CULTURA Y LUCHA DE CLASES

[25-V-1918; I.G.P.; S.G. 238-241]

La Giustizia [7], de Camillo Prampolini, ofrece a sus lectores una reseña de las opiniones expresadas por los semanarios socialistas acerca de la polémica entre la dirección del Avanti! y el grupo parlamentario [8]. El último capítulo de esa reseña se titula agudamente "Los intérpretes del proletariado", y explica:

La Difesa de Florencia e Il Grido del Popolo de Turín, los dos órganos más rígidos y culturales de la doctrina intransigente, desarrollan largas consideraciones teóricas que nos es imposible resumir y que, en cualquier caso, no sería muy útil reproducir, porque --aunque esos dos periódicos afirmen ser intérpretes genuinos del proletariado y tener la gran masa con ellos-- nuestros lectores no serían suficientemente cultos para entender su lenguaje.

7- Periódico socializante, dirigido por C. Prampolini, cuya última posición política, a comienzo de los años veinte, se situó en la derecha del P.S.I., con Turati (fracción "concentracionista")

8- La dirección de A. --como la del P.S.I.-- era "intransigente". El grupo parlamentario del P.S.I. proponía, en cambio, la colaboración con el Gobierno.

Y la implacable Giustizia, para que no se diga que "hace maligna ironía", reproduce a continuación dos fragmentos aislados de un artículo del Grido, para concluir: "Más proletariamente claros que eso no se puede ser."

El compañero Prampolini nos ofrece con eso una ocasión de tratar un problema de no escasa importancia, referente a la propaganda socialista.

Admitamos que el artículo del Grido fuera el non plus ultra de la dificultad y de la oscuridad proletaria. ¿Habríamos podido escribirlo de otro modo? Era una respuesta a un artículo de la Stampa [9], y en el artículo de la Stampa se utilizaba un lenguaje filosófico preciso que no era ni superfluo ni afectado, puesto que toda corriente de pensamiento tiene su lenguaje y su vocabulario propios. En la respuesta teníamos que mantenernos dentro del dominio del pensamiento del adversario, probar que incluso y precisamente dentro de esta corriente de pensamiento (que es la nuestra, que es la corriente de pensamiento del socialismo no chapucero ni adolescentemente pueril) la tesis colaboracionista es un error. Para ser fáciles habríamos tenido que desnaturalizar y empobrecer una discusión que se refería a conceptos de la mayor importancia, a la sustancia más íntima y preciosa de nuestro espíritu. Hacer eso no es ser fáciles: es ser tramposos, como el tabernero que vende agua teñida dándola por barolo o lambrusco [10]. Un concepto difícil en sí mismo no puede dar en fácil por la expresión sin convertirse en torpe caricatura. Y, por lo demás, fingir que la aguada torpeza sigue siendo el concepto es propio de bajos demagogos, de tramposos de la lógica y de la propaganda.

[9] Periódico que tomó este nombre (con el que hoy subsiste) en 1895, continuando la Gazzetta piemontese (fundada en 1876). Era ya entonces el órgano más representativo de la burguesía característica del Piamonte, industrial y moderna. Hasta 1926 no fue controlado por el Partido Fascista. Aquel año, el director del periódico, el senador Frassati, se vio obligado a ceder la propiedad a un grupo fascista. Posteriores directores fueron Andrea Torre, Curzio Malaparte (1929-1931) y Alfredo Signoretti.

10 Barolo: vino tinto denso del Piamonte. Lambrusco: vino ácido y algo espumoso de la Emilia.

¿Por qué, pues, hace Camillo Prampolini fáciles ironías sobre los "intérpretes" del proletariado incapaces de hacerse comprender por los proletarios? Porque Prampolini, con todo su sentido común practicón, es un esclavo de abstracciones. El proletariado es un esquema práctico; en la realidad lo que existe es proletarios individuales, más o menos cultos, más o menos preparados por la lucha de clases para comprender los más puros conceptos socialistas. Los semanarios socialistas se adaptan al nivel medio de las capas regionales a las que se dirigen; el tono de los escritos y de la propaganda tiene que ser siempre, sin embargo, un tantito superior a esa media, para que haya un estímulo para el progreso intelectual, para que al menos cierto número de trabajadores salga de la genérica indistinción de los opúsculos reiteradamente rumiados y consolide el espíritu en una superior visión crítica de la historia y del mundo en el que vive y lucha.

Turín es una ciudad moderna. La actividad capitalista palpita en ella con el enorme fragor de talleres de cíclopes que reúnen en pocos miles de metros cuadrados decenas y decenas de millares de proletarios; Turín tiene más de medio millón de habitantes; la humanidad de la ciudad se divide en dos clases con caracteres distintivos que no existen en el resto de Italia. No tenemos demócratas ni reformistillas que nos molesten. Tenemos una burguesía capitalista audaz, sin escrúpulos, tenemos organizaciones poderosas, tenemos un movimiento socialista complejo, variado, rico en impulsos y en necesidades intelectuales.

¿Cree el compañero Prampolini que los socialistas tienen que hacer en Turín propaganda soplando la zampoña pastoril, hablando idílicamente de bondad, de justicia, de fraternidad arcádica? Aquí la lucha de clases vive con toda su ruda grandeza, no es una ficción retórica, no es una ampliación de los conceptos científicos como anticipación de fenómenos sociales todavía en germen y en maduración.

Es verdad que también en Turín la clase proletaria absorbe constantemente a individuos nuevos, no elaborados espiritualmente, no capaces todavía de comprender todo el alcance de la explotación de que son víctimas. Para ellos habría que empezar siempre desde los primeros principios, por la propaganda elemental. Pero, ¿y los otros? ¿Y los proletarios ya adelantados intelectualmente, ya acostumbrados al lenguaje de la crítica socialista? ¿A cuáles hay que sacrificar y a cuáles es necesario dirigirse? El proletariado es menos complicado de lo que puede parecer. Se ha dado espontáneamente una jerarquía espiritual y cultural, y la educación mutua actúa donde no puede llegar la actividad de los escritores y de los propagandistas. En los círculos, en las ligas, en las conversaciones a la puerta del taller, se desmenuza, se propaga, se hace dúctil y adecuada para todos los cerebros y todas las culturas la palabra de la crítica socialista. En un ambiente complejo y vario como es el de una gran ciudad industrial, se suscitan espontáneamente los órganos de transmisión capilar de las opiniones, órganos que la voluntad de los dirigentes no conseguiría nunca constituir y crear.

¿Y nosotros tendríamos que atenernos siempre a las geórgicas, al socialismo agreste e idílico? ¿Tendríamos que repetir siempre, con monótona insistencia, el abecedario, puesto que siempre hay alguien que no conoce el abecedario?

Recordamos a este respecto a un viejo profesor universitario que desde hacia cuarenta años tenía que desarrollar un curso de filosofía teórica sobre el "Ser evolutivo final". Cada año empezaba un "recorrido" de los precursores del sistema, y hablaba de Laotsé, el viejo-niño, el hombre que nació con ochenta años, de la filosofía china. Y cada año volvía a hablar de Laotsé, porque se habían sumado al curso estudiantes nuevos, y también ellos tenían que quedar edificados acerca de Laotsé por boca del profesor. Y así el "Ser evolutivo final" se convirtió en una leyenda, una quimera en disgregación, y la única realidad viva fue, para los estudiantes de tantas generaciones, Laotsé, el viejo-niño, el muchachito nacido a los ochenta años.

Así ocurre, por lo que hace a la lucha de clases, en la vieja Giustizia, de Camillo Prampolini; también ella es una quimera volatilizada, y cada semana se escribe en ella acerca del viejo-niño que nunca madura, que nunca evoluciona, que nunca se convierte en el "Ser evolutivo final", al que, sin embargo, uno esperaría ver por fuerza apuntar, al cabo de tan lenta evolución, al cabo de tanta perseverante obra de educación evangélica.

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