EL PROGRAMA DE L’ORDINE NUOVO

[14 y 28-VIII-1920; L.O.N.: 146-154]

Cuando, en el mes de abril de 1919, tres, cuatro o cinco personas (de cuyas deliberaciones y discusiones aún deben de existir, puesto que se redactaron y escribieron en limpio, las actas, sí, señores míos, nada menos que actas... ¡para la historia!) decidimos empezar la publicación de esta revista L’Ordine Nuovo, ninguno de nosotros (o tal vez ninguno...) pensaba en cambiar la faz del mundo, renovar los cerebros y los corazones de las muchedumbres humanas, abrir un nuevo ciclo de la historia. Ninguno de nosotros (o tal vez ninguno, porque alguno hablaba fantasiosamente de tener 6.000 suscriptores en pocos meses) acariciaba ilusiones rosadas acerca del buen éxito de la empresa. ¿Quiénes éramos? ¿Qué representábamos? ¿De qué nuevo verbo éramos portadores? ¡Ay! El único sentimiento que nos unía en aquellas reuniones era el provocado por una vaga pasión por una vaga cultura proletaria: queríamos hacer algo, algo, algo; nos sentíamos angustiados, sin orientación, sumidos en la ardiente vida de aquellos meses posteriores al armisticio, cuando parecía inminente el cataclismo de la sociedad italiana. ¡Ay! La única palabra nueva que realmente se pronunció en aquellas reuniones quedó sofocada. La dijo uno que era un técnico: "Hay que estudiar la organización de la fábrica como instrumento de producción; debemos dedicar toda la atención a los sistemas capitalistas de producción y de organización y debemos trabajar para que la atención de la clase obrera y la del partido se dirijan a ese objeto". Otro, que se preocupaba por la organización de los hombres, por la historia de los hombres y por la sicología de la clase obrera, dijo también: "Hay que estudiar lo que ocurre en el seno de las masas obreras. ¿Hay en Italia, como institución de la clase obrera, algo que pueda compararse con el Sóviet, que tenga algo de su naturaleza? ¿Algo que nos autorice a afirmar: el Sóviet es una forma universal, no es una institución rusa, exclusivamente rusa; el Sóviet es la forma en la cual, en cualquier lugar en que haya proletarios en lucha por conquistar la autonomía industrial, la clase obrera manifiesta esa voluntad de emanciparse; el Sóviet es la forma de autogobierno de las masas obreras; existe un germen, una veleidad, una tímida incoación de gobierno de los Sóviets en Italia, en Turín?" Este otro, impresionado por una pregunta que le había dirigido a quemarropa un camarada polaco --"¿Por qué no se ha celebrado nunca en Italia un congreso de las comisiones internas de fábrica?"--, respondía en aquellas reuniones y a sus propias preguntas: "Sí, existe en Italia, en Turín, un germen de gobierno obrero, un germen de Sóviet; es la comisión interna; estudiemos esta institución obrera, hagamos una encuesta, estudiemos también la fábrica capitalista, pero no como organización de la producción material, porque para eso necesitaríamos una cultura especializada que no tenemos; estudiemos la fábrica capitalista como forma necesaria de la clase obrera, como organismo político, como "territorio nacional del autogobierno obrero". Esta era la palabra nueva; y fue precisamente rechazada por el camarada Tasca.

¿Qué quería decir el camarada Tasca? Quería que no se empezara ninguna propaganda directamente entre las masas obreras, quería un acuerdo con los secretarios de las federaciones y de los sindicatos, quería que se promoviera una asamblea con esos secretarios y se construyera un plan de acción oficial; de este modo el grupo de L’Ordine Nuovo habría quedado reducido a la dimensión de una irresponsable camarilla de presuntuosas pulgas labradoras [25]. ¿Cuál fue, pues, el programa real de los primeros números de L’Ordine Nuovo? Ninguna idea central, ninguna organización íntima del material literario publicado. ¿Qué entendía el camarada Tasca por "cultura", quiero decir, qué entendía concretamente, no abstractamente? He aquí lo que entendía por "cultura" el camarada Tasca: quería "recordar", no "pensar", y quería "recordar" cosas muertas, cosas desgastadas, la pacotilla del pensamiento obrero; quería dar a conocer a la clase obrera, "recordar" a la buena clase obrera italiana, que es tan atrasada, tan ruda e inculta, recordarle que Louis Blanc ha tenido ideas acerca de la organización del trabajo y que esas ideas han producido experiencias reales; "recordar" que Eugenio Fournière ha redactado un cuidado ejercicio escolar para servir bien calentito (o completamente frío) un esquema de Estado socialista; "recordar" con el espíritu de Michelet (o con el bueno de Luigi Molinari) la Comuna de París, sin oler siquiera que los comunistas rusos, siguiendo las indicaciones de Marx, enlazan el Sóviet, el sistema de los Sóviets, con la Comuna de París, sin oler siquiera que las observaciones de Marx acerca del carácter "industrial" de la Comuna han servido a los comunistas rusos para comprender el Sóviet, para elaborar la idea del Sóviet, para trazar la línea de acción de su partido, una vez llegado a partido de gobierno. ¿Qué fue L’Ordine Nuovo durante sus primeros números? Fue una antología y nada más que una antología; una revista que igual habría podido nacer en Nápoles, Caltanisetta o Brindisi: una revista de cultura abstracta, de información abstracta, con cierta tendencia a publicar cuentecillos horripilantes y xilografías bienintencionadas; eso fue L’Ordine Nuovo durante sus primeros números: un desorganismo, el producto de un intelectualismo mediocre que buscaba a fuerza de traspiés un puerto ideal y una vía de acción. Eso era L’Ordine Nuovo tal como se botó al agua a raíz de las reuniones que celebramos en abril de 1919, reuniones oportunamente registradas en acta y en las cuales el camarada Tasca rechazó, por no ser conformes a las buenas tradiciones de la morigerada y pacífica familia socialista italiana, la propuesta de consagrar nuestras energías a "descubrir" una tradición soviética en la clase obrera italiana, a sacar a la luz el filón del real espíritu revolucionario italiano; real porque era coincidente con el espíritu universal de la Internacional obrera, porque era producido por una situación histórica real, porque era resultado de una elaboración de la clase obrera misma.

[25] Por ‘pulgas labradoras’ (expresión construida según el dicho del refranero: "aramos, dijo la pulga, e iba encima del asno") se traduce la frecuente frase gramsciana ‘mosche cocchiere’, literalmente ‘moscas cocheras’, presumiblemente inspirada en alguna tradición del tipo de la recogida en el refrán castellano, y acaso precisamente en la fábula de La Fontaine que habla de una mosca cochera ("Le Coche et la Mouche", Fables, livre VII, n° IX).

Togliatti y yo urdimos entonces un golpe de estado de redacción: el problema de las comisiones internas se planteó explícitamente en el número siete de la revista. Una tarde, pocos días antes de escribir el articulo; expuse al camarada Terracini la línea del mismo, y Terracini expresó su pleno acuerdo con la teoría y con la práctica resultante; el artículo, con el acuerdo de Terracini y con la colaboración de Togliatti, se publicó; y entonces ocurrió todo lo que habíamos previsto: Togliatti, Terracini y yo fuimos invitados a celebrar conversaciones en los círculos educativos, en las asamblea de fábrica, fuimos invitados por las comisiones internas a discutir en reducidas comisiones de fiduciarios y administradores de las comisiones. Seguimos adelante; el problema del desarrollo de la comisión interna se convirtió en central, se convirtió en la idea de L’Ordine Nuovo; se presentaba como problema fundamental de la revolución obrera, era el problema de la "libertad" proletaria. L’Ordine Nuovo se convirtió, para nosotros y para cuantos nos seguían, en "el periódico de los Consejos de fábrica"; los obreros quisieron a L’Ordine Nuovo (podemos afirmarlo con íntima satisfacción). ¿Por qué gustaron los obreros de L’Ordine Nuovo? Porque en los artículos del periódico encontraban una parte de sí mismos, su parte mejor; porque notaban que los artículos de L’Ordine Nuovo no eran frías arquitecturas intelectuales, sino que brotaban de nuestra discusión con los mejores obreros, elaboraban sentimientos, voluntades, pasiones reales de la clase obrera turinesa que habían sido exploradas y provocadas por nosotros, porque los artículos de L’Ordine Nuovo eran casi el "acta" de los acontecimientos reales vistos como momentos de un proceso de íntima liberación y expresión de la clase obrera. Por eso los obreros quisieron a L’Ordine Nuovo, y así se formó la idea de L’Ordine’Nuovo. El camarada Tasca no colaboró en esa formación, en esa elaboración; L’Ordine Nuovo desarrolló su idea sin su voluntad y al margen de su "aportación" a la revolución. Y en eso veo la explicación de su actual actitud y el "tono" de su polémica; Tasca no ha trabajado esforzadamente para llegar a "su concepción", y no me asombra que esa concepción haya nacido tan torpemente, porque no la ama, ni que trate el tema con tanta grosería, ni que se haya puesto a actuar con tanta desconsideración y tanta falta de disciplina interior para volver a darle el carácter oficial que había sostenido y puesto en acta el año anterior.

II

En el número anterior he intentado determinar el origen de la posición mental del camarada Tasca respecto del programa de L’Ordine Nuovo, programa que había ido organizándose, de acuerdo con la real experiencia que teníamos de las necesidades espirituales y prácticas de la clase obrera, en torno al problema central de los Consejos de fábrica. Como el camarada Tasca no participaba de esa experiencia, y como era incluso hostil a que se realizara, el problema de los Consejos de fábrica se le escapó completamente en sus reales términos históricos y en el desarrollo orgánico que, aun con algunas vacilaciones y errores comprensibles, había ido cobrando en el estudio que desarrollamos Togliatti, yo mismo y algunos otros camaradas que quisieron ayudarnos; para Tasca el problema de los Consejos de fábrica fue problema solo en su aspecto aritmético: fue el problema de cómo organizar inmediatamente toda la clase de los obreros y los campesinos italianos. En una de sus notas polémicas, Tasca dice que sitúa en un mismo plano el Partido Comunista, el sindicato y el Consejo de fábrica; en otra muestra no haber comprendido el significado del atributo "voluntario" que L’Ordine Nuovo aplica a las organizaciones de partido y de sindicato, pero no al Consejo de fábrica, entendido como forma de asociación "histórica", de un tipo que hoy solo puede compararse con el del Estado burgués. Según la concepción desarrollada por L’Ordine Nuovo --la cual, precisamente para ser una concepción, se organizaba en torno a una idea, la idea de libertad (y concretamente, en el plano de la creación histórica actual, en torno a la hipótesis de una acción autónoma revolucionaria de la clase obrera)--, el Consejo de fábrica es una institución de carácter "publico", mientras que el partido y el sindicato son asociaciones de carácter "privado". En el Consejo de fábrica el obrero interviene como productor, a consecuencia de su carácter universal, a consecuencia de su posición y de su función en la sociedad, del mismo modo que el ciudadano interviene en el Estado democrático parlamentario. En cambio, en el partido y en el sindicato el obrero está "voluntariamente", firmando un compromiso escrito, firmando un "contrato" que puede romper en cualquier momento: por ese carácter de "voluntariedad", por ese carácter "contractual", el partido y el sindicato no pueden confundirse en modo alguno con el Consejo, institución representativa que no se desarrolla aritméticamente, sino morfológicamente, y que en sus formas superiores tiende a dar el perfil proletario del aparato de producción y cambio creado por el capitalismo con fines de beneficio. El desarrollo de las formas superiores de la organización de los Consejos no se formulaba, por eso mismo, en L’Ordine Nuovo con la terminología política propia de las sociedades divididas en clases, sino con alusiones a la organización industrial. Según la interpretación desarrollada por L’Ordine Nuovo, el sistema de los Consejos no puede expresarse con la palabra "federación" ni con otras de significación análoga, sino que sólo puede representarse trasladando a un centro industrial entero el complejo de relaciones industriales que vincula en una fábrica un equipo de obreros con otros, una sección con otra. El ejemplo de Turín era para nosotros un ejemplo plástico, y por eso se dijo en un artículo que Turín era el taller histórico de la revolución comunista italiana. En una fábrica, los obreros son productores en cuanto colaboran ordenados de un modo exactamente determinado por la técnica industrial, el cual es (en cierto sentido) independiente del modo de apropiación de valores producidos. Todos los obreros de una fábrica de automóviles, sean metalúrgicos, albañiles, electricistas, carpinteros, etc., asumen el carácter y la función de productores en cuanto son igualmente necesarios e indispensables para la fabricación del automóvil, en cuanto que, ordenados industrialmente, constituyen un organismo históricamente necesario y absolutamente indesmembrable. Turín se ha desarrollado históricamente como ciudad de un modo que puede resumirse así: por trasladarse la capitalidad a Florencia y luego a Roma y por el hecho de que el Estado italiano se ha constituido inicialmente como dilatación del Estado piamontés, Turín se ha quedado sin la clase pequeño-burguesa cuyos elementos dieron el personal del nuevo aparato italiano. Pero el traslado de la capitalidad y ese empobrecimiento repentino de un elemento característico de las ciudades modernas no determinaron la decadencia de la ciudad; ésta, por el contrario, empezó a desarrollarse nuevamente, y el nuevo desarrollo ocurrió orgánicamente a medida que crecía la industria mecánica, el sistema de fábricas de la Fiat. Turín había dado al nuevo Estado su clase de intelectuales pequeño-burgueses; el desarrollo de la economía capitalista, arruinando la pequeña industria y la artesanía de la nación italiana, hizo afluir a Turín una compacta masa proletaria que dio a la ciudad su figura actual, tal vez una de las más originales de toda Europa. La ciudad tomó y mantiene una configuración concentrada y organizada naturalmente alrededor de una industria que "gobierna" todo el movimiento urbano y regula sus salidas: Turín es la ciudad del automóvil, del mismo modo que la región de Vercelli es el organismo económico caracterizado por el arroz, el Cáucaso por el petróleo, Gales del Sur por el carbón, etc. E igual que en una fábrica los obreros cobran figura ordenándose para la producción de un determinado objeto que unifica y organiza a trabajadores del metal y de la madera, albañiles, electricistas, etc., así también en la ciudad la clase proletaria recibe su figura por obra de la industria predominante, la cual ordena y gobierna por su existencia todo el complejo urbano. Y así también, a escala nacional, un pueblo toma figura por obra de su exportación, de la aportación real que da a la vida económica del mundo.

El camarada Tasca, lector muy poco atento de L’Ordine Nuovo, no ha captado nada de ese desarrollo teórico, el cual, por lo demás, no era más que una traducción, para la realidad histórica italiana, de las concepciones del camarada Lenin expuestas en algunos escritos que ha publicado L’Ordine Nuovo mismo, y de las concepciones del teórico americano de la asociación sindicalista revolucionaria de los I[ndustrial] W[orkers of the] W[orld], el marxista Daniel De Leon. En efecto: llegado a cierto punto, el camarada Tasca interpreta en un sentido meramente "comercial" y contable la representación de los complejos económicos de producción que se expresa con las palabras "arroz", "madera", "azufre", etc.; en otra ocasión se pregunta qué relaciones ha de haber entre los Consejos; en otro ve en la concepción proudhoniana del taller destructor del gobierno el origen de la idea desarrollada en L’Ordine Nuovo, pese a que en el mismo número del 5 de junio en el que se imprimieron el articulo El Consejo de fábrica y el comentario al congreso sindical, se reprodujo también un extracto del escrito sobre la Comuna de París, en el cual Marx alude explícitamente al carácter industrial de la sociedad comunista de los productores. En esa obra de Marx han encontrado De Leon y Lenin los motivos fundamentales de sus concepciones, y sobre esos elementos se hablan preparado y elaborado los artículos de L’Ordine Nuovo que el camarada Tasca, repitámoslo, ha mostrado leer muy superficialmente, precisamente por lo que hace al número en el que se originó la polémica, y sin ninguna comprensión de la sustancia ideal e histórica.

No quiero repetir para los lectores de esta polémica todos los argumentos ya desarrollados para exponer la idea de la libertad obrera que se realiza inicialmente en el Consejo de fábrica. He querido aludir sólo a algunos motivos fundamentales para demostrar como ha ignorado el camarada Tasca el proceso íntimo de desarrollo del programa de L’Ordine Nuovo. En un apéndice que seguirá a estos dos breves artículos analizaré algunos puntos de la exposición de Tasca, porque me parece oportuno aclararlos y demostrar su inconsistencia. Pero hay que aclarar enseguida un punto: a propósito del capital financiero, Tasca escribe que el capital "alza el vuelo", se separa de la producción y planea. etc. Toda esa confusión de alzar el vuelo y planear como... papel moneda no tiene relación alguna con el desarrollo de la teoría de los Consejos de fábrica; lo que nosotros hemos observado es que la persona del capitalista se ha separado del mundo de la producción, no el capital, aunque éste sea financiero; hemos observado que la fábrica ha dejado de estar gobernada por la persona del propietario, para serlo por el banco a través de una burocracia industrial que tiende a desinteresarse de la producción del mismo modo que el funcionario estatal se desinteresa de la administración pública. Ese punto de partida nos sirvió para un análisis histórico de las nuevas relaciones jerárquicas que han ido estableciéndose en la fábrica, y para afirmar el cumplimiento de una de las condiciones históricas más importantes de la autonomía industrial de la clase obrera, cuya organización de fábrica tiende a hacerse con el poder de iniciativa en la producción. Lo del "volar" y "planear" es una fantasía bastante desgraciada del camarada Tasca, el cual, aunque se refiere a una reseña suya del libro de Arturo Labriola sobre el Capitalismo, publicada por el Corriere Universitario, con lo que intenta demostrar que se ha "ocupado" de la cuestión del capital financiero (y obsérvese que Labriola sostiene precisamente una tesis contraria a la de Hilferding, que ha sido al final la de los bolcheviques), muestra, en cambio, en los hechos que no ha comprendido absolutamente nada y que ha levantado un frágil castillo de cartas sobre un cimiento hecho de vagas reminiscencias y palabras vacías.

La polémica ha servido para demostrar que las criticas que dirigí al informe Tasca están muy fundadas: Tasca tenía una formación muy superficial sobre el problema de los Consejos y una invencible manía de formular "su" concepción, de iniciar "su" acción, de abrir una Era nueva para el movimiento sindical

El comentario al Congreso sindical y al hecho de la intervención del camarada Tasca para conseguir la aprobación de una moción de carácter ejecutivo se debió a la voluntad de mantener íntegramente el programa de la revista. Los Consejos de fábrica tienen su ley en sí mismos, no pueden ni deben aceptar la legislación de los órganos sindicales, a los que precisamente tienen que renovar de modo fundamental, como finalidad inmediata. Del mismo modo, el movimiento de los Consejos de fábrica quiere que las representaciones obreras sean emanación directa de las masas y estén vinculadas a éstas por un mandato imperativo. La intervención del camarada Tasca como ponente en un congreso obrero, sin mandato de nadie, acerca de un problema que interesa a toda la masa obrera y cuya solución imperativa habría debido obligar a la masa misma, era algo tan contrario a la orientación ideal de L’Ordine Nuovo que la áspera forma de nuestro comentario estaba perfectamente justificada y era una obligación absoluta.

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