EL PUEBLO DE LOS SIMIOS

El fascismo ha sido la última "representación" ofrecida por la pequeña burguesía urbana en el teatro de la vida política nacional. El miserable fin de la aventura fiumana es la última escena de la representación. Y puede ser considerada como el episodio más importante del proceso de íntima disolución de esta clase de la población italiana.

El proceso de destrucción de la pequeña burguesía se inicia en el último decenio del siglo pasado. Con el desarrollo de la gran industria y del capital financiero, la pequeña burguesía pierde toda importancia y deja de cumplir una función vital en el campo e la producción: se vuelve pura clase política y se especializa en el "cretinismo parlamentario". Este fenómeno ocupa gran parte de la historia contemporánea italiana y en sus diferentes fases adopta distintos nombres: originalmente se llama "movimiento de la izquierda al poder", luego se vuelve giolittismo, luego es lucha contra los intentos kaiseristas de Umberto I, después se difunde en el reformismo socialista, etc. La pequeña burguesía se incrusta en la institución parlamentaria: el parlamento, que era el organismo de control de la burguesía capitalista sobre la corona y sobre la administración pública, se convierte en una tienda de charlatanerías y de escándalos, en el camino hacia el parasitismo. Corrompido hasta la médula, sujeto por completo al poder gubernativo, el parlamento pierde todo prestigio entre las masas populares. Las masas populares se persuaden de que el único instrumento de control y de oposición a los arbitrios del poder administrativo es la acción directa, es la presión desde afuera. La semana roja de junio de 1914 y el movimiento contra las matanzas es la primera y grandiosa intervención de las masas populares en la escena política, para oponerse directamente a las arbitrariedades del poder, para ejercer realmente la soberanía popular, que ya no encuentra expresión alguna en la cámara de representantes. Puede decirse que en junio de 1914 el parlamentarismo ha entrado en Italia por el camino de su disolución orgánica y, junto con el parlamentarismo se disuelve la función política de la pequeña burguesía.

La pequeña burguesía ha perdido definitivamente toda esperanza de reconquistar una función productiva (recién hoy vuelve a presentarse una esperanza semejante con los intentos del Partido Popular por devolver importancia a la pequeña propiedad agrícola y con los intentos de la Confederación General del Trabajo por fortalecer el mortecino control sindical), trata de conservar de cualquier forma una posición de iniciativa histórica. Entonces imita a la clase obrera y desciende a las plazas. Esta nueva táctica se realiza según los modos y las formas peculiares a una clase de charlatanes, de escépticos, de corrompidos: el desarrollo de los hechos que, durante la guerra, tomaron el nombre de "radiantes jornadas de mayo", con todos sus reflejos periodísticos, oratorios, teatrales, callejeros, es como la proyección en la realidad de un cuento de la jungla escrito por Kipling. Nos referimos al cuento de Bandar-Log, el pueblo de los simios, que cree ser superior a todos los demás pueblos de la jungla y cree poseer toda la inteligencia, todo el espíritu revolucionario, toda la sabiduría de gobierno, etc., etc. ¿Qué había sucedido? La pequeña burguesía, que se había sometido al poder gubernativo a través de la corrupción parlamentaria, modifica la forma de su prestación, se vuelve antiparlamentaria y trata de corromper el mercado.

En el período de la guerra, el parlamento decae por completo: la pequeña burguesía trata de consolidar su nueva posición y se hace la ilusión de haber logrado realmente ese fin, pretende haber eliminado realmente la lucha de clases, haber tomado la dirección de la clase obrera y campesina, haber reemplazado la idea socialista, inmanente en las masas, por una rara y extravagante mezcolanza ideológica de imperialismo nacionalista, de "verdadero revolucionarismo", de "sindicalismo nacional". La acción directa de las masas en los días 2-3 de diciembre, luego de las violencias que se habían producido en Roma por parte de los oficiales contra los diputados socialistas, pone un freno a la actividad política de la pequeña burguesía. Esta pequeña burguesía, desde ese momento, trata de organizarse y de acomodarse en torno de patrones más ricos y más seguros que el poder de estado oficial, debilitado y agotado por la guerra.

La aventura fiumana es el motivo sentimental y el mecanismo práctico de esta organización sistemática, pero rápidamente se advierte que la sólida base de la organización es la defensa directa de la propiedad industrial y agrícola ante los asaltos de la clase revolucionaria de los obreros y los campesinos pobres. Esta actividad de la pequeña burguesía, convertida oficialmente en "el fascismo" no deja de tener consecuencias sobre la estructura del estado. Después de haber corrompido y arruinado la institución parlamentaria, la pequeña burguesía también corrompe y arruina a las demás instituciones, los sostenes fundamentales del estado: el ejército, la policía, la magistratura. Corrupción y ruina hechas a pura pérdida, sin ningún fin preciso (el único fin preciso debería haber sido la creación de un nuevo estado, pero el "pueblo de los simios" se caracteriza justamente por la incapacidad orgánica de darse una ley, de fundar un estado). El propietario, para defenderse, financia y sostiene una organización privada que, a fin de enmascarar su naturaleza real, debe asumir actitudes políticas "revolucionarias" y disgregar la más poderosa defensa de la propiedad, el estado. La clase propietaria repite, en relación al poder ejecutivo, el mismo error que había cometido respecto del parlamento: cree poder defenderse mejor de los asaltos de la clase revolucionaria abandonando las instituciones de su estado a los caprichos histéricos del "pueblo de los simios" de la pequeña burguesía.

Al desarrollarse, el fascismo se cristaliza alrededor de su núcleo primordial, no consigue ocultar más su verdadera naturaleza. Libra una feroz campaña contra el diputado Nitti, presidente del consejo, hasta el extremo de invitar abiertamente a que se le asesine; deja tranquilo al diputado Giolitti, y le permite llevar "felizmente" a término la liquidación de la aventura fiumana. La actitud del fascismo hacia Giolitti ha signado de inmediato la suerte de D'Annunzio y ha puesto de relieve el verdadero fin histórico de la organización de la pequeña burguesía italiana. Cuanto más fuertes se han vuelto los "fascios", cuanto mejor encuadrados están sus efectivos, cuanto más audaces y agresivos se han mostrado contra las cámaras del trabajo y las comunas socialistas, tanto más típicamente expresiva ha sido su actitud respecto de ese D'Annunzio invocador de insurrección y de barricadas. ¡Las pomposas declaraciones de "verdadero revolucionarismo" se han concretado en la explosión de un petardo inofensivo bajo un corredor de la Stampa!

Aún en esta su última encarnación política del "fascismo", la pequeña burguesía se ha mostrado definitivamente en su verdadera naturaleza de sierva del capitalismo y de la propiedad terrateniente, de agente de la contrarrevolución. Pero también ha demostrado su fundamental incapacidad para cumplir cualquier objetivo histórico: el pueblo de los simios llena la crónica, no crea historia, deja huellas en los periódicos, no ofrece materiales para escribir libros. La pequeña burguesía, después de haber arruinado al parlamento, está arruinando al estado burgués: en escala cada vez mayor, reemplaza la "autoridad" de la ley por la violencia privada, ejerce (y no puede dejar de hacerlo) esa violencia caótica, brutalmente, y provoca el levantamiento de estratos crecientes de la población contra el estado, contra el capitalismo.

(L'Ordine Nuovo, 2 de enero de 1921, I, nro. 2.)

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