EL PODER EN ITALIA

Los cambios son un desastre, la autoridad del estado (burgués) se rompe en pedazos, los apetitos perversos y las pasiones facciosas no saben ya de limites: es necesario salvar al pueblo, que es notablemente superior a las categorías, a los sectores, a los partidos, a las clases.

La Stampa toca angustiosamente sus campanas. El redactor de sus editoriales, habitualmente melancólico y con matices de sublime ternura, se ha vuelto perdidamente lúgubre. Olvida la sabia advertencia que Bergeret, desde las mismas columnas de la Stampa, impartiera a la grosera indiscreción de los periodistas antibolcheviques: "¡Por favor, no asusten a los niños y a los tenderos!" El redactor toca las campanas para impresionar a la clase obrera para asustar a los proletarios. Está convencido de que los obreros no son espiritualmente superiores al nivel de los tenderos y de los niños, y cree poder convencerlos de que se arrodillen humildemente a los pies del salvador: Giovanni Giolitti, tormento de los nuevos ricos, de la masonería y del fascio.

Cuando un pequeñoburgués, agente intelectual del capitalismo, de melancólico se vuelve lúgubre, es porque su billetera ya no está segura ni siquiera entre los colchones. Entonces el pequeñoburgués se encarniza como una lechuza sobre el vano de la puerta de casa, chilla sin consuelo, y hasta parece gemir: Ciudadanos, es inútil que desfonden la puerta porque sobre la cama se está corrompiendo sólo un montoncito de podredumbre cadavérica.

¿Pero qué billetera defiende la Stampa?

El estado italiano había sido dominado hasta ahora por el capital invertido en la gran industria: el gobierno italiano estuvo siempre en manos de los capitalistas influyentes más sólidos que han sacrificado todos los demás intereses de la nación a sus intereses de casta súper privilegiada. Los partidos históricos de la burguesía italiana han quedado destruidos por esta hegemonía sofocante y destructora que, políticamente, toma el nombre de Giovanni Giolitti y que fue ejercida con la violencia más extrema, con la corrupción más desvergonzada. La guerra y sus consecuencias revelaron y desarrollaron fuerzas nuevas, reorientadas hacia un nuevo ordenamiento de las bases económicas y políticas del estado italiano. Toda la íntima estructura del estado italiano sufrió y sigue sufriendo un intenso proceso de trasformación orgánica, cuyos resultados normales no pueden preverse todavía con exactitud. Pero hay una excepción: es seguro que cambiarán las camarillas dirigentes y cambiará el personal administrativo, y el poder del estado caerá totalmente en manos distintas de las tradicionales, de las... giolittianas.

En los otros países capitalistas, el capital industrial ha lograrlo crear lentamente un sistema de equilibrio con el capital terrateniente ordenando el estado democrático constitucional: lo ha logrado en Inglaterra, por ejemplo, a través de las masas obreras, interesadas en la abolición de los impuestos sobre los cereales y en la introducción del librecambio. En Italia, el capital industrial ha creado el estado como tal enseñoreándose de la situación sin competidores. El poder del estado sólo se ha preocupado por el desarrollo, a menudo morboso, del capital industrial: protecciones, premios, favores de todo tipo y de toda medida. El campo fue saqueado, la fertilidad del suelo agotada; las poblaciones campesinas debieron emigrar. El poder del estado defiende con salvajismo las cajas fuertes: en la historia contemporánea de Italia resulta imposible contar las matanzas de obreros explotados en las fábricas o las de los campesinos pobres, acogotados por la legislación aduanera que secaba los suelos, hacia derribar los bosques, desbordaba los ríos. El estado, a causa del desarrollo del aparato industrial, absorbió a la pequeña burguesía del campo y a los intelectuales en sus organismos administrativos, en los diarios, en las escuelas, en la magistratura: así, el campo no tuvo nunca un partido político propio, nunca ejerció un peso en las cuestiones públicas. El poder del estado llegó hasta absorber la función de banca de los industriales: las emisiones de bonos al 4 y 1/2 por ciento sirvieron, como es sabido, para atrapar los ahorros de los campesinos y de los emigrados. Fueron centenares de millones: millones que Giolitti daba a la Terni, a Ansaldo, etc., para suministros y armamentos destinados a la guerra de Libia.

La guerra trajo a escena un gran partido de campesinos, el Partido Popular. El campo nunca había tenido una representación propia, expresión específica de sus propios intereses y aspiraciones políticas. Lo demuestra la composición misma del Partido Popular, aristocrático y demagógico, apoyado al mismo tiempo sobre los grandes y medios propietarios y sobre los campesinos pobres y los pequeños propietarios. El Partido Popular aspira al gobierno, aspira al poder del estado, aspira a constituir un estado suyo, y tiene los medios para ello. La guerra ha determinado la organización del aparato industrial bajo el control de los bancos: en Italia, los clericales son en la actualidad los mayores y más eficaces agentes para la apropiación del ahorro. Ellos dominan ya muchos bancos. A corto plazo, si se volvieran dueños del poder del estado, lograrían dominarlos a todos. A corto plazo, todas las clientelas y camarillas tradicionales serían eliminadas y sustituidas: ¡el Partido Popular (700.000 afiliados) tiene muchos apetitos y muchas ambiciones que satisfacer!

¡La patria está en peligro, es necesario salvar al pueblo y a la colectividad! Lo que está en peligro es sólo la billetera de las clientelas giolittianas, el poder de los industriales politiqueros e insaciables, la carrera política de los agentes pequeñoburgueses del mercantilismo capitalista.

El estado burgués, por cierto, no resistirá la crisis. En las condiciones a que ha sido reducido actualmente, la crisis lo hará pedazos. Pero la clase obrera no se preocupa por el hecho de que el estado burgués salte hecho pedazos, más aún, contribuye al hecho con todas sus fuerzas. La clase se preocupa por el fenómeno, en cuanto comprende que está por llegar su hora histórica, grávida de responsabilidades. La clase de los industriales se muestra impotente para evitar que el partido político de los campesinos se apodere del estado y de la industria y sujete a ambos la avidez de los grandes y medios propietarios de tierras. La clase de los industriales es impotente para evitar que la industria sea destruida, que el estado de los campesinos ricos sacrifique la producción industrial para liberarse de las deudas con el exterior, que el Partido Popular reduzca a Italia a la condición de una esfera de influencias del capitalismo extranjero, a la condición de un país de campesinos que se proveen directamente desde afuera de los productos industriales y manufacturados. Pero los obreros se preocupan por el problema a causa de sus intereses vitales de clase, no por los intereses económicos y políticos de los industriales, porque su clase sería destruida y su función histórica de progreso civil aniquilada junto con la aniquilación de la industria.

El objetivo histórico de la clase obrera se delinea claramente para Italia, como se ha delineado ya para Rusia. Las íntimas contradicciones del sistema capitalista han destrozado toda la red de relaciones internas de la clase propietaria y, también, la de relaciones entre esa clase propietaria y la clase trabajadora. Los capitalistas se muestran impotentes para contener la acción corrosiva de los venenos que se han desarrollado en el cuerpo social; las destrucciones se suceden, las ruinas se acumulan sobre las ruinas, los valores de la civilización amenazan ser comprometidos de modo irremediable. Sólo la clase obrera, tomando en sus manos el poder del estado, puede realizar la renovación. Ella, continuando intransigentemente su camino, no colaborando con la burguesía, determinará la escisión explícita de las clases en el campo, alejará a campesinos pobres y pequeños propietarios de los ricos, de los explotadores y, así, hará de esos campesinos auxiliares para la creación del estado obrero, para el acceso "al poder". Si la clase obrera colaborara con la burguesía retrasaría el proceso revolucionario en curso en la sociedad italiana, que está destinado a culminar en la división del Partido Popular, en la irrupción violenta de la lucha de clases en el campo: por un tiempo, todavía, los campesinos pobres se solidarizarían con las posiciones de los propietarios, para no ser triturados por la ciudad, por la industria filibustera. La clase obrera aborrece la fraseología patriótica, aborrece la fraseología de los salvadores de la industria y la producción: de hecho, es la única que tiende realmente a "salvar a la patria" y a evitar la catástrofe industrial. Pero, para cumplir esta misión, exige "todo" el poder, y no se siente afectada por los lúgubres gemidos de los agentes de la burguesía, de los salvadores del pueblo y de la colectividad italiana, "superior" [según dicen] a las categorías y a las clases.

(Avanti!, edición piamontesa, 11 de febrero de 1920, XXIV, Nro. 36.)

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