LA ORGANIZACION ECONOMICA Y EL SOCIALISMO

Publicamos este trabajo de un joven compañero porque él nos asegura que aquí se refleja el pensamiento de una importante fracción del movimiento socialista turinés. De antemano renunciamos a toda búsqueda de historia de las ideas o de historia de expresión de las ideas. Examinarnos el trabajo en sí y por sí justamente como manifestación de convicciones que pueden ser colectivas y que pueden determinar actitudes especiales.

En general, estamos de acuerdo con muchísimas de las afirmaciones del compañero R. F., pero consideramos que algunos juicios y algunas consecuencias de dichos juicios son erróneos. La crítica sindicalista sostiene la escisión entre política y economía, entre organismo y ambiente social. Para nosotros, esa escisión constituye sólo una abstracción teórica de la necesidad empírica de seccionar provisionalmente la unidad actividad social a fin de estudiarla y de comprenderla mejor. Se trata de una necesidad absolutamente práctica. Por razones de estudio, al analizar un fenómeno nos vemos obligados a reducirlo a los llamados elementos que constituyen ese fenómeno. Dichos elementos, cada uno de ellos, no son sino el fenómeno mismo visto en un momento más que en otro, con la preocupación de un fin particular determinado y no de otro. Pero la sociedad, al igual que el hombre es, siempre y solamente, una unidad histórica e ideal que se desarrolla negándose y superándose continuamente. Política y economía, ambiente y organismo social siempre forman una sola cosa, y uno de los más grandes méritos del marxismo consiste en la afirmación de esa unidad dialéctica. Los sindicalistas y los reformistas, en virtud de un idéntico error de pensamiento, se han especializado en distintas ramas del lenguaje empírico socialista. Los unos desterraron arbitrariamente de la unidad actividad social el término economía; los otros, el término política. Los primeros se cristalizan en la organización profesional, y en razón de la desviación inicial contenida en su pensamiento hacen mala política y pésima economía. En cambio, los reformistas se cristalizan en la exterioridad parlamentaria, legislacionista y, por la misma razón, hacen también mala política y pésima economía. La necesidad del socialismo revolucionario nace justamente de estas desviaciones. El socialismo revolucionario devuelve su unidad a la actividad social y se esfuerza por hacer política y economía sin adjetivos. Es decir, ayuda al desarrollo y a la toma de conciencia que de sí mismas deben lograr las energías proletarias y capitalistas espontáneas, libres, históricamente necesarias. Su finalidad es que, del antagonismo de esas energías, surjan síntesis provisionales cada vez más acabadas y perfectas; dichas síntesis deberán culminar en el acto y en el hecho último capaz de contenerlas a todas ellas, sin residuos de privilegios y de explotaciones. La actividad histórica contrastante no desembocará ni en un estado profesional, como el que sueñan los sindicalistas, ni en un estado monopolizador de la producción y la distribución, tal como lo anhelan los reformistas. Desembocará en una organización de la libertad de todos y para todos, sin ningún carácter estable y definido; será, en cambio, una búsqueda continua de formas nuevas, que se adecuarán cada vez más a las necesidades de los hombres y de los grupos, de modo que todas las iniciativas sean respetadas, en cuanto útiles, y todas las libertades sean protegidas, cuando no impliquen privilegio. Estas consideraciones encuentran un experimento vivo y palpitante en la revolución rusa que, hasta ahora, ha sido un titánico esfuerzo para que ninguna de las concepciones estáticas del socialismo se afirmara definitivamente. Porque, en caso de producirse alguna de estas afirmaciones, la revolución quedaría clausurada y fatalmente sería devuelta a la condición de un régimen burgués. Y ese régimen burgués daría mayores garantías de historicidad de un régimen profesional o de un régimen centralizador y exaltador del estado.

Entonces, la afirmación de que la actividad política socialista es tal simplemente en cuanto proviene de hombres autodenominados socialistas no es exacta. Lo mismo podría decirse de cualquier otra actividad, cuando se afirma que ella es como es sólo porque los hombres que la desempeñan se atribuyen el mismo adjetivo.

Haríamos las cosas mucho mejor si a la mala política la llamásemos por su verdadero nombre de pandilla, y si no nos dejáramos seducir por los pandilleros al extremo de renunciar a una actividad que integra necesariamente nuestro movimiento. Además, Kautsky, con agudeza, ha observado que la fobia política y parlamentaria es una debilidad pequeño burguesa, de gente perezosa, que no quiere cumplir el esfuerzo necesario para controlar a sus propios representantes, a fin de ser un todo con ellos, o de conseguir que ellos sean un todo consigo mismos.

(Il Grido del Popolo, 9 de febrero de 1918.)

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