasivos, más escandalosos, más insoportables de la gestión burguesa.

27. En consecuencia, nosotros no reprochamos a los reformistas que se ocupen del examen de los medios para atenuar la desocupación, examen obligado y legítimo. Les reprochamos que olviden valorizar la acción sindical para una acción de más vasto alcance que, conquistado el poder estatal, lo utilice como resorte en las manos de las clases trabajadoras hacia el logro de sus fines, que por otro lado son los de la casi totalidad de los hombres. Los reformistas consideran al desocupado como el objeto de una acción de asistencia y de beneficencia, objeto al que se dirigen con mayor o menor celo, pero olvidando considerarlo como sujeto" de acción política sindical. Los desocupados no son solamente materia de medidas legislativas, sino que pueden y deben volverse actores, propulsores de un ordenamiento social que los libere de su triste situación.

Además, como la desocupación no golpea ya a los individuos particulares, sino a las masas del movimiento sindical, volviendo su actividad a este campo, debe convertirse en movimiento de masas, según un concepto sostenido varias veces en el pasado por los comunistas, un concepto que había inspirado, respecto de los sindicatos, la lucha por los consejos obreros. Al convertir en objeto principal de su actividad la defensa de los desocupados, los sindicatos deben despojarse de cualquier espíritu particularista. El desocupado no paga las cuotas, es el obrero "pobre" por definición; la acción que debe encontrar en él su base se vuelve naturalmente una acción democrática, de conjunto, ya porque debe tener en cuenta los intereses de grandes masas, ya porque estos intereses envuelven a toda la estructura económica capitalista.

28. La resistencia de los empleadores al régimen de subsidios se explica por la voluntad de tener a su disposición una mano de obra absolutamente indefensa y, por lo tanto, a merced de sus intereses. Pero debe recordarse que el régimen de subsidios, especialmente si es prolongado y si se establece en la medida dispuesta por la legislación italiana vigente, termina por aplazar sólo en poco aquella condición de agotamiento y de desesperación a que los empleadores quieren arrastrar a los obreros, con la finalidad de precipitar las condiciones del mercado de trabajo. Porque si ese mercado no existiera, sería necesario que pudiera imponerse la propuesta de los comunistas de llevar el subsidio hacia el límite del salario integral. Pero insertar el derecho a la vida del obrero en el balance de la economía burguesa es introducir un elemento contradictorio, es crear una situación revolucionaria por el contraste de dos elementos en conflicto; y del predominio de uno u otro depende la vida y la muerte del régimen.

A través de todo lo que hará elevar el subsidio a los desocupados, nos acercaremos a este estado de cosas. Pero los comunistas no deben ilusionarse ni ilusionar: la burguesía no se avendrá a permitir que el caballo de Troya entre a su propia fortaleza y seguirá con el cuentagotas de los subsidios insignificantes. Entonces, el problema permanece inalterado, y los patrones podrán continuar otorgando subsidios, repetirnos, porque ello no impedirá el derrumbe del mercado de trabajo. Los desocupados tienen hoy tina única garantía de no caer presa del capitalismo. Y ella no está en los subsidios, ni en esta o aquella medida de carácter particular, sino en la fuerza del sindicato que desarrolla su acción para arrancar las medidas mismas.

Es por esto que las medidas particulares no sólo no se oponen a la naturaleza de nuestros postulados, sino que son perfectamente congruentes con ellos, cuando se perciben como fruto de la acción del sindicato que los impone, que los controla, que hace sentir su presencia a través de ellos.

XI. La cooperación

29. Especialmente en estos últimos tiempos, la cooperación ha sido considerada como el campo de superación de la acción de simple resistencia, ineficaz ya, o hasta imposible.

Pero debemos advertir de inmediato que esa "superación" es absolutamente ilusoria, porque cuando la cooperación se propone una acción de resistencia en serio, encuentra delante de sí todos los obstáculos, los límites, las hostilidades propias de la acción estrictamente sindical.

Los comunistas se manifiestan contrarios a la identificación del movimiento sindical con el "guildismo" obrero; consideran que la cooperación de producción y trabajo, allí donde ella tiene condiciones naturales de desarrollo, surge y vive bajo el estricto control del sindicato, pero que la identificación de las dos formas constituye un grave error desde el punto de vista sindical y también desde el punto de vista cooperativo.

Las "guildas" se propondrían determinar ese monopolio de la mano de obra que hasta ahora corría por cuenta del simple sindicato, eximiendo a los afiliados de la necesidad de ofrecerse al patrón y procurándoles directamente el trabajo. El movimiento "guildista" está en condiciones de dominar el mercado de la mano de obra solamente en la medida en que él mismo puede absorberla directamente.

Ahora bien, la experiencia más reciente demuestra que la acción de las "guildas" es absolutamente impotente para salvar los salarios de los obreros. El empresario privado no tiene reparo alguno en aceptar la lucha sobre el nuevo terreno a que ha sido llevada por el sindicato. Hasta podemos decir que se mueve en él con perfecta seguridad y con mayor comodidad que en el terreno estrictamente sindical.

En lugar de ser una lucha entre empleador y obreros, lucha clásica para la cual el sindicato está preparado desde hace tiempo, la confrontación se convierte en lucha entre dos empresarios, el privado y el "guildista" (digámoslo así por razones de brevedad). Y la finalidad de esa lucha consiste en una disputa del monopolio del mercado de trabajo, a través del monopolio del trabajo mismo.

En esta lucha los empresarios privados se encuentran en condiciones de superioridad respecto de las cooperativas, porque pueden contar con el favor de las administraciones públicas en cuanto a una mucho mayor libertad de acción para el empleo de medios diversos, de capitales, para la explotación de la mano de obra, etcétera.

Entonces, sin afirmar en este campo preconcepto alguno, debemos hacer presente la extrema dificultad de una acción pertinente de parte de los sindicatos, y también la necesidad de que estos últimos sean independientes de las formaciones cooperativistas. La finalidad de esta actitud es que el sindicato pueda representar eficazmente a toda su categoría, evitando, repetimos, que la acción sindical resulte sustituida por la competencia para acaparar los empleos. Además, advirtamos que si esa concurrencia se generalizara, podría perderse el terreno propio de la acción de clase, y sin crear con ello de manera alguna una función más favorable de lucha contra el patronato. Las reservas que hacemos, aunque sin perder totalmente vigencia, tienen menor razón de ser en cuanto a las cooperativas agrícolas, allí donde existan los elementos naturales de su desarrollo. De todas maneras, los sindicatos deben controlar estrictamente la aparición y el funcionamiento de las cooperativas de producción y de trabajo, para que la acción de las mismas se desenvuelva en el sentido de los intereses generales de la clase trabajadora.

30. Los comunistas consideran que a través de las cooperativas de consumo pueden alcanzarse mayores resultados. En este campo, las dificultades son mucho menores, y su acción presenta, aun en los reflejos económicos, una mayor correspondencia al carácter particular asumido por la crisis. Insertar todavía nuevos organismos de producción (industrial) en un régimen de superproducción, es enfrentar un problema erizado de incógnitas; en las grandes cooperativas de consumo que pueden apelar al espíritu de clase de sus socios, se tiene un "mercado" asegurado, en vista del cual se hace posible organizar relaciones de producción con mucho mayor probabilidad de éxito. Una organización de productores consumidores (obreros, técnicos y empleados), que tienda a monopolizar el consumo de la clase trabajadora y a proveer directamente a sus necesidades, puede convertirse en una fuerza económica y política de primer orden. Con esta finalidad, los sindicatos deben proponerse hacer de todo organizado un cooperador, un adherido a la gran cooperativa de consumo, de la localidad o de la zona, que abrazará a todas las categorías. Ella viene a realizar algunos beneficios no desdeñables: facilidades sobre las compras y ventajas en general para los asociados; buenas condiciones de retribución a los empleados; elisión natural de los egoísmos de categoría, porque todas las categorías vienen a adecuarse en la unidad típica fundamental del productor-consumidor; acción de control sobre los distintos aspectos del modo económico que se reflejan en su totalidad en la vida de una gran cooperativa de consumo (materias primas, producción, mercados, crédito, etc.); finalmente, entrenamiento en la capacitación para la gestión económica.

Pero en primera línea deben ser colocadas las ventajas de carácter general: las cooperativas de consumo deben destinar una parte no indispensable de sus utilidades para garantizar la vida y el desarrollo de su empresa en la lucha sindical y política.

Y aun cuando ello no sea realizable, el solo hecho de que las cooperativas de consumo agrupen, según la concepción comunista, a grandes masas de trabajadores, hace de ellas una forma de encuadramiento de las masas sumamente valiosa, que en algunos casos puede secundar magníficamente la acción sindical. Estas son las razones por las cuales, mientras los reformistas acarician habitualmente grandes y colosales proyectos de traspasos de las fábricas a los obreros (cesión de los depósitos, asunción de las líneas ferroviarias secundarias, socialización del subsuelo, etc.) y a menudo tienden a sustituir la acción de resistencia por la cooperación del trabajo de tipo "guildista", los comunistas, en cambio, deben dirigir sus mayores preocupaciones particularmente a la cooperación de consumo, como la más vital, la más independiente, la más democrática, porque puede apoyarse sobre grandes masas obreras y no sobre grupos restringidos de privilegiados o aun de pioneros.

(Il Comunista, 29 de enero de 1922, III, Nro. 25.)

http://www.gramsci.org.ar